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El Teatro Faenza renace 90 años después de su construcción

El Teatro Faenza renace 90 años después de su construcción
Reconstruimos la historia de este escenario que trajo la modernidad a la Bogotá de los años 20. Así eran las fiestas y estrenos en los que se reunía la crema y nata de la sociedad capitalina.

«Mi felicidad está en verte a ti... te ruego que vengas, mi amor lindo». Las palabras suplicantes grabadas en hermosa caligrafía son de Ana Lucía Arias. En las cartas, fechadas en 1939, la mujer le pide a Ernesto, su enamorado, que la lleve a vivir con él, le promete fidelidad eterna y le ruega que no la cambie por otra mujer. Entre sus pedidos de amor, la joven le dice que recuerde bien sus palabras.

Ella teme que su amado no pueda guardar las cartas. Pero Ernesto sí las guardó. Pensando que nunca serían descubiertas, escondió las pruebas de su furtivo amor en el techo del Teatro Faenza, donde era operario de las máquinas que proyectaban las cintas francesas e italianas que se estrenaban en este, el salón de cine más elegante de Bogotá. Allí su secreto estuvo, por 71 años, celosamente resguardado, mientras este escenario terminaba de vivir sus años de gloria y entraba, poco a poco, en la decadencia. 

Las cartas y sus secretos se develaron hace poco, cuando los obreros que están restaurando el teatro las encontraron en el cielo raso, dobladas y guardadas en sus respectivos sobres. El papel amarillento y algo mohoso era la única prueba de que habían sobrevivido tanto tiempo. El grupo de restauradores no entiende aún cómo pudieron resistir los embates que sufrió la estructura de este bello salón, la única edificación con rastros del famoso art nouveau en Colombia. 

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Durante los cinco años de restauración del teatro, los obreros encontraron cartas de amor entre un operario y su amante en 1939.

Cuando el equipo de restauradores (conformado por 16 mujeres entre arquitectas, ingenieras y restauradoras) llegó al Faenza, encontraron eso, apenas rastros del estilo original con el que habían construido el teatro entre el domingo 22 agosto de 1922, día en que iniciaron las obras, y el 3 de abril de 1924, fecha de su inauguración. Eran tantas las capas de pintura, las puertas selladas y cambiadas y las reformas que le habían hecho a esta construcción que hoy, casi nueve años después de iniciar la restauración, aun tratan de rescatar sus tesoros ocultos. La propiedad fue adquirida en 1892 por don José María Saez y convertida en la segunda fábrica de loza de la ciudad. Su dueño le puso el nombre de Faenza en honor al pueblo italiano, ubicado cerca de Rávena, que era un importante centro de producción de cerámica desde finales del siglo XII. 

Veinticinco años después, Sáez se juntó con su amigo y vecino, el prestigioso médico José María Montoya, para darle a la ciudad un teatro de «altura», multifacético y muy al estilo americano. Una idea algo loca y descabellada para la época. Pertenecían a ese grupo de ciudadanos que entraban en la onda de la modernización, bogotanos que en menos de una década pasaron de andar a pie, a usar automóvil, tranvía y luego avión, hombres y mujeres que veían por fin llegar la estabilidad económica después de la Guerra de los Mil Días y de la pérdida de Panamá. 

Había dinero, ganancias y una clase social emergente que quería estar a la moda. Era una sociedad que quería dejar de ser pobre, que quería imitar a los actores y las celebridades que veían en las páginas de CROMOS y que ya empezaban a transitar por la primera pantalla de cine que se instaló en la ciudad en 1919: El Olympia.

Sáez y Montoya quisieron que las altas clases sociales de Bogotá tuvieran un sitio de esparcimiento, donde no sólo pudieran verse las películas de estreno, sino deleitarse con conciertos, obras de teatro y operetas. Y claro, mostrar sus últimas adquisiciones: automóviles, ropas y sombreros lujosos.

Y lo lograron. Desde su inauguración el Faenza fue el sitio donde la crema y nata de la sociedad se dio cita para lucir sus mejores galas. Charlaban en el lujoso vestíbulo con piso de cerámica ajedrezada. Se paseaban en los intermedios por el sobrio foyer con piso de madera y esbeltas columnas y paredes que desplegaban las más exquisitas pinturas de Luigi Ramelli, el mismo que había decorado con sus yesos el Teatro Colón, el Capitolio Nacional, el Palacio San Carlos y el Claustro de Santa Clara. Bailaban hasta la madrugada en los lujosos salones de la administración y coronaban a sus reinas estudiantiles en memorables fiestas.

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Los arquitectos Arturo Tapias y Jorge Muñoz, creadores de la edificación, habían previsto que el teatro se llamara Salón Luz y quisieron
dejar el ladrillo a la vista en la fachada, pero con el paso del tiempo se perdieron varios detalles del diseño original. Hoy la fachada luce igual a la de 1924.

Nada de este esplendor se vislumbraba en 2005, cuando el equipo liderado por la arquitecta Claudia Hernández y contratado por la Universidad Central, llegó a rescatar este edificio, declarado patrimonio nacional en 1975. La fachada había perdido su encanto bajo una docena de capas de pintura y estuco mal puestas sobre los rosetones y mascarones; las puertas de acceso originales habían sido sustituidas por rejas metálicas; los yesos suizos estaban ocultos bajo veinte capas de pintura; las puertas de acceso a los palcos habían desaparecido, así como las bellas pinturas del arco de boca. Ni hablar del estado de la silletería, de la madera de los palcos, de la tramoya y del foso para la orquesta. 

Los restauradores se dedicaron a una ardua investigación que les permitiónestablecer cómo era el Faenza originalmente. Su objetivo es recrear, con materiales de hoy, los detalles que hace 86 años se habían ingeniado los arquitectos Arturo Tapias y Jorge Muñoz y el ingeniero Ernesto González Concha. 

 

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En sus 86 años de existencia, el teatro sufrió varias remodelaciones que le hicieron perder varios detalles del art nouveau, una tendencia arquitectónica de comienzos del siglo 20.

Con fotos y documentos de la época lograron reconstruir la memoria histórica de este escenario que logró cambiarles la vida a miles de bogotanos. Porque con la modernidad llegó también la vida nocturna, animada por los deseos de no regresar a casa después de la función. Los espectadores seguían la tertulia en los cafés y clubes para comentar las actuaciones de Carmen la Tórtola Valencia, de la compañía de revistas mexicanas de Esperanza Iris, o el estruendoso estreno de La tragedia del silencio, el primer largometraje completamente colombiano. 

Hasta hoy, ya se ha recuperado la fachada, la cubierta y el interior de la construcción, se reforzó la estructura y descubrieron las pinturas en yeso del arco de boca, del techo y de los dinteles de las puertas que dan acceso a los palcos. 

Poco a poco, con la intervención de casi un centenar de obreros, ha ido resurgiendo el esplendor que Ernesto Castañeda, el operario que tenía loca de amor a la estudiante, podía disfrutar en sus años mozos.

Seguramente era él quien se encargaba de cambiar los carretes de las cintas, mientras las famosas orquestas de los Chávez o del cubano Peralta animaban al público. Ernesto también debió de vivir los esfuerzos del Teatro por innovar y ofrecer lo mejor a su selecto público, en su mayoría católico.

Para no quedarse sin actividad durante la Semana Santa, se montaron presentaciones en vivo de El mártir del Gólgota, a cargo de la compañía de radioteatro Álvarez Sierra, de la Voz de la Víctor. Y quizás Ernesto tuvo que ayudar a programar algunas funciones de matiné esas novedosas proyecciones dominicales especiales para niños, que por primera vez se veían en el país.  Y que tenían un ingrediente adicional: rifas de triciclos y golosinas gratis. 

Ernesto vivió la mejor época del Faenza, que duró algo más de 20 años, porque después el esplendor se empezó a opacar. No sabemos cuándo dejó de trabajar en el teatro, pero es posible que haya tenido que ver su declive, empujado por la fuerte competencia que le surgió. 

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Así se veía la calle 24 antes de que existiera el Faenza. Su ianuguración le dio una nueva dinámica al sector que giró alrededor de las presentaciones y fiestas que allí se celebraran.Con este teatro se «prendió» la vida nocturna del centro de la capital.

Según un registro del cronista bogotano Felipe González Toledo, en El Espectador, Bogotá contaba a 31 de diciembre de 1950 con 62 salones de cine, tres teatros, dos estadios, un hipódromo y tres galleras. Aún así ese año fueron a cine 5.605.938 espectadores, un poco más del 80% de las personas que asistieron a espectáculos públicos.

Aunque no sólo la competencia le quitó brillo al Faenza. A finales de los años cuarenta los ricos de la ciudad se empezaron a ir del centro. Para sobrevivir, el teatro tuvo que convertirse en un cine popular. A estas alturas ya había cambiado de dueño y pronto llegaron problemas económicos y luego, nuevos dueños. La estocada final vendría en 1975, cuando se inauguró cuatro cuadras abajo el «moderno Centro Cinematográfico de Cine Colombia», que consistía en cuatro salas de cine simultáneo con modernas escaleras eléctricas y grandes avisos de neón. Ya no había exquisitas celebraciones, solo se proyectaba cine porno. Ya no se llenaba de encopetadas señoras, sino de malandrines. Ya no se coronaban reinas, en su lugar se cumplían citas de amor entre homosexuales.

Con la leyenda negra que creció entre sus paredes, el público se alejó y el único que se sintió atraído fue el artista Miguel Ángel Rojas, quien lo utilizó como un sitio de exploración para uno de sus famosas exposiciones. A través de pequeños orificios en las paredes, tomaba fotografías que daban fe de estos encuentros gays.  Así surgieron las famosas series del Teatro Faenza, una de las obras más destacadas de este bogotano. 

Luego vino el cierre... y la refacción. Ahora viene una etapa larga y costosa: adecuar la tramoya, terminar la silletería, acondicionar el foso de los músicos y recuperar las pinturas de Ramelli. El trabajo costará algo más de 12.000 millones de pesos, según el cálculo de la arquitecta Hernández.

En medio de los hallazgos aparecieron fotos de las bellas artistas, fotos que promocionaban las películas, boletos con las rifas que se realizaban en cada función, pero no había evidencias sobre el final de la historia de amor entre Ernesto y Ana Lucía.

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