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¿Es machista que las mujeres vayan sentadas en TransMilenio?

Por: 
Catalina Ruiz-Navarro
¿Es machista que las mujeres vayan sentadas en TransMilenio?
Sentadas o de pie, seguimos siendo víctimas de acoso.

En su más reciente ardid publicitario, el concejal bogotano Marco Fidel Ramírez propuso que, para acabar con el acoso que vivimos las mujeres en el transporte público, las sillas rojas de TransMilenio queden reservadas para que solo nos sentemos nosotras. El concejal hasta dijo que eso era un acto de caballerosidad para garantizar la seguridad de las mujeres. Pero, ¿no será que esta es otra de esas formas de machismo benevolente que siempre nos venden como ‘protección a las mujeres’?

 

Lo primero que no entiende el concejal es que el hecho de que un desconocido nos coja el culo no es la única forma de acoso que vivimos las mujeres. Sí, si estás sentada te salvas de algunos restregones, pero otros aprovecharán la situación para ponerte sus genitales en la cara sin agüero. Quizás, si estás sentada, sea más difícil tocarte, pero todas sabemos que el acoso –una serie de acciones dirigidas en su mayoría a las mujeres, y que nos hacen sentir mínimas, cosificadas y deshumanizadas– no necesita ni siquiera del tacto. Puede bastar con una mirada, un “mamacita”,  o una de esas tan asquerosas ‘sorbidas de dientes’. 

 

Aunque la medida de las sillas rojas para mujeres es populista e ineficiente, muchos salieron a decir que equiparaba ‘tener vagina’ con vivir con una discapacidad y que por eso sería hasta un insulto que los hombres nos cedieran la silla. Pero la cosa no es tan así: en general, las mujeres trabajan, a la semana, 20 horas más que los hombres haciendo trabajos domésticos y de cuidado, sin que nadie les pague ni se los reconozca. Salir a la calle es un riesgo, siempre estamos pensando qué nos vamos a poner para que no nos acosen y, además de eso, están las diligencias en tacones y medias veladas, que en el transporte público bien podrían ser un reto de The Amazing Race. En general, las mujeres tenemos días difíciles, no por tener vagina, sino porque nuestra sociedad está construida desde las desigualdades, así que el día a día nos toca a todas con más trabajo y esfuerzo que a un hombre promedio. Con eso, en mente, cedernos la silla no tendría que ser falsa caballerosidad o condescendencia, a veces puede venir solo del reconocimiento de que la gran mayoría de las mujeres que usan el transporte público lo hacen con un miedo y un cansancio que los hombres no suelen experimentar, y en esa medida, ceder voluntariamente la silla a una mujer es un gesto de amabilidad y consideración. Pero cuando se hace ley, lo que tenemos es una medida inútil e inoficiosa del Estado, que apunta a menospreciar y segregar a las mujeres.

 

La propuesta es una medida de emergencia, estoy segura de que las mujeres que a diario tienen que pasar más de cuatro horas de su día en TransMilenio agradecerán viajar sentadas, pero esta pequeña diferencia en nada mejora sus vidas en lo estructural. Las sillas rojas no vienen con un aura mágica que les quita el machismo a los hombres alrededor, y ese machismo es el verdadero problema. No puede ser que los hombres no puedan convivir con las mujeres, compartir el mismo espacio, sin acosarnos. No puede ser porque los hombres no son animalitos irracionales e irrefrenables, son personas, ciudadanos, capaces de comportarse sin tener que llegar a la segregación. Otra cosa es que no les dé la gana, que la cultura les diga que su masculinidad se afirma acosando y que nuestra sociedad sea complaciente con estas violencias. 

 

Foto: iStock.

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