Pasar al contenido principal

Se encuentra usted aquí

"Estoy con los cirujanos plásticos. Odio las arrugas": Norberto

Norberto
Norberto es una marca que el peluquero paisa construyó a partir de su fuerza para derribar estigmas y de su búsqueda incesante de la belleza

Por: Carlos Torres Tangarife    

Fotos: David Schwarz

 

Varios espejos en el baño reflejan su imagen. Si de lo perezoso que despierta olvida mirarse, igual no tiene escapatoria. El dibujo entero de su cuerpo está ahí, esperando por él en las mañanas.  Sus cejas, cachetes, boca, cuello y frente esconden las pistas de su edad.

 

— Todos los días me miro la cara porque tengo ochenta espejos en el baño. No hay nada más rico que cuidarse, ver cómo amaneces. 

 

Los dedos de las manos se convierten en dientes de peineta y se los frota leve  por el pelo arremolinado. Ahí debajo está la cara blanca y templada, con los ojos algo hundidos.  Ojos detectores de imperfecciones. 

 

—A mí las arrugas son las que me perjudican, yo no sé qué haré el día que me salgan, con la edad que tengo. Realmente me cuido y estoy con los cirujanos plásticos.

 

— ¿Cuándo fue la última vez que se…?

 

— Fui al cirujano hace siete meses. Las arrugas que bordean la boca son difíciles, pero hay médicos que las quitan. Cada tres meses visito al cirujano, porque uno es un carro viejo que hay que mantener en el taller, sino no llegas a ningún Melgar. 

 

— Uno se hincha, incluso cuando uno se despierta de la siesta tiene la cara hinchada. 

 

— Me aplico muy buenas cremas, las mejores del mundo. Hidratantes, antiarrugas, exfoliantes.

 

Su voz es ronca; suena algo desgastada, como la de quien se ha pasado la vida dando instrucciones.  Su día comienza a las 7:30 de la mañana en el penthouse de su peluquería.

 

Es una esquina con cuatro niveles imponentes, identificable para los vecinos, llamativa para los transeúntes desprevenidos. ¿Cómo es el resto de la casa con baño de ochenta espejos? Sales del baño, atraviesas la habitación rumbo a la puerta y en un pasillo te encuentras una vista desde donde se puede ver la sala. Está en el piso de abajo, ordenada al detalle. No hay un vaso olvidado, un maletín mal puesto, unos zapatos esperando a que los ubiquen. Es la sala de un Caballero del Congreso. El reciente 20 de julio, senadores y representantes a la cámara condecoraron a Norberto por “su desempeño y contribución a la belleza nacional e internacionalmente”.

 

_DMS4609

“Ahora me dedico a supervisar  mis peluqueros. solo  agarro las tijeras si encuentro conexión con la clienta. tendría que haber hecho esto hace años, porque antes yo le cortaba el pelo al perro y al gato”. 

 

 

—Ahora que soy Caballero, las clientas me quieren más. El día de la celebración me trajeron ochenta arreglos de flores y botellas de champaña. El apartamento está recién decorado, mi amigo y yo lo renovamos  porque estábamos cansados de verlo igual. Precisamente lo inauguramos ese día, invitamos gente, trajimos músicos.

 

—Usted se tomó sus tragos.

 

—Trago no, vino. 

 

—¿Bebió bastante?

 

—Bastantico vino blanco. No me gusta el tinto.

 

—¿Por qué no?

 

—Porque me sabe fuerte. Con el vino blanco tengo. No me vaya a decir que me va traer una botella porque ya tengo. 

 

Su amigo se llama Antonio Lozano Aydee. Se llevan diez años de diferencia. Se conocieron hace cuarenta, en Cali. Entre los dos reemplazaron el juego de sala por uno majestuoso, de cojín grueso, madera pesada. Seguramente la elección corrió por cuenta de uno  y el otro se limitó a asentir. 

 

1

 

—A Antonio lo vi por primera vez un sábado. Como los caleños visitan a las amistades con aguardiente, tenía botella en mano. Precisamente sé cómo es el sitio, me acuerdo como si hubiera sucedido ayer. Yo en esas iba a salir con otro amigo, por lo que cuando vi a Antonio no me quedé pensándolo. Recuerdo que al otro día me llamó, salimos y nos hicimos amigos. Yo regresé a Bogotá, él estuvo en Venezuela como cuatro meses. Me llamaba a diario. Después se vino para acá a vivir, luego se lo llevó la hermana, que es abogada; se lo llevó diciendo que él no tenía razones para estar lejos de su casa. Pero yo hice la forma para traérmelo. 

 

—Amor puro el de ustedes.

 

—Él viene de la familia Lozano Aydee. Ellos eran un poquito regionalistas y no les gustaba que Antonio tuviera un amigo peluquero. Realmente no sabían de mí. Yo soy diferente. Soy serio, trabajador, honesto.

 

—Amor puro de parte de él, que lo llamó al otro día de haberlo conocido.

 

—Ah, sí, aunque Antonio dice que no, porque tenía 22 y yo 32 años. No me haga hacer cuentas, realmente los dos estábamos muy jóvenes. 

 

Cuentas de juventud

 

Norberto impresiones fotografias

En 1980 acompañó a su hermana Rosita camino al altar. Norberto se ha caracterizado por sus corbatines y su ropa de colores sobrios.

 

 

Norberto rebobina su memoria para decir que fue de los pioneros en Colombia en ponerse corbatín y corbata negra. Desde pequeño ha sido un hombre clásico, de atuendos blancos y negros.  

 

—Ahora todos me copian. La corbata negra me la pongo de Europa, porque allá la usan. El corbatín sí es asunto mío. Fui el primero en Colombia en ponerse corbatín. 

 

Hace 73 años aproximadamente nació en Medellín (no confiesa su edad y sus empleados tienen prohibido revelarla). Hurgo en el recuerdo de sus papás, que lo vestían de sombrero y zapato de material. 

 

—Mis papás pensaban que yo no era un niño normal. Me llevaron a un médico que les dijo que más locos estaban ellos, porque me puso un rompecabezas de mapa y se lo armé rapidito. Yo vi que el médico hizo un gesto como si nunca hubiera visto un niño así. Le informó a mis papás en qué colegio debía de estar yo. Fue cuando me metieron a un internado. En ese lugar aprendí a leer.

 

El internado estaba en algún punto de Bello, Antioquia. Tenía un nombre largo y raro, irrecordable. Para Norberto fue duro encerrarse. Era un niño disperso que en clase contemplaba al profesor mientras su mente volaba a  otros lugares. Imposible saber a dónde iba, quizás lo que hacía era construir su vocación de peluquero.  

 

—En ese internado los compañeros me buscaban para que les cortara el pelo. De este modo fui aprendiendo a peluquear, sin gustarme ni haberlo hecho antes. 

 

En aquel lejano internado solo había un niño llamado Norberto, de apellidos Muñoz Burgos. 

 

—No soy de cuna. Vengo de una familia conservadora, sin vicios ni distinciones. En mi casa no hubo trago, no hubo cigarrillos, no hubo borrachos. De diez hermanos solo tres sacamos la cara de los Muñoz Burgos. Los otros no tuvieron cabeza, se los llevó el trago, el juego, la noche. Cada uno vivió su propia vida, cada uno hizo lo que quiso. Con 19 años me vine para Bogotá. Si hubiera sabido, me habría venido antes. Medellín no se comparaba con la capital.

 

—¿Bogotá le abrió las puertas?

 

—Yo abrí las puertas de Bogotá, que es diferente. Yo comencé a trabajar como maquillador en el almacén Sears. Luego abrí mi primera peluquería en la Caracas con 49, en Teusaquillo. Duré 12 años en ella, era bien bonita, sin lujos porque yo de dónde. Era una peluquería organizada, limpia, mis clientas eran gente que yo había atendido en Sears, que me prestaron sus cosas para amoblar el local. Cuando yo ahorraba las compraba y les devolvía el préstamo.

 

De la 49, Norberto se mudó a una casa en la 100 con 15. En la inauguración estuvo el cantante Alfredo de la Fe. Según Norberto, 'La noche negra', como bautizó la fiesta, fue una de las más grandes de Bogotá. No era para menos: la casa de la 100 con 15 fue su primer ascenso de emprendedor, el escalón previo a los futuros cuatro pisos esquineros de ahora, con barbería, peluquería para mujeres, hombres, niñas y niños.  

 

Consejo de Norberto: aprende a conocer la cara de una persona

 

Norberto

El encanto de D'norberto está en su spa, barbería, peluquería para damas, niños y un centro de asesoría de imagen, todo en un mismo lugar. Sus 200 estilistas pagan un arriendo por trabajar en el salón de belleza.

 

 

A Norberto le corta el pelo cualquiera de sus 115 peluqueros. La mayoría ya calculan su medida. A algunos les da pena hacerlo, sienten el temor natural de equivocarse. Es  el pelo del jefe implacable con la presentación personal. Del jefe que se cambia de ropa al mediodía; que examina el aseo de lo que se encuentre a su alrededor; que está pendiente de que no coman en su puesto; de  que no hagan muecas de amargura, porque la mala energía se siente a la distancia. Uno de ellos, cada mes o mes y medio, retoca sus puntas. Si está Norberto de buen ánimo y con tiempo, se retoca él solito. 

 

—El peluquero debe tener ángel y energía, agilidad en las manos. Para mí es una profesión complicada, tienes que aprender a conocer la cara de las personas.

 

Existen caras ovaladas, otras que tiran a cuadradas, unas completamente filosas. Están las de quijada larga, las de frente pronunciada. Y las equilibradas, que son minoría. Norberto analiza la morfología de sus clientes antes del sonido cortante de sus tijeras. 

 

—A una persona de edad no le puedes dejar el pelo cortico, porque se va a ver vieja. El pelo tiene que estar sobre la cara, para que tape sus defectos. Esto no lo saben los peluqueros. Todas las señoras tienen el mismo corte. La gente que va a leer esto ahora se lo va a dejar crecer… Ay, muy bueno este libreto.

 

—Esta entrevista.

 

—Entrevista, sí, para que las señoras me lean y se dejen crecer el pelo. En el Parque de la 93 y en la iglesia, el corte es idéntico. A las mujeres de 40 años las hace ver de 60. El pelo cortico es para una viejita que no puede lavárselo.

 

—Enemigo de las arrugas, enemigo del pelo corto.

 

—En la mujer soy enemigo del pelo corto. Del pelo largo soy amigo. Es juvenil al hombro, no largo, porque ahora las colombianas se lo están dejando a la espalda. 

 

—¿Por qué no le gusta?

 

—Porque no es in, es out. Ya no es Europa. El pelo cortico es para las señoras de 80 años, porque las de 70  son jovenes. El pelo tiene que ser a la cara, para que tape las imperfecciones.

 

—¿En dos capas?

 

—Medio largo, al hombro.

 

—¿Puede ir hasta las tetillas?

 

—Para mujeres más jovencitas. Imagínese a una señora de 60 años con el pelo hasta las tetillas. Yo les digo, más como artista de cine. Las artistas de cine mantienen su cabello al hombro. 

 

—¿Le gusta decir pelo o cabello?

 

—Depende, la gente no ha podido identificar si es pelo o cabello. Dígame usted que va a escribir la nota, porque a veces yo digo pelo y otras digo cabello. A mí me parece mejor cabello, pelo es como de caballo. Ninguna de las dos me suena. 

 

Un nombre feo

 

Norberto impresiones fotografias

En 1987, el peluquero recibió la visita de Cecilia Bolocco, la Miss Universo nacida en chile.

 

 

—¿Cómo le va con su nombre? ¿Le agrada? 

 

—Es tan feo que apenas conozco a dos Norbertos. No soy desagradecido, el nombre Norberto me ha dado mucho, hoy es una marca de excelencia, de trabajo fuerte, pero yo me lo hubiera cambiado por uno más lindo, como Mateo otro nombre de apóstol. 

 

—¿Cómo lo llaman sus amigos?

 

—Norbertico. 

 

—¿Y su amigo Antonio?

 

— Me llama mono o monito.

 

La soledad del Caballero

 

Norberto es identificable a la distancia. De cerca impresiona su porte delgado y vital. Su pelo juvenil combina con sus pintas de gala o con sus ropas más discretas. Norberto nunca pasa desapercibido. Su presencia produce cierto morbo, unas ganas tímidas de saludarlo. Por su condición de figura pública está expuesto a comentarios. Bueno o malo, un pedazo de lo que se murmura en las redes sociales o en los foros de los portales de noticias debe llegar a sus ojos perfeccionistas.  

 

—De lo que digan o no de mí me tiene sin cuidado. No salgo mucho a la calle, siempre estoy aquí en el trabajo. Procuro estar alejado de la gente, no me gusta la multitud, siempre me voy con mi amigo a playas que estén solas. 

 

— ¿Quiénes son sus amigos?

 

— Antonio y yo estamos un poco solos. Tengo una hermana que me ha acompañado durante 40 años, que ya está cansada y enferma. A nosotros nos da pesar porque la verdad estamos muy solos. Manejar la peluquería no es fácil. Administrarla es lo más difícil del mundo. 

 

— ¿Le saca canas?

 

— Es un oficio ingrato, tiene que estar uno al pie del cañón, como las panaderías, porque si la señora no está, se le comen el pan. A los empleados les digo que yo no es que moleste, les pongo muchas comparaciones, como la de una señora que tiene un almacén de chocolates y son noventa muchachos que están trabajando con ella, comiendo chocolate, acabándoselo. ¿Dígame cómo queda la señora? Pues sin nada que vender. Estamos en Colombia, donde la gente no tiene cultura, no hay aprendizaje, no son perfeccionistas. ¿Usted es perfeccionista?

 

—No.

 

—El día que lo sea se acordará de mí.

 

*Contacté a su cirujano plástico, Iván Santos, para una entrevista, pero no fue posible realizarla.

 

 

Producción: María Angélica Camacho.

Asistente de producción: Daniel Álvarez, Jefferson Olarte.

Leer mas: 

Leer más

Publicidad