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Dos camiones recorren el país para montar salas efímeras de Cinecolombia en municipios que todavía no conocen el poder de la pantalla grande. Cromos se subió a uno de ellos y viajó hasta la isla de Tierra Bomba junto con un cargamento de sorpresas.
 

En Colombia se esconden parajes recónditos y olvidados. Olvidados por el Estado, las grandes ciudades, los empresarios y la tecnología. Allá aún se conserva la magia de lo simple y se valora el tiempo que se entrega a los amigos, a la familia y a disfrutar la tierra, el mar y la arena. Estos lugares son tan diferentes a las caóticas ciudades en las que vivimos, que ni siquiera existen salas de cine. Por eso, para celebrar sus 90 años, Cinecolombia decidió recorrer el país para llevar el encanto de las imágenes en movimiento a noventa municipios donde todavía muchos no conocen cómo se siente eso de ver historias proyectadas en la pantalla grande. 

 

 

Dos furgones son los protagonistas de la Ruta 90, ya que en su interior viaja el cargamento de casi dos toneladas, con 200 sillas, un proyector de última generación y una pantalla inflable gigante. Al volante y como copilotos van un conductor, un técnico y un gerente de ruta, que empezaron a recorrer el país en febrero y lo harán hasta que termine este año. Hasta ahora, el trabajo ha sido muy gratificante, especialmente por los niños, los más entusiastas espectadores. Solo con ver su alegría desbordante y esas carcajadas que recuerdan el gozo que produce el asombro, ya cualquier esfuerzo vale la pena.  

 

 

Fotografías: Nelson Sierra

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