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En medio del desierto de la Guajira, niños y ancianos wayuu buscan alternativas para combatir la crisis alimentaria de la región. Una lección de paciencia.

 

En el trayecto entre Uribia y Punta Gallinas, en pleno desierto de La Guajira,  se encuentran hasta 30 retenes del hambre. La mayoría son administrados por niños y ancianos wayuu, y su tarifa no es dinero sino comida. La escasez revuelve sus estómagos vacíos, así que la necesidad ha llevado a que extiendan cuerdas en el camino, de una orilla a la otra, para detener a los pocos vehículos que recorren la vía y pedirles  cualquier alimento que les sobre.   

 

 

La crisis alimentaria de los niños de La Guajira se ha convertido en uno de los grandes retos del Estado y la sociedad civil. Según la Comisión Interamericana de años han muerto 4.770 niños y niñas de la comunidad wayuu debido a problemas relacionados con la alimentación y la falta de agua potable. Así se han creado las condiciones para que se den fenómenos como el de los retenes del hambre.

 

Los viajeros, ignorantes de la existencia de estos retenes, suelen improvisar: por lo general solo tienen  dulces, galletas, panes o panela. A la comunidad le vendría bien que las golosinas fueran remplazadas por arroz, frutas o productos no perecederos, pero ellos se resignan a recibir lo que les ofrezcan.  

 

A pesar de la crisis y el abandono,  estas paradas obligadas a lo largo de la carretera son amigables. Los niños, por lo general delgados y de mirada dulce, siempre agradecen con sonrisas. Y si uno no lleva comida, retiran el lazo que obstaculiza el paso para que uno siga su camino. Otro carro llegará.

 

Por: Nélson Sierra Gutiérrez

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