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“El amor nos ocurre a todos, al mendigo y al rey”: Diego León Hoyos

Diego León Hoyos
Hasta el 27 de agosto, será la cabeza detrás de Shakespeare enamorado, una adaptación de la película que se llevó el Oscar en 1998.

Por: Natalia Roldán Rueda                            

Fotos: Daniel Álvarez

 

Es de risa fácil y se nota que disfruta cada carcajada. Le encanta estar vivo y andar parado sobre sus pies. Tiene una picardía en los ojos –inocente, como la de un niño– y da la impresión, todo el tiempo, de que quiere invitarte a su próxima travesura. Uno le tiene cariño desde antes de conocerlo. Siempre será el 'angelito Serafín', que veíamos en Tentaciones, después de llegar del colegio. Y llevamos incrustada en la memoria –contaminada de nostalgia– a María Leona Santo Domingo al lado de Jaime Garzón, en Cuac. Con ese impulso, cuando lo conoces el afecto se multiplica. Por su sinceridad, por su empatía, por su apasionamiento y por todo lo que sabe.

 

Aunque Diego León Hoyos estudió Comunicación Social y se pagó la carrera como fotógrafo aficionado, ha dedicado su vida, sobre todo, a la actuación y a la dirección. Así se ganó el aprecio de un montón de colombianos que siempre lo recuerdan, así ya no se lo encuentren en la televisión. Pero que no lo veamos no quiere decir que no exista. Él sigue por ahí, en proyectos en los que no se ve pero se siente. Como en la adaptación de Shakespeare enamorado, que dirige y que ha sido montada en el país bajo la supervisión de Disney Theatrical Productions, después de recorrer Inglaterra, Estonia, Bulgaria, Hungría, República Checa, Israel, Polonia y Canadá.

 

En la obra, que cuenta el posible origen de Romeo y Julieta, William Shakespeare (interpretado por Nicolás Montero) –el dramaturgo más importante de la historia– tiene un bloqueo. Parece que se le han acabado las ideas y está en la quiebra. En medio de esa crisis, sin embargo, conoce a Thomas Kent, un actor que lo maravilla con su talento. Kent, en realidad, es Viola Lesseps (Carolina Ramírez), una joven plebeya que tiene prohibidas las tablas por su condición de mujer y que debe disfrazarse para subirse a un escenario.

 

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"No solo es una obra, parece también una  exhibición de artes plásticas".

 

¿Cuál es el encanto de esta historia?

Tom Stoppard y Marc Norman, quienes escribieron el guión, idearon una ficción fantástica. Instalan a William Shakespeare en medio de una crisis creativa aterradora. Se le ha secado el ingenio, no le salen las palabras. Solo hay angustia y deudas. Hasta que súbitamente se enamora y escribe la que acaso sea la historia de amor más célebre: Romeo y Julieta. Lo interesante es que se enamora de un hombre, para su sorpresa y para su angustia, aunque finalmente descubre que es una mujer disfrazada, que desesperadamente quiere vivir el amor y presiente que solo lo encontrará en  el teatro. En esa época, en el renacimiento inglés, estaba totalmente prohibido que una mujer se subiera a un escenario. Era una transgresión aterradora y castigada con mucha furia por las autoridades. Por eso, esta mujer se disfraza de hombre. Este juego de equívocos permite tejer una comedia romántica que recorre lo picaresco, lo grotesco, lo sublime, lo heroico y lo poético. En eso radica el encanto de la obra. Pero hay un elemento adicional: aunque está ambientada en la Inglaterra del siglo XVI, es totalmente contemporánea. La pasión y las modalidades del amor son universales y tiene una vigencia extraordinaria. 

 

Quienes ya conocen la película, ¿por qué deberían ver la obra? 

 La historia es deliciosa y repetirla no es grave, ¿qué tal que uno no volviera a oír una canción nunca? “No, esa ya la oí”. Lo que tienen de maravilloso los clásicos es que es un deleite repetirlos porque perduran a lo largo del tiempo. Y lo más importante es que nosotros tuvimos que darle solución a una narración escrita para cine en un escenario. Las soluciones que encontró Laura Villegas, la escenógrafa y directora de arte, son absolutamente poéticas. Entonces, no solamente van a ser testigos de un relato, sino de una verdadera exhibición de artes plásticas. Tiene muchos valores escultóricos y lumínicos. Esta mañana le escribí a Juanjo Llorens, un caballero español que vino a hacer el diseño de la luz: “Usted también es un poeta, pero usted escribe con la luz”. Así que, además de suscitar en los espectadores la risa, el llanto y la ilusión, verán un trabajo muy bello desde el punto de vista visual.

 

¿Qué es lo que más ha disfrutado de dirigir esta obra?

Haber logrado cohesionar un equipo creativo y artístico inmejorable. Es fantástica la sociedad que se crea entre un director y un actor, y en este caso construimos un matrimonio poderoso, sin neurosis, sin envidias. Es un equipo maravilloso que convirtió en una ilusión colectiva el sueño individual de Tom Stoppard. La hicimos nuestra. ¿Usted sabe que leer es, de alguna manera, volver a escribir? Entonces, reinventar la obra de Stoppard fue maravilloso. En parte porque hace tres homenajes fundamentales. Un homenaje a la mujer, a la independencia femenina: la protagonista es una mujer que se resiste a pasar la vida sin conocer la verdadera pasión, sin conocer el espíritu de la libertad y sin conocer el amor, y lo arriesga todo. Es un homenaje al oficio del teatro: vemos a todos estos locos, vagabundos e inútiles que no sirven sino para inventarse fantasías y fábulas encima de un escenario. Y, naturalmente, es un homenaje al genio de William Shakespeare: un hombre esencial porque sus personajes nos enseñado muchísimo sobre la condición humana; su perspicacia y su agudeza para entender el corazón de los hombres fue muy profunda, y su trabajo tenía tanta ironía como apasionada poesía.

 

¿Y qué ha sido lo más difícil?

Es un montaje de gran envergadura y lo hicimos en los estándares internacionales, que  son seis semanas. No me puedo quejar del presupuesto, porque para el entorno colombiano es un gran esfuerzo del Ministerio de Cultura, pero es que, de todas maneras, vivimos en un país muy pobre y la gente no va a teatro, entonces no es autosuficiente. 

 

El lenguaje de la obra es de otro tiempo, pero quisieron darle un toque contemporáneo, ¿cómo fue eso? 

Los escritores ensamblaron largos fragmentos textuales de Romeo y Julieta que hay que entonar con la métrica del verso yámbico, que es intraducible al español. Entonces, Juan Gabriel Vásquez hizo una traducción en endecasílabos. El español es demasiado verboso y el inglés es un idioma muy sintético, muy práctico. Nosotros somos retóricos. Yo dejé de fumar gracias a un libro que escribió un inglés. El libro se titula Easy Way, ¿sabe cómo se llama en español? Es fácil dejar de fumar si sabes cómo (lanza una carcajada). Ahí está exactamente la mentalidad hispana. Frente a esta realidad, la traducción de Juan Gabriel es magnífica, porque tiene un lenguaje que nos resulta familiar a los colombianos. El verso quedó despojado de retórica y de palabras en desuso, pero se respeta la métrica del verso y su belleza. 

 

¿Qué tipo de humor se ve en la obra?

Es un humor muy culto, muy inteligente. Es un humor que reflexiona sobre el teatro. Ese es un plano de humor. Pero tiene otro, que son los aprietos económicos y la vida llena de aventuras, de júbilo y de festejo del mundo de los actores, con la taberna y las prostitutas. Ese es el humor picaresco, el humor del pueblo. El humor de las insinuaciones de doble sentido. El que está relacionado con el sexo, pero de una manera exquisita y elegante. Y tiene un plano de peripecia, que es como de película de aventuras y se relacionaría con el cine mudo. Y detrás de todo eso está el amor, que es universal. El amor nos ocurre a todos, al mendigo y al rey. Y a todos nos subyuga y nos llena de felicidad o de dolor. 

 

¿Por qué parece que todo lo relativo a Shakespeare es atemporal e inmortal?

En la pregunta usted está definiendo exactamente lo que es un clásico. Un clásico es una obra que captura con tal precisión las circunstancias de una época y lo que es esencialmente humano, que queda inmediatamente convertido en algo universal y vigente para siempre. En Shakespeare los personajes retratan algo que es esencial a la condición humana, y con  ello se van a identificar todas las personas a lo largo de los tiempos. 

 

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Disney ha adaptado esta historia en diferentes partes del mundo, pero esta es la primera vez que llega a Latinoamérica.

 

¿Qué se puede decir sobre el verdadero Shakespeare y de qué manera se diferencia del personaje de la obra?

Existe el arquetipo del escritor que es genio, ensimismado, introvertido, en su mundo, allá trepado en su torre de marfil, concibiendo cosas fantásticas. Lo que hizo Nicolás Montero fue convertirlo en un hombre común y corriente. En un teatrero que es el teatrero de todos los tiempos: soñador, aventurero, enamoradizo, ‘putanero’, toma trago, etc. Eso es muy bonito porque lo vuelve muy carnal.

 

¿Por qué Nicolás Montero?

Nicolás era el único actor pelirrojo con cara de irlandés que hay en Colombia (dice entre risas). Las características físicas de Nicolás se acomodan, pero, por otra parte, Nicolás es un hombre que ha estudiado, comprende y ama profundamente la obra de Shakespeare. Cualquier otro actor hubiera hecho una cosa muy distinta, pero Nicolás, dado este amor y este conocimiento, garantizaba lo que ocurrió: que se identificara con esta causa de sacar adelante la obra con esta entrega maravillosa.  

 

¿Y por qué Carolina Ramírez?

Yo a Carolina tuve la oportunidad de conocerla cuando dirigí La hija del mariachi, y no tengo sino admiración por su talento. 

 

Aparte del amor, ¿qué otros temas sobre la condición humana desarrolla la obra?

La solidaridad, la codicia y la tolerancia, de una manera bellísima. El teatro vence la codicia y la intolerancia. El amor no es posible por la intolerancia de las regulaciones sociales de la época. Y la protagonista, con una valentía increíble, las transgrede. Ella es una heroína feminista. Es una mujer independiente que encarna lo más bello y poderoso de los ideales femeninos contemporáneos de liberación. 

 

La obra es también una reflexión sobre el teatro, ¿de qué manera ha cambiado el teatro desde los tiempos de Shakespeare?

El teatro ya no lo hacen los grupos. Esos grupos eran como grandes familias. Ahora hay algunos grupos, pero el teatro es más de compañía. Una compañía que se arma con un propósito muy preciso. Actualmente los grandes narradores de historias en imágenes son el cine y la televisión. Pero al teatro le queda una cosa que es insustituible: el rito. Es en vivo, como una liturgia religiosa, y eso, cuando funciona, produce una emoción que no te la va a producir una película nunca. 

 

¿El teatro sirve para algo? 

El arte tiene una utilidad que no es mensurable, pero cumple una función esencial para los seres humanos: otorgarle sentido, grandeza y dignidad a la vida. Porque la vida es un milagro y solo el arte la celebra. Eso sí que sirve para mucho. 

 

¿Considera que el teatro en Colombia tiene la amenaza de desaparecer?

Tenemos un problema y es que, a pesar de los esfuerzos de los grupos de teatro que vienen haciendo un trabajo importantísimo, desde los años 60, y a pesar de Fanny Mickey, Misi o Alejandra Borrero, en realidad no hemos logrado construir un público teatral sólido, como el argentino, el mexicano o el peruano. Entonces, desde el punto de vista profesional, el teatro es muy endeble. No es raro. En todo el mundo hay crisis. Los únicos sitios donde hay ganancias y no se necesita el subsidio estatal es en Broadway y en Londres. Pero espero que no desaparezca. 

 

 

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La protagonista se resiste a pasar la vida sin conocer la verdadera pasión y el espíritu de la libertad.

 

¿Es factible vivir del teatro?

No creo. Fanny Mikey luchó mucho por eso, pero es muy difícil. Solo la televisión ha logrado eso, pero con unos niveles de inestabilidad muy grandes, porque los actores dependemos de muchas variables llenas de albur y de caprichos. Uno puede estar muy bien, ganar mucho dinero y después quedarse dos o veinte años sin trabajo. Es muy complicado. 

 

¿Cómo ve la industria del entretenimiento?  

Hay cosas en teatro que son importantes. Las tres manifestaciones más importantes, desde el punto de vista de crear un oficio sólido, son la compañía de Misi, el Teatro Nacional y Casa Ensamble. Hay fenómenos, como el stand up comedy. Si pega, es una actividad muy rentable. Y hay muchos que han pegado, como el Águila descalza, en Medellín; llevan mucho y son muy buenos, la gente los adora. Alejandra Azcárate es magnífica. Pero, normalmente, los actores que hacemos teatro tenemos que complementar con otras cosas, en la academia o en la televisión. Si usted tiene trabajo en la televisión puede vivir y muy bien. Aunque la televisión también está en una gran crisis, porque es absolutamente imposible convencer a un tipo de 18 años de que apague el computador y se vaya a ver una telenovela. El mundo está cambiando. Netflix va acabar con la televisión colombiana –y yo adoro Netflix–. Nuestra opción es entrar ahí. 

 

¿Hay algo que extrañe o añore de otros tiempos en el teatro o la televisión?

De la televisión, sin duda. Hubo una época en que, en cualquier momento, había cuatro o cinco producciones de gran formato rodando. Daban trabajo y los colombianos las adoraban. Ahora, por varios enemigos –la televisión por cable y suscripción, el consumo de audiovisuales por Internet y formatos como los realities–, se está acabando con la lealtad del público colombiano a nuestros dramatizados. Añoro una época en la que simultáneamente se estaban haciendo El Chinche y Los pecados de Inés de Hinojosa. Pienso que la televisión colombiana está pasando por una gran crisis, en cuanto a la producción de dramatizados se refiere. Ahora bien, nunca se han dejado de hacer dos o tres cosas importantísimas al año. El abrazo de la serpiente, Labio de liebre. La niña... El problema es la continuidad. Es que la pobreza es una cosa muy verraca, por eso hay que repetir siempre la frase de el gran pensador colombiano Kid Cervantes Pambelé: “Es mejor ser rico que pobre”. De todas maneras, no obstante las circunstancias, anualmente salen tres cosas verdaderamente brillantes y que serían buenas aquí y en cualquier lugar del mundo. También hay una actividad teatral que yo desconozco, como el teatro R101, La maldita vanidad, Casa Ensamble... Casa ensamble es muy importante e interesantísima. ¡Esa casa tiene tanta vitalidad! Y esa mezcla de cabaret y bar con teatro es perfecta, igual que en la época de Shakespeare. 

 

¿Cuál es el papel que lleva más clavado en el alma?

Son varios. Hay uno que yo no me di cuenta que fuera a ser tan importante en su momento: el del 'ángel Serafín'. Eso marcó para bien la infancia de muchos niños. Sin duda, saber que mi trabajo hizo felices a los niños me conmueve profundamente. María Leona también es un papel que yo adoro, pero adoro muchos más. El papel en Los pecados de Inés de Hinojosa. Otro en una comedia más o menos reciente, que se llamaba Aquí no hay quien viva. Yo era el papá del portero, que era Jimmy Vásquez, quien mide como 1,90. La única posibilidad de que yo hubiera tenido un hijo como Jimmy Vásquez habría sido teniéndolo con ‘El Flaco’ Solórzano.

 

¿Cuál es el encanto de dirigir?

El encanto de dirigir es directamente proporcional a la angustia que produce esa gran responsabilidad. 

 

¿Y el de actuar?

Es que uno libera y hace lo que uno no puede hacer en la vida. 

 

Si no se hubiera dedicado a esto, ¿qué habría hecho?

Habría sido historiador y pianista. Y habría sido dueño de un cabaret (y termina con más risas).

 

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