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Hasta en las cesáreas

La cicatriz que me dejó el nacimiento de mis hijos habla de una historia de belleza, pero también de una serie de desencuentros.

 

 

Por: Fátima Vélez

 

 

El primer médico al que fui cuando supe que estaba embarazada de mellizos me programó una cesárea al instante, no tenía ni dos meses; mi embarazo consistía en dos cigotos amorfos y ya mi parto tenía fecha. Me impactó la seguridad con que ese médico trazaba el destino del nacimiento de mis hijos. Como además eran dos, según él, yo no podría amamantar.

 

 

A medida que mi embarazo avanzaba y le iba cogiendo pereza a cosas como la lechuga, el pollo y el romero, este médico y sus certezas sobre mi cuerpo también me fueron causando repulsión. Me puse en la tarea de buscar a un ginecobstetra que me dijera que era posible atender parto gemelar vaginal y que además motivara la lactancia. Me hablaron de una clínica, Procrear. Hubo esperanzas, pero los costos excedían mi presupuesto. Sin embargo, en la primera y última consulta con el médico de Procrear, el señor Espinosa (acusado de abusar de su hija, me entero apenas ahora que el doctor Espinosa se suicidó en Miami el año pasado) logró que mis hijos se acomodaran gracias a un masaje que me hizo en los pies. Aún puedo sentir como algo vivo el movimiento concéntrico de las cabezas instalándose en el bajo vientre.

 

 

Faltaban apenas cuatro semanas y yo aún no tenía un médico. Hasta que encontré a una ginecóloga de pelo corto y pintado de un rubio chillón, de unos cincuenta años, tacones puntudos y uñas largas, rojas, descascaradas. A pesar de su pinta, me llenó de entusiasmo cuando anunció: “Hacemos parto vaginal, siempre y cuando estén en posición cefálica, no tengan el cordón enredado y nazcan a tiempo”. Lo primero estaba solucionado gracias al doctor Espinosa. Lo segundo también: las ecografías no mostraban ningún enredo. El problema era lo tercero. Según ella, los niños tenían que nacer en la semana treinta y ocho, pero yo debía tener contracciones naturales porque en embarazos múltiples no se puede inducir el parto. Hice de todo. Caminar ocho kilómetros diarios. Kundalini. Ocho pepas de café, cuatro verdes, cuatro rojas, como aconsejan las mujeres en el campo.

 

 

 

Nada de contracciones. Esperamos hasta la semana treinta y nueve. Nada. La 'doctora uñas' dijo que si yo decidía dejar pasar una semana más no se hacía responsable. Me asusté. Mi ideal de parto se desmoronaba, pero en medio de todo sentí alivio de haberlo intentado. Accedí a la cesárea. No tenía más opciones.

 

 

La historia da un giro inesperado cuando, ya nacidos los bebés, la doctora me llamó para exigirme los doce millones del parto. Alegaba que me había atendido como a una princesa, que mi cesárea había sido una de las buenas (no de las de EPS), que ella se había esmerado para hacerme una herida bien discreta para que yo pudiera usar bikini. En medio de la bruma de unos mellizos recién nacidos, no entendía nada de lo que salía de su voz chillona. Al parecer mi prepagada se negó a pagarle porque ella se había confiado y no había hecho las autorizaciones debidamente. 

 

 

Observo la cicatriz de mi cesárea. Puede hablar. ¿De qué habla? Del comienzo de una historia de complejidades y bellezas, pero también de una serie de encuentros desafortunados con los médicos; de que uno puede tomar las decisiones que quiera sobre el parto, pero, en últimas, no tiene control sobre cómo saldrá. Mi cicatriz sonríe y, en un gesto de ironía, también señala que las diferencias socioeconómicas en Colombia tienen lugar hasta en las cesáreas. 

 

 

Foto: Istock

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