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De Hechizada a Claire Underwood

Claire Underwood
La televisión ha reflejado las victorias de las mujeres en la sociedad. De ser brujas con poderes, han llegado a ser poderosas líderes.

Por: Laura Galindo M.

 

“Confiesa”, le ordena Cersei Lannister, en la sexta temporada de Game of Thrones, a quien torturó en cautiverio. “Confiesa que se sintió bien golpearme, asustarme, humillarme. ¡Confiesa!”, insiste mientras acaricia desprevenida las cuerdas que atan al potro de tortura la mujer que antes fue su verdugo. “Yo entiendo. Y también hago cosas porque se sienten bien. Bebo porque se siente bien. Maté a mi esposo y se sintió bien. Me acosté con mi hermano, mentí sobre haberme acostado con mi hermano, maté a mis enemigos. Y todo porque se sentía tan bien. Incluso, confesar se siente bien. Confesar en las circunstancias correctas”. 

 

•••

 

Ya no es un secreto: las mujeres también odian, hieren, piden venganza. Son corruptibles, igual que los hombres. Son crueles, igual que todos los demás. Ambicionan el poder y no siempre saben usarlo. Se equivocan, se pervierten. Ya no llevan la bondad por carga y les está permitido tener defectos. No son perfectas, como antes, porque las mujeres perfectas no existen. Ni en la vida, ni en la ficción. 

 

Pero no siempre fue así. La historia es larga.

 

Antes de que se empuñaran consignas de libertad, estallara la revolución sexual y Martin Luther King hablara de igualdad por primera vez, Samantha Stephens alteraba el curso del tiempo en Hechizada. Fruncía un par de veces la nariz y con sus manos hacía pequeños remolinos en el aire. Entonces, el mundo iba más rápido. En cuestión de segundos lograba tareas que pedían horas. Acomodaba cojines, recogía libros regados y aspiraba la sala. Limpiaba la chimenea, decoraba con flores y se perdía escaleras arriba para reaparecer luego con algún elegante vestido. No evitaba accidentes, no salvaba a nadie. No controlaba mares enfurecidos. Samantha limpiaba la cocina. 

 

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En 1975, la segunda ola feminista comenzaba a despertarse. Archivaba códigos obsoletos, se inventaba la píldora y hablaba de igualdad. Lynda Carter, convertida en la Mujer Maravilla por Douglas Cramer, hacía rebotar balas en sus brazaletes. Atrapaba villanos con su lazo de la verdad y rescataba del peligro al hombre del que se había enamorado. Pero eso solo pasaba con la capa y la tiara puestas. Sin ellas, no era más que Diana Prince, una secretaria, suspirando por el amor de su jefe. Una mujer indefensa, vestida de Louis Vuitton, que se soñaba entre los brazos del Mayor Trevor. 

 

Pasaron más de quince años y las mujeres seguían necesitando súper poderes para ser protagonistas. Buffy Summers había sido escogida por el destino para cazar vampiros. Era ágil, fuerte, veloz y sus heridas sanaban en segundos. Asesinaba demonios, salvaba inocentes y custodiaba uno de los portales donde la tierra se une con el inframundo. Era, en apariencia, el cliché de rubia superficial de cualquier escuela secundaria, pero al final de cada capítulo había salvado a la humanidad de la destrucción total. Su punto débil estaba, entonces, en el mismo lugar de siempre: el amor. Por un demonio malvado a quien terminó matando, por un vampiro sangriento que quiso matarla. 

 

Con el cambio de siglo llegó también la igualdad formal, por lo menos en el papel. Las mujeres, al estilo de Hechizada, dejaron de ser regla y las protagonistas dejaron de necesitar poderes sobrenaturales. Eran abogadas, médicas, policías e investigadoras. Ally McBeal ganaba juicios para el bufete Cage & Fish, tenía sentido del humor y se enamoraba de un hombre diferente en cada capítulo. Catherin Willows descubría asesinos en CSI. Christina Yang se negaba a ser mamá en Grey’s Anatomy y ponía su ambición profesional por encima de todo lo demás. Eran humanas. Con emociones, con miedos. Sin ser del todo buenas, sin llegar a ser malas. Eran fuertes y tocaban el poder sin necesidad de súperpoderes. 

 

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Hasta ahora las mujeres en la televisión se paran en la cima y miran hacia abajo con desdén.

 

Pero es solo hasta ahora que son reales. Que pueden no ser sabias, ni pacientes, ni amorosas. Que se paran en la cima y miran hacia abajo con desdén. Que se retratan en la figura del antihéroe, hasta ahora propia de los hombres, y son tan abyectas como Doctor Who y Walter White en Breaking Bad. Que dejan obsoleta a la heroína clásica: noble, frágil, piadosa. Y se muestran corruptibles. Es hasta ahora, que son enteramente humanas. 

 

Cersei Lannister hace estallar buena parte de una ciudad en Game of Thrones para coronarse reina absoluta del Poniente. Tortura, engaña, mata. Es torturada, engañada y se escapa de la muerte. Olivia Pope protege políticos corruptos en Scandal, se enamora de hombres casados y poco a poco se adueña de la Casa Blanca. Las reclusas de la penitenciaría de Litchfield, en Orange Is The New Black, son estrategas, violentas, culpables. No tienen elegantes vestidos como en Hechizada, porque van de botas y uniforme. No esperan esposos con la cena lista porque la cárcel es un mundo sin hombres. No aceleran el tiempo porque en el encierro no existe la magia.

 

“Juro solemnemente que cumpliré con fidelidad las funciones de presidente de Estados Unidos y haré mi mejor esfuerzo por preservar, proteger y defender su Constitución. Ayúdame Dios”, dijo Claire Underwood en House of Cards, con una mano sobre la Biblia y la otra abierta a la altura del pecho. Días más tarde, se dirigió por primera vez a los estadounidenses. Vestida de blanco, ceremoniosa, imperturbable. Les ordenó muertes en nombre de la democracia, venganza por justicia, guerra sin promesa de paz. Luego, a solas en el despacho oval, una declaración, una sentencia: “Es mi turno”. 
 

 

Fotos: cortesía Netflix y HBO. 

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