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Carlos Serrano, uno de los grandes músicos del blues es colombiano

Por: 
Natalia Roldán
Carlos Serrano, uno de los grandes músicos del blues es colombiano
Con sus acordes improvisados en la guitarra, su voz áspera y su sombrero de vaquero, el colombiano Carlos Elliot Jr. se abrió camino en la competitiva cuna del blues. Después de tres discos grabados con el apoyo de los grandes del género, presentó su nuevo álbum en Rock al parque.

LOS BARES DE BLUES a lo largo del río Misisipi, en Estados Unidos, tienden a ser habitados por afroamericanos de voces gruesas y melancólicas. No cantan; se lamentan. Sus clamores suelen ir acompañados por una guitarra triste, un sentimiento sereno pero adolorido y el recuerdo de la herencia de antepasados para quienes la música era lo más parecido a la libertad. No obstante, hace unos años, un pereirano afable –mezcla de indígena y vaquero– llegó a esos territorios en busca de respuestas y logró que le abrieran las puertas a ese mundo en el que podría pensarse que no hay lugar para alguien criado en medio de la animosidad latina, tan dada a la fiesta y a la jovialidad.

En 2009, durante un mes y medio, Carlos Serrano –cuyo nombre artístico surgió de su agrupación anterior,  Elliot’s happiest Days– recorrió la cuna del blues. Partió de Detroit y luego pasó por Chicago, Memphis, Misisipi y Nueva Orleans. Quería entender de dónde nacía el sentimiento desgarrado de ese género que lo conmovía tanto. Quería descubrir si ese universo era como él lo imaginaba. Quería saber hasta dónde podría llegar su música. Pero no esperaba mucho de su viaje. No pensaba, siquiera, en hacer contactos, dar a conocer su talento o buscar una disquera. Sin embargo, de juke joint en juke joint –pequeños establecimientos donde reina el blues– fue inevitable que oyeran su voz potente y espesa, y que se sintieran atraídos por ella. «Creo que les llamó la atención el sentimiento latino de mi música, esa conexión evidente con las raíces africanas –le cuenta Carlos a CROMOS–. Yo hago Mississppi Hill Country Blues, una música más alegre y que va muy bien con la fuerza rítmica latina». 

 

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El respeto que sentía Carlos por el blues y por su historia le permitió conectarse con artistas tradicionales que mostraron su admiración por el artista y lo impulsaron a componer desde las entrañas para descubrir su propia voz. Así hizo contactos, que ahora son amigos, y así ha llegado a grabar tres discos y realizar tres giras por Estados Unidos. Ha tocado en templos del blues –en los que ser aceptado es un privilegio, como el Red’s Lounge–; ha sido invitado a festivales legendarios –como el Juke Joint Festival–, y ha compartido escenario con artistas de la talla de T-Model Ford y Los Cornlickers, la banda que después de años de acompañar a Big Jack Johnson invitó al colombiano a grabar con ellos el disco Mystic Juke-Joint Blues. Este año lanzó Raise The Fire América, su tercer álbum, con el que llegó al puesto número uno en el conteo nacional de Radiónica, una emisora que no se ahoga entre las canciones de Carlos Vives, Shakira o Katy Perry. 

 

Nirvana en Dosquebradas

Lo suyo era el rock. En medio de las tranquilas laderas y quebradas pereiranas, Carlos oía Nirvana, Guns 'n' Roses, Pearl Jam y Aerosmith. Moría de amor por Blind Melon. Su afán roquero lo llevó a aprender inglés; a los trece empezó a tocar guitarra –con la intención de reproducir esa música que lo estimulaba tanto– y a los dieciséis formó su primera banda. Luego experimentó con la flauta traversa y hacia los veinte creó una nueva agrupación. Pero no le iba muy bien con las partituras, las escalas, ni la matemática detrás de la música. Por eso lo frustraba hacer covers, esos que sus amigos sacaban con tanta facilidad. Se sentía más cómodo componiendo, y sus canciones eran orgánicas, nacían de un sentimiento que no sabía de notas. 

Era un artista ideal para el blues, un género que habitualmente responsabiliza de su magia a la improvisación, que suele alejarse de la academia y que nació de los spirituals: cantos intuitivos de los esclavos en las plantaciones, que surgían como mantras con los que invocaban a Dios en busca de un alivio ante el sometimiento y el dolor. 

Tal vez por esta razón, por su aproximación visceral y empírica a la música, no escogió  una carrera relacionada con su pasión. Estudió Electrónica y su vida, durante el día, transcurre arreglando máquinas. Tiene que cumplir un horario y resistir hasta la noche para volver a su guitarra. Solía tocar en bares en Pereira, Medellín, Bogotá y Cali, pero ahora sus giras son más frecuentes en Estados Unidos y debe hacer todo tipo de piruetas para abandonar la empresa por meses. «Me invitan a un evento y aprovecho para armar una gira –explica–. En la de 2013 visité siete ciudades e hice dieciséis presentaciones. Fue muy exigente, shows en la mañana en festivales y en la noche en clubes, sin parar, para que el viaje hasta allá y el recorrido sea sostenible y rentable». 

 

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El público ya lo reconoce y se amontona para oír esa música que es más sentimiento que razón.

Aunque ha tenido algo de suerte por su buena energía, no todo ha sido fácil. «Es complicado llegar de forastero a tocar blues, una música tan tradicional. Había escepticismo. Los puristas dentro del público iban a oírme por analizar cada nota y a criticar». Pero poco a poco han entendido que la intención de Carlos no es contaminar el género, sino mantenerlo vivo. Él, de ascendencia blanca, negra e indígena, encuentra en el blues un sonido místico que siente que une a todos los pueblos americanos. «Misisipi es un lugar de grandes contrastes, es una tierra hermosa y generosa donde son tan importantes la iglesia como la cantina, donde se le canta a la pobreza, al abuso y al abandono, pero también a la esperanza y a la alegría». Como en Latinoamérica. Por eso en su más reciente disco intentó reconocer su mestizaje, mostrar que tanto en el norte como en el sur de nuestro continente la herencia africana se lleva en la sangre y en el ritmo. Qué aquí y allá nos mueve el mismo sabor y la misma melancolía.  

 
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