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El mar en los ojos de Sofía Gómez

Por: 
Carlos Torres
Sofía Gómez
Después de establecer un récord mundial, la apneísta ya trabaja para lograr lo que parece imposible: alcanzar los 100 metros de profundidad.

Por: Carlos Torres Tangarife.    

Fotos: David Schwarz.

 

Al frente hay una piscina de 50 metros de largo, que tiene las dimensiones de una olímpica.

 

—Si te metieras ahora mismo, ¿cuánto aguantarías bajo el agua?

 

— Sin hacer calentamiento, por ahí dos minutos –responde Sofía. Achina los ojos al esbozar una sonrisa. Mira la piscina, de una punta a la otra. Se pone seria–.  No, la verdad yo me ahogo. La gente cree que esto es hágale pues, tírese.

 

La apnea es más que aguantar la respiración. En la isla de Dominica, Sofía y su novio, el entrenador Jonathan Sunnex, primero hacen ejercicios de respiración. Sentados en una plataforma, domestican distinto el aire. Su concentración es de ajedrecista y sus costillas son tajos laterales bordeando el vientre. De la respiración pasan a los estiramientos. Los músculos tampoco se descuidan. Abajo son tan necesarios como los pulmones.

 

—Antes de meternos al agua, Jonathan y yo visualizamos la inmersión. En este proceso ponemos la mente en el lugar, casi que la sumergimos. Así empieza la apnea.

 

Ahora, al frente, no hay una piscina olímpica sino el inmenso Caribe. Dominica es una isla que al norte tiene a la vecina Guadalupe y al sur a Martinica. En la diminuta villa Soufriere viven Sofía y Jonathan. Cerca de la bahía, ambos anclaron una plataforma que flota encima de 150 metros de profundidad.  En ella hay espacio suficiente para un médico, el equipo de oxígeno, la máquina de succión, el kit de primeros auxilios. 

 

—¿Cómo sabes que debajo de la plataforma hay 150 metros? 

 

—Amarras a una cuerda un reloj que marca la profundidad y la vas tirando. Tiras, sacas y revisas los metros en la pantalla. 

 

Después de los ejercicios de respiración, el estiramiento, la visualización del terreno, es tiempo de hágale pues, tírese.  Para algunos es escalofriante flotar arriba de 150 metros. Demasiada agua, demasiada sal. Demasiados misterios. Para Sofía es el lugar donde se le arrugan los dedos de las manos. De lo mucho que puede llegar a estar. 

 

Ella tiene el récord de 83 metros en 2:43 minutos en la modalidad de peso constante con bialetas.  Supongamos que hoy es el día que lo consiguió, miércoles 5 de julio del 2017. Es mediodía. La pereirana está forrada en un traje azul. De su muñeca derecha sobresale un reloj blanco. A su alrededor, imponente, se levanta la reserva Soufriere-Scott's, un paraíso que incluye montañas tupidas de espesa vegetación. 

 

Sofía viene de desayunar un plato de avena en hojuelas.

 

—La digestión demanda un montón de oxígeno. Por eso da sueño almorzar pesado. El cuerpo gastando toda su energía digiriendo la comida –manifiesta.

 

A las 12:00 del día Sofía está lista. Más que estar listo, el apneísta debe estar completo. Suyo es el reto a la adversidad del mar. Sumergido, debe estar capacitado para decidir si sigue hacia las entrañas o hacia la plataforma. Sofía flota en el agua. Su cara sonriente ahora se resume en una mueca concentrada. Si su mirada pudiera ver para adentro, se perdería en sí misma. El mar le importa, pero no tanto como su pericia para aplacar los nervios. En los entrenamientos ha llegado a los 95,5 metros. Claro, una cosa es un entrenamiento, otra, una competencia con jueces. 

 

En su muñeca el reloj le irá indicando la distancia. Las alarmas están programadas para notificar la profundidad. Cada vez que haya una, Sofía escuchará un pípípí agudo y corto. A los 20, 30, 40 metros. La alarma de los 72 metros es la más importante. Al superar dicha profundidad, el reloj no dejará de pitar un prolongado tiritirí hasta que baje los 83 metros y suba hasta los 72. El pitido es una alerta para que mantenga la concentración al máximo nivel.

 

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Sofía y su entrenador Jonathan fundaron Blue Element, una academia que impulsa la apnea en la isla de Dominica. Ofrecen el servicio de entrenamiento a turistas y organizan competencias. El próximo certámen será del 13 al 20 de octubre.

 

20 metros, alarma uno

 

Un gancho similar al de colgar la ropa aprieta sus fosas nasales. Sofía cierra los ojos y se sumerge como quien se va a mojar la cabeza. Serán 2:43 minutos que va estar yendo o viniendo. Su entrenador, los jueces de la Confederación Mundial de Actividades Subacuáticas (CMAS), un médico y un equipo de videógrafos la pierden de vista. Rumbo al fondo se aleja de la plataforma. Doce meses preparándose para este momento. Doce meses preparándose para ir de cabeza al mar. 

 

En los primeros metros, Sofía nada constante. Patea resuelta y medida. Las aletas en los pies las blande con cadencia animal. Esta es la vida en cámara lenta. La vida azul, a veces verde. Cada movimiento de más o de menos influirá en el resultado final. Los ojos de Sofía no van del todo abiertos. Los achina desafiantes. Sabe que antes de los 20 metros se debe ayudar en la bajada. Por eso patea y patea. Sus manos se mueven como si las atravesara una brisa leve.  Su única compañía es la cuerda blanca de 83 metros; Sofía la bordea, sus movimientos trazan una línea paralela a medida que gana espacio. Su cara no refleja su diálogo interior. “Yo puedo”, se dice. “Ya he hecho 95,5 metros”, piensa. 

 

Este es el segundo intento de tres para lograr el récord. El protocolo, que no lo pudo hacer en el anterior por exceso de nervios, apenas comienza. Para su tranquilidad, si se vuelve a equivocar, tendrá otro chance. Pero no necesitará otro. A los 20 metros escucha la alarma y deja de patear. Permanece estática.

 

Se suspende y cae sola, a ritmo de gravedad.  El silencio es absoluto.

 

—En este punto utilizo una técnica llamada mouthfeel, que consiste en cargar los cachetes de aire. A partir de ahí me voy con ese aire, compensando la presión, explica Sofía. 

 

El aire de los pulmones pasa a la cara. A la pereirana le restan 63 metros. Ni siquiera lleva la mitad del objetivo. Se le hace eterno el trayecto. Cierra los ojos. Los abre y el asomo de desespero se pierde en la tela marina circundante. Es lo más cercano a la eternidad. Cae y cae, se arrastra sin arrastrarse.

 

Cualquier ser gigante, en ese punto del planeta, es un átomo.  

 

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"En la isla hay un señor que nos hace la vida difícil. Siempre quiere que le demos plata. El año pasado nos iba a cobrar 1.500 dólares por un permiso para una competencia, que se tramita sin gastos. Nos ha tocado hablar con una señora representante del parlamento para tener las licencias". 

 

30 metros, alarma dos 

 

Sofía sostiene el mouthfeel. Una desconcentrada la condenará al camino de vuelta. Y ella quiere volver con el testigo en la mano. El testigo que está a 83 metros. En su andar compensa la presión en los oídos. Es perfecto el equilibrio entre boca y orejas. ¡Ay donde se trague el aire! Los pulmones están vacíos. Si tuviera unos pulmones grandes, podría retrasar el mouthfeel. Optimizaría esfuerzos. 

 

A los costados van dos busos vigilantes. Son soldados pendientes de cualquier percance.  Sería letal un desmayo. Más fácil es revivir al Ahogado más hermoso del mundo, de García Márquez.  

 

—Yo no voy pensando en lo que veo afuera. Si mucho bajo con los ojitos abiertos para no distanciarme de la cuerda. Hablo conmigo misma: “Estoy aquí, estoy ahora, soy fuerte, lo voy a lograr”. En la profundidad esas frases de cajón despiertan en mí una fortaleza difícil de describir.  

 

 

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“Cuando me da gripa debo ser muy cuidadosa con todo lo que me tomo. Si llego a tomar Dólex Gripa, que tiene seudoefedrina, me pueden sancionar en las pruebas de dopaje. Por eso procuro cuidar mi salud, evito la contaminación, sitios en los que haya humo de cigarrillo”.

 

60 metros

 

“¡Soy una estúpida!”, se dice cuando incumple el objetivo y es inevitable el regreso. La apnea enseña a que no siempre las cosas se dan como uno quiere. Hoy, a 60 metros de la superficie, Sofía es paciencia entera. Hay que tener humildad para adaptarse a las variables del mar. Su estrategia para romper el récord está funcionando. Es capaz de vivir minutos sin respirar. La luz del sol todavía pega. En los ensayos la ha visto a 80 metros. 

 

 Si estuviera en Bahamas, a 50 metros la oscuridad sería total.  

 

—Los cambios de luz son bacanos, porque puedo reconocer en dónde estoy y cuánto me falta. La oscuridad tiene un lado positivo; en mi caso, me permite concentrarme más. En Roatán (Honduras), el agua es tan clara que a 90 metros se ve igual que a 20. 

 

—¿La temperatura en el fondo es helada? 

 

—En el Mediterráneo, donde nunca he hecho apnea, hay cambios de temperatura bruscos. De 28 grados a 15. En Dominica es mínima la variación. Oscila entre 29 y 26.

 

En menos de un minuto Sofía se acerca a los 70 metros de abismo marino. “Soy fuerte, lo voy a lograr”, se grita. A su lado se mantiene firme la cuerda blanca. Más firme está ella. Será su récord.

 

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El fondo es un tapete de arena

 

Es la misma arena de la orilla, solo que en este punto es un mantel homogéneo. En algunas zonas hay huellas de remolinos y amagos de pequeñas montañas. A pocos metros de la arena pende la cuerda blanca. La superficie está muy allá. El instructor percibe su reflejo. Si agudiza más la vista, se va por la cuerda que acompaña abajo a Sofía. Es apenas una prueba, ¿por qué tanto miedo? A Sofía la palabra apnea no le resulta familiar. La pronuncia para que no le extrañe. ¡Apnea!, ¡apnea!, ¡apnea! El fondo del mar de Santa Marta se siente cercano. Más familiar que la palabra apnea. A los 21 años, ella puede aguantar la respiración sin desesperarse. Le dan ganas de tocar la arena, pero la cuerda blanca le recuerda que arriba los entrenadores la están esperando.

 

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La apnea enseña a que no siempre las cosas se dan como uno quiere.

 

A 83 metros, un testigo y una alarma

 

Si a los 72 metros medio récord estaba hecho, a los 83 siente que en poco tiempo sacará la cabeza a la superficie. La alarma del reloj (tiritirí) es un estímulo que la guía. El sonido de la alarma es permanente. El testigo es un cuadrado rectangular que arranca del final de la cuerda blanca. Es la prueba de su hazaña, la quitada de trono a la eslovena Alenka Artnik, fijado en 82 metros en el 2016.

 

—Los primeros 50 metros, para mí, son los más difíciles. Cuando los hago pienso “ya voy a llegar”.

 

Operación retorno. En la subida sus aletas son un motor imparable. A 83 metros la espera el juez de la CMAS, su novio Jonathan, la posibilidad de respirar por la boca, las montañas. Un récord no se alcanza todos los días. 

 

—La prueba no termina hasta que demuestres que estás en tus cinco sentidos. Una vez sales del agua, el juez cuenta diez segundos. Después da espacio de cinco segundos para que le toques la cabeza. De lo emocionada que estaba, yo le pegué muy duro.  

 

Finalmente, la cabeza de Sofía emana del mar. Salpica la isla de Dominica y las gotas alcanzan a caer en Colombia. Su boca abierta recupera el oxígeno que su cuerpo dejó de consumir. Nunca lo olvidará su puño firme en la testa del juez.  

 

Son 83 metros en 2:43 minutos, un miércoles 5 de julio. Los que ostentan un récord tienen un ‘tumbao’ distinto.

 

—¿Cuánto cuesta un récord en apnea?

 

—El mío costó quince mil dólares, aproximadamente. La cifra incluye los jueces, las pruebas, la alimentación, la organización, en general. Amigos míos colaboraron gratis. 

 

—¿Quince mil dólares por día?

 

—Por todas las pruebas, que se hacen lunes, miércoles y viernes. Yo rompí el récord de Alenka Artnik, a mitad de semana, el miércoles.  

 

—El viernes los jueces se tomaron el día libre.

 

—No, lo aproveché para superar mis 83 metros. En los 84 ya no tenía nervios, estaba relajada. No tenía nada que perder. Estuve despojada de la idea "lo tengo que hacer, lo tengo que hacer". La verdad los 83 metros fueron más difíciles.

 

Un viernes 7 de julio, lluvioso, Sofía hizo 84 metros de profundidad.

 

—Espero tener el récord seis meses por lo menos, de aquí a diciembre. Quedan tres competencias grandes para que me lo quiten. Quiero despedir el año con el récord en la mano y retenerlo de aquí al comienzo de temporada, que es en marzo.

 

—¿Quiénes son sus rivales?

 

—Alenka Artnik seguro buscará revancha.  Chiara Obino es una italiana que se viene preparando muy bien. 

 

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La mamá de las marcas 

 

A Sofía no le gusta hacer planes a largo plazo. De aquí a un año no se imagina. Es de las que se va sin saber cuándo va a volver a casa. Lo único que ve al final es una oscuridad diminuta que simboliza los 100 metros bajo el agua. Nunca los ha bajado. Estuvo a ‘esto’ durante un entrenamiento. Alcanzó los 95,5 metros.  

 

—Estoy más lejos mentalmente que físicamente, ese número asusta, así haya estado a cinco metros, en la mente es un montón. Quisiera hacerlo este año, pero quién sabe. 

 

Sofía y su novio viven en una casa con un patio en el que han sembrado un árbol de aguacate, otro de mango, otro de limón, una palma con cocos. En una huertica, los tomates están naciendo. 

 

—En Dominica es muy caro todo. Una libra de tomates vale ocho mil pesos, por eso sale mejor cultivar. La vida, allá, es como la vida dentro del mar. Es un país muy tranquilo, no hay cine ni centros comerciales. La ciudad principal es un pueblo; el parche en la isla es ir a un lago, a unas cascadas, a la playa. Casi que no hay otra opción diferente a meterse al mar. 

 

 

Producción: María Angélica Camacho.

Asistente de producción: Daniel Álvarez / Jonathan Edery.

Maquillaje: Enrique Trujillo @yosoyenriquetrujillo.

Vestuario: Palo Rosa Beachwear / Maaji Swimwear / Decathlon.

Locación: Compensar.

 

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