Pasar al contenido principal

Se encuentra usted aquí

Madres para todos los gustos

Mamá e hija en una selva
Creemos que estamos solas. Que nuestro cansancio, nuestras dudas y dilemas de pareja durante la crianza de nuestros hijos son únicos. ¡No!

 

 

Por: Juanita Kremer

 

 

 

Hace unos días, mientras acompañaba a mi hijo en el jardín, analicé la diversidad de madres que existen. Desde que tuve a mi hijo, me ha sorprendido que veo el mundo como si me hubieran quitado una venda de los ojos, como si acabara de llegar a este planeta. Entre esas cosas que veo de otra manera están las difíciles, complejas y profundas relaciones entre padres, madres e hijos. Solo el que está metido en ese triángulo las entiende.

 

 

 

En medio de ese ambiente infantil, vi que una mamá regañó a su esposo por conectarse al celular mientras le ayudaba al pequeño a pintar un garabato. El marido, muy paciente y con cierta resignación (y mamera), la miró con cara de “no quiero problemas”. Acto seguido, guardó el aparato sin chistar. A pesar del gesto del hombre, ella seguía enroscada y furiosa, cual cascabel recién pisada. Sentí que un frío me recorría la espalda: ella se parecía a mí y me pude ver con terror desde afuera.

 

 

 

Decidí mirar a un lado, para no incomodar, y me encontré con otra mujer, que parecía ser madre soltera: muy 'hippy chic', con una conexión y un amor hacia su hijo que me hizo pensar que, tal vez, en algún momento creyó que jamás traería a un niño al mundo. 

 

 

 

Entre tantas reflexiones, prendí mi radar y seguí con un minucioso escaneo del lugar. Me topé con una mujer entrada en años, amiga de su esposo, quien participaba más que el promedio de los hombres presentes. Tienen un niño que parece representar una última esperanza y lo tratan como tal. El pequeño, a cambio, se comporta como el mismísimo Daniel, ‘el travieso’. 

 

 

Sigo el recorrido y llego a la mamá calculadora. La que hizo el amor con reloj y calendario en mano. Pero la precaución tiene sus límites y ella no tenía manera de prever que su retoño sería uno de esos incansables, que agota de solo verlo y que puede desocupar un recinto a punta de llanto y gritos. Frente a esa pataleta épica, la cuadriculada señora no sabía si sentarse a llorar con el niño o si debía irse al aeropuerto y comprar un tiquete para la China sin regreso (yo me hubiera ido por la segunda opción sin titubear).

 

 

Todas esas mujeres y sus respectivos maridos estaban reunidos ahí, ante mis ojos, haciendo lo mismo que yo: disimulamos el cansancio y la desesperación que conlleva eso de ser padre; intentamos esconder las fricciones de pareja que producen las discordancias en la crianza; bostezamos; miramos al vacío y nos perdemos ahí, por cuenta de esas horas de sueño que ya nunca recuperaremos. 

 

 

Esa mamá con la que me identifiqué me dio el mejor regalo del Día de la Madre: me ayudó a deducir que nuestros problemas no son solo nuestros y que no estamos solos en la lucha. No somos los únicos, nos encontramos los unos en los otros. Y eso permite que entendamos que, aunque amemos profundamente a nuestros niños, de vez en cuando es válido salirse de casillas, no estar de ánimo para levantarnos de la cama y tener diferencias de opinión con nuestras parejas. Los hijos magnifican nuestra capacidad de empatía y nos hacen más conscientes y tolerantes con aquello que nos rodea. 
 

 

 

Foto: Istock

Leer mas: 

Leer más

Publicidad