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Las mujeres y el Islam

Visitamos la mezquita Abu Bakir, para ver cómo transcurren las horas de oración de las colombianas que se han convertido a esta religión.

Por: Daniel Álvarez.

 

Es viernes y a las 12:30 empieza la oración. Los hombres están abajo y las mujeres arriba. Según el imán Ahmad Tayel, de la mezquita Abu Bakir –en la Calle 80 de Bogotá–, se ubican separados porque es un tiempo sagrado que requiere concentración y respeto, y los movimientos  que hacen al inclinarse para rezar marcan zonas de su cuerpo que distraen inevitablemente. Asegura que no es desigualdad de género, solo pretenden evitar tentaciones. 

 

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A esta mezquita asisten unas 30 mujeres. Son pocas, teniendo en cuenta que la comunidad musulmana en el país la conforman entre 35.000 y 40.000 personas.   

 

Según Tayel, el islam no es machista. “En occidente, el género femenino alcanzó la independencia económica en el siglo XX –comenta el imán–. En cambio, hace siglos, nuestros antepasados vieron a una mujer ocupar la cabeza del Ministerio de Economía. También fue una mujer quien fundó la primera universidad. El islam no es machista, el machismo está en la apropiación cultural de la religión no en la religión en sí misma”. Para aterrizar esta idea, Tayel explica que la mayoría de las mujeres que pasan por la circuncisión femenina en África son católicas, una práctica que no tiene ninguna relación con esa religión y que indica cómo la cultura en ocasiones reina sobre las creencias. 

 

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Para Tayel, la mujer dentro del islam tiene un rol clave que no se diferencia en importancia con el del hombre. En ocasiones, incluso, pasa lo contrario: en la India –de acuerdo con una de las mujeres que participó en este reportaje gráfico y que prefirió guardar su nombre– el matriarcado es la base de la estructura familiar. “Nosotros no pensamos, como ocurre en occidente, que la mujer es la razón por la que los hombres perdieron el paraíso”, añade el imán.  

 

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En esta medida, la burka que cubre a las mujeres no es, como algunos podrían pensar, una imposición masculina pensada para prevenir que otros hombres las miren. Y la religión no exige usarla (en ocasiones ni siquiera les permite tocar el piso con la frente durante la oración). Llevarla es una decisión personal, motivada por rituales culturales; sirve de símbolo, representa fe y fidelidad, pero podría compararse con la cruz que lleva colgada en su cuello un cristiano, no es una obligación.  

 

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“Nosotros no pensamos, como ocurre en occidente, que la mujer es la razón por la que los hombres perdieron el paraíso. Ellas tienen un rol clave que no es menos importante que el de los hombres”, dice el imán.

 

 

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A la 1:30 de la tarde termina la oración. Mi lente continúa inspeccionando a esas colombianas que encontraron respuestas, guía y compañía en el islam. Más o menos 30 mujeres asisten a esta mezquita; son pocas, teniendo en cuenta que la comunidad musulmana en el país la conforman entre 35.000 y 40.000 personas, en palabras de Tayel. No todos los hombres están de acuerdo con que las fotografiemos pero, al final, son ellas quienes deciden.

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