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Entrevista con Gustavo Gómez, el periodista del año

Entrevista con Gustavo Gómez, el periodista del año
Rayos X de alguien que comienza a ser peso pesado.

El paisa más rolo del mundo, el hijo risueño de un magistrado serio, el bachiller vago que creía que no podía graduarse; el que escribe en SoHo y en CROMOS y habla todas las mañanas por Caracol Radio, acaba de ser galardonado con el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar al Periodista del año.

Es una sensación extraña, vengo a entrevistar a Gustavo Gómez y la casa no me cuadra. Reja blanca, puertas blancas, escaleras de cerámica muy encerada, palma a la entrada y timbre bien escondido. Hasta el mismo cielo parece en blanco y negro y son las tres de la tarde. Tengo la impresión de estar visitando a un amigo del barrio en los setenta y no al Periodista del año 2010 del Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar. Casi que estoy esperando que abra su mamá y no él. Pero no, aparece Gustavo con su típico “quiubo mi hermano” seguido de una abrupta apertura de sus fosas nasales en una fuerte inhalación, con un final de “carraspera”, producto de su rinitis crónica.

Llegamos directo a la sala, al fondo están sus libros, perfectamente alineados y en un costado su estante de discos, “los éxitos de todos los tiempos”, así los llama él, para diferenciarlos de los otros, los que no soportaron sonar tanto y se quemaron pero igual los guarda en cinco armarios idénticos en el garaje, junto a una máquina de hacer ejercicio abandonada, las sillas del carro para sus hijos, Gustavo de 5 años y Francisco de 3, dos tambores huérfanos y la infaltable mancha de aceite en el piso. Mi anfitrión se acaba de bañar, su segundo duchazo del día de los tres reglamentarios.

Le encanta ponerse debajo del agua. Dejó la pinta formal de paño por una camisa de cuadros, su pantalón kaki de toda la vida con un cinturón bien apretado, llamativo como una berma recién asfaltada; y unos zapatos Clarks, talla 44 y color café gastado, del mismo cuero cómodo de los sillones viejos. Se mira los pies, se mira las manos ¡enormes!, se queja de su 1,70 de estatura, y exclama: “A mí y a Diego Torres la naturaleza nos jugó una mala pasada”. Yudy, la empleada, se despide y quedamos íngrimos en la casa. Prendo mi grabadora y su cuello se quiere salir de la camisa, ese tic se lo heredó a su único tío, Esteban Córdoba y, según él, es el rechazo natural de cualquier paisa a la corbata. ¡Ah! Porque es un paisa, con mamá, papá y hermana paisas, con acento paisa, que aprendió a hablar “bogotano” por puro instinto de supervivencia. Le cuento mi sensación de foto vieja al timbrar frente a su casa y en dos frases suyas todo adquiere sentido: Gustavo Gómez vive en el barrio Santa Margarita, junto a la casa donde vivió toda su vida de hijo de familia, una pared de por medio lo separa de sus papás y de su pasado cuando intentaba estudiar Derecho en la Javeriana.

>¿Qué zapatos usa?

Siempre es la misma marca, Clarks. Porque hacen zapatos anchos y yo tengo pie de Sasquash, es plano y es horrendo.

>¿Se pone medias rotas?

Yo no aguanto una media rota, la boto. Yo soy psicorrígido en eso. El cuadro que está torcido no me deja hablar. Yo limpio el polvo de los estantes. Alíneo los libros. Los libros, al igual que los discos, tienen que ir encarrilados. Claro que ahora con niños es imposible, ellos vienen y lo mueven todo.

>¿De dónde viene esa obsesión? ¿De su mamá?

No sé de dónde viene. ¡Cómo le voy a echar la culpa de algo tan terrible!

>¿Cuántas veces se lava las manos?

Muchas veces, unas ocho o diez y me puedo bañar hasta dos y tres veces al día.

>¿Por qué se baña tres veces?

Porque me refresca y me encanta el agua hasta que llega la cuenta.

>¿En cuanto a limpieza su esposa es igual?

Sí, me casé con una mujer que es igual a mí en eso… Está lavando y limpiando todo el día.

>¿Cómo se llama su esposa?

Mi esposa se llama como un cuento de Edgar Allan Poe. Ella se llama Ligeia y está condenada a que todo el mundo la llame Ligia, y eso la pone furiosa.

>¿Ella es música?

Es violista de la Filarmónica.

>¿Y es obsesiva como usted?

Sí.

>¿Más que usted?

No, ella sí pisa las rayas de las aceras.

>¿¡Usted no pisa las líneas de las aceras!?

No, ese tipo de cosas no, soy de los que cuenta y si pierdo la cuenta me estreso. ¿Se acuerda de los televisores Triniton de los ochenta que tenían tres colores del logo que eran verde, azul y rojo? Yo los contaba y cuando perdía la cuenta volvía a empezar.

>Hay gente que va al psiquiatra por menos, ¿usted ha ido?

Nunca he ido pero no lo descarto. El matrimonio es un buen tratamiento psiquiátrico, ya viene con el castigo y sin medicamento.

>Pero no se mortifica, con eso vive.

Sin ningún problema.

>¿Y en cabina?

Los ruidos me fastidian. Soy muy sensible a los ruidos. ¡Que César Augusto Londoño coma manimoto mientras hago una entrevista me desespera!, porque él hace “crunch” y yo pierdo el hilo. Que hagan ruido con los esferos. Soy muy maniático de la producción al aire. Que entró mal el disco, que hubo un bache, ¡eso me mortifica enormemente!

>¿Tiene más manías?

Las manchas en la ropa son terribles, una mancha de café a las nueve de la mañana me daña el día, pero no porque sea vanidoso sino porque la veo y la veo y la veo. Soy de los que limpian la vaina como pueden en el lavamanos y usan el secador del baño.

>Calzoncillos ¿qué marca?

Eso sí el que caiga, tengo de todo. Esos los va a ver mi mujer, entonces no me importa.

>¿Qué reloj prefiere?

Omega Speedmaster es mi reloj preferido. Es el reloj que llevó el hombre a la Luna, eso lo dice todo.

>Pero no lo tiene puesto.

Adoro los relojes pero no los uso, casi no me los pongo porque me tensionan, me producen como piquiña en la piel, tengo piel muy sensible.

>¿Qué loción se unta?

No soy fanático de las lociones, los olores no son mi fuerte, tengo muy mal olfato por la rinitis alérgica de toda la vida.

>¿Qué trago toma?

Mi favorito es el ron. Si es para hacer cubalibre, que me gusta mucho, prefiero el Ron Viejo de Caldas, y si es para tomármelo puro prefiero un Zacapa.

>Su plato favorito.

Los chorizos. Sobre todo el antioqueño, el campesino del Eje Cafetero. Los que venden en los supermercados son una salchicha mal disfrazada de chorizo.

>¿Cuál es la diferencia entre la salchicha y el chorizo?

Que el chorizo sabe bien y la salchicha sabe horrible y que uno nunca haría un perro caliente con un chorizo.

>El restaurante donde se siente como en su casa.

Me gustan Rafael, Astrid y Gastón, 13 Incas. Me gusta la comida peruana y, sobre todo, la comida picante. Voy mucho a la Casa Mexicana.

>Usted es un hombre que sale poco, ¿qué invitación lo hace salir?

Las cosas que comprometen la felicidad de mis amigos, que Daniel Samper lanzó un libro, que Alejandro Santos tiene un evento, que CROMOS tiene sus Premios de la Moda, ahí estoy. Me tomo un whisky y me escabullo. Ahora, sobre todo con la madrugada a las cuatro de la mañana, son limitadas mis salidas. Aunque nunca me acuesto antes de las once de la noche, no se trata de dormirse como las gallinas, pero si uno sale y hay cigarrillo y hay trago y me tomo unos, es un drama al día siguiente en radio.

>¿La radio es como un noviciado?

Sí, claro, esto lo podría hacer Andrés Uriel desde el convento fresco. Lo que tiene de bueno es que uno habla y sale de la vaina, mientras que las personas del periodismo impreso tienen que hacer la preproducción, luego sentarse a escribir, diseñar, revisar el texto, imprimir, empacar y distribuir la revista.

>¿Cuál es la mayor disciplina para trabajar en radio?

Saber un poquito de todo lo que pasó. Esa es la obsesión porque si a uno mañana le dan un plan de trabajo y no se cumple y, además, uno no sabe qué está pasando, pues se lo lleva el que lo trajo. Es una especie de examen del Icfes que empieza a las cinco de la mañana, al aire, y termina a las doce.

>Hagamos un salto en el tiempo. “Se hacía notar, conversaba mucho, no paraba y era buen tipo”. Eso lo dijo su compañerito de bus del San Bartolomé La Merced, Mario Romero, con quien se turnaban la ventana en la ruta. ¿Locuaz desde chiquito?

Siempre fui hablador y siempre fui bromista, es decir siempre tuve el humor como parte de mi personalidad, no impostándolo, siempre he sido así y es parte de mi trabajo, trato de ser amable con la gente, tomar del pelo y si se me va la mano pido disculpas.

>¿Buen alumno?

Yo no fui un alumno bueno, era muy malo para los números y las matemáticas, habilité todos los malditos años del bachillerato y fue un martirio para mis papás. Yo iba a ser el fracaso más grande del hogar, pobrecitos.

>¿Dónde vivían sus papás?

Han vivido toda la vida aquí al lado. Viví en la casa de al lado con ellos 20 años, aquí en Santa Margarita, y cuando empecé a pensar en casarme comencé a buscar y conseguimos la casa del lado. Cuando la tuve empecé a remodelarla y mi papá me dijo: “Puede que no esté terminada pero pásese a vivir ya”. ¡Me echó de la casa! Entonces le dije a mi novia “bueno, mi amor, me tocó irme” y me dijo “no señor, usted no se va, nos vamos”. Trajimos la cama del cuarto de mis papás, la pasamos caminando con el colchón, la armamos y desde eso vivimos juntos. Nunca en mi vida he vivido solo.

>¿Cuánto lleva aquí?

Como 10 años, creo.

>¿Se casaron al poco tiempo?

Yo no me iba a casar porque soy muy malo para los formalismos. Ya estaba viviendo con ella, éramos felices. Incluso mi mamá, que es supercatólica, se aguantó el rollo de la unión libre, pero cuando decidimos tener hijos pensamos que en los colegios y en los aeropuertos ponen muchos problemas con los niños, entonces fuimos a la iglesia de aquí, Santo Domingo Savio, nos casamos a las 10 de la mañana, nos devolvimos por la maleta y nos fuimos de vacaciones, con mis papás, a Coveñas.

>Un periodista lo felicitó recientemente por su premio y usted dijo “soy un cargaladrillos con un poco de suerte”. ¿No tiene ni un padrino político?

No tengo padrinos políticos, nunca he votado en mi vida, ni siquiera he inscrito la cédula. Tengo muchos periodistas buenos que me quieren pero que tampoco son poderosos como para darme puestos. No tengo familia periodística, no tengo a nadie que tenga acciones en un medio periodístico. Soy un periodista común y corriente. No pertenezco al circo romano.

>¿Por qué cree que le dieron el Premio?

Yo creo que el Premio Simón Bolívar fue un reconocimiento que hizo el jurado a un tipo de periodismo que tiene la virtud de estar en contacto con la gente, que no atropella, que no persigue a nadie, aunque hay días en que uno debe ser firme.

>¿Amabilidad ante todo?

Le cuento esto: pocas personas son tan amables en la radio con Gustavo Petro, con Antonio Navarro y con toda la gente del M-19 que casi mata a mi papá. Yo podría, como periodista, ser bien hijueputa con la gente del M-19 porque casi me quedo huérfano por culpa de ellos y no les tengo ningún rencor. Mi papá era magistrado cuando lo del Palacio de Justicia sino que se salvó porque esa semana pidió permiso y no estuvo.

>¿Ellos saben eso?

No creo, de pronto, pero como siempre tratan de negar lo del Palacio de Justicia...

>Yo lo conocí a usted a comienzos de los noventa, escribía sobre música en CROMOS. ¿En ese momento, qué soñaba ser? ¿Músico? ¿Escritor?

La música siempre ha sido una pasión pero nunca pensé ser como el más importante de los periodistas musicales. Músico, menos. Tengo oído de artillero.

>¿Pero qué tenía en la cabeza?

Estaba absolutamente perdido y aunque estaba estudiando Derecho en la Javeriana no sabía qué hacer, no tenía ni idea para dónde ir. Le dije a mi papá que me quería retirar y me dijo que esperara. Ya cuando fue insostenible, al cuarto año, y cuando vi que me gustaba el mundo del periodismo en CROMOS, dejé de ir a clases.

>¿Antes de meterse a estudiar abogacía quiso ser otra cosa?

Los jesuitas me echaron el cuento de ser cura y me lo creí como por 26 minutos. Lo llegué a pensar pero como tengo una vida tan jovial y como soy tan poco formal, me aburro en misa, ¡cómo sería si yo fuera el que tiene que oficiarla!

>Trabajó en CROMOS, Javeriana Estéreo, la Consejería para la Modernización del Estado con el presidente Gaviria, R@dionet, y de nuevo CROMOS y La FM de RCN al tiempo. ¿Cómo fue esa carambola?

Julio Sánchez le dijo a Verbel, su productor en La FM, que invitara a María Elvira Bonilla para que hablara de la revista pero como ese día estábamos de cierre ella le dijo “pelao, yo no puedo ir a esa vaina, pero te voy a mandar al editor que ese sí sabe de radio”. Yo llegué como una bola y hablé. Cuando volví a CROMOS, María Elvira me dijo “pelao, ese señor te va a ofrecer un puesto, yo te oí, lo hiciste muy bien” y preciso llamó Verbel como a las cuatro y me dijo que Julio me quería invitar al otro día otra vez. Volví, eso fue como un viernes y ya el lunes hubo una propuesta formal. Durante año y medio trabajé por las mañanas con los Ardila Lülle en RCN y por las tardes con los Santo Domingo en CROMOS. Una mezcla bien interesante que no he vuelto a ver. Llegó un momento en que la cosa se complicó.

>En ese tránsito a La FM ¿encuentra su vocación, cambia su camino?

Siempre me sentí muy cómodo en radio pero yo soy un periodista escrito, supongo que tengo una habilidad para el repentismo y una voz agradable al aire que no tienen todos los periodistas escritos, de la misma manera que no soy como Inés María Zabaraín frente a las cámaras, yo me veo como un hipopótamo fugado de la Hacienda Nápoles.

>¿Cómo llega a SoHo?

Daniel Samper Ospina me llama y me dice que me vaya con él, que SoHo trabajaba con La FM, que no fuera bobo, entonces se da el paso, me voy de CROMOS, me quedo en La FM y en SoHo por cuatro años. Pero pasado un año eso también se deteriora porque SoHo empieza a sacar ediciones internacionales. Yo me le retiro a Julio, igual él estaba de salida para Caracol, pero no me fui con él, yo me hago a un lado.

>Lleguemos a la última cabina de radio, la básica de Caracol.

Trabajé entre semana en SoHo, y en Caracol los fines de semana durante año y medio. No tuve un día de descanso. Pero me la jugué porque me parecía interesante. Hasta que Caracol me dice que haga el programa de 10 a 12. Me retiro de SoHo en 2006 con el dolor del alma y me dedico de lleno a Caracol.

>Es como la crónica de una seducción radial anunciada.

Sí, yo sabía que iba a terminar con Darío Arizmendi porque él tiene una gran habilidad y es que se acerca a la gente y no la deja, entonces yo tenía el programa a las diez pero llegaba a Caracol a las siete, entonces me llamó un día y me dijo que si le ayudaba con una música que él no tenía tiempo para buscarla, le dije que claro y así pasó hasta que un día me dijo que si oía alguna entrevista y quería preguntar algo, entrara y lo hiciera. Y lo hice, preguntaba y me salía, entonces empecé a entrar con más frecuencia, hasta que él me empieza a invitar a entrevistas completas y me quedé.

>¿Qué fue más difícil, convencer a Darío de que tenía madera para la radio o a su esposa de que usted era el tipo indicado?

Definitivamente convencer a mi esposa porque Darío tiene buen olfato y de una dijo: “este gordito es”. Pero con mi esposa sí fue más difícil. La conocí en la Javeriana, ella estudiaba música y yo trabajaba en la emisora, pero la cosa no avanzaba, entonces un día en la U me acerqué muy sigilosamente, me arrodillé, la cogí por la cintura, todo el mundo gritó, y ella me dijo: “párese” y le dije: “mientras no me acepte una salida no la suelto”. Salimos el viernes siguiente.

>¿Hijo de quién con quién es usted?

Yo soy hijo de un ex magistrado de la Corte Suprema, Gustavo Gómez Velásquez, y mi mamá es María Victoria Córdoba, también abogada. Ambos son paisas como yo. Claro que el único que no habla paisa soy yo.

>¿Y qué pasó con el sonsonete antioqueño?

Tengo una explicación para eso: cuando llegué al colegio en Bogotá, en tercero de primaria, tuve una entrada muy traumática, fui muy mal recibido. A mí me tocó el grupo de “llegó el paisa, vamos a atenderlo”, fue muy duro y creo que para sobrevivir dejé de hablar como paisa. De hecho muchos amigos hoy creen que soy de Bogotá. Eso quiere decir que mi hermana, Ana Isabel, o tuvo más suerte en el colegio o es una mujer mucho más valiente que yo.

>¿Cómo puede salir alguien tan bromista de la casa de un magistrado?

Para los juristas de esa época mi papá era un tipo super serio, entonces creo que lo mío es como una reacción a eso. Uno tiende a veces a tratar de figurar dentro de la familia o ganarse un espacio siendo distinto al papá.

>¿Qué heredó de su papá?

Así como él es abogado de tiempo completo, yo soy periodista de tiempo completo.

>¿Qué heredó de su mamá?

El hecho de oír a la gente y tratar de ser cálido y serlo, incluso, cuando no hay ánimo para hacerlo.

>¿Sus papás lo oyen?

Mi mamá me oye mucho, mi papá creo que oye más a Fernando Londoño.

>Cuando se pone nervioso usted tiene un tic en el hombro, ¿de dónde viene eso?

De mi tío Esteban, hermano de mi mamá, el único tío que tengo. Eso es muy de los paisas con las corbatas cuando les estorba, y yo esté con o sin corbata muevo el hombro.

>Usted es un tipo sanguíneo… cero flemático, ¿qué lo pone nervioso?

Que mi mujer esté molesta y que los entrevistados sean telegráficos o que hablen largo como cubanos o venezolanos.

>¿Qué lo relaja, qué lo desarma?

Me gusta ver Star Trek, los capítulos clásicos me tranquilizan.

>Un vicio de su juventud.

El cigarrillo desde los 12 ó 13 años. Dejé de fumar hace como cinco años, un día lo apagué y no lo volví a prender.

>Un amigo perdido.

Hay un gran amigo mío de la infancia, muy cercano a todo el tema de los Beatles que se llama Germán Valenzuela. Quería que fuera el padrino de su hijo, pero no acepté porque yo vivía en unión libre y no quería rendirle explicaciones a la Iglesia. Él se dolió mucho y dejamos de hablarnos muchos años…

>Un deporte olvidado.

Voleibol, pero jugué seis horas en la vida.

>Una diva de sus sueños mozos.

Olivia Newton-John.

>Un ídolo.

John Lennon.

>Una pinta de ayer que sea motivo de vergüenza hoy.

Los pantalones pirata blancos con rayas grises y entubados en los ochenta.

>¿Nunca le dio por hacer negocios?

Esa es una de las cosas que indican que no todo paisa es perfecto, yo fui muy malo para los negocios. En el colegio vendía todo, chocolatina Jet y Milkybar, pero siempre me comía todo, y con un muy buen amigo cuando estudiaba Derecho, Antonio Pabón, que sí es abogado, montamos una tienda de discos que se llamaba Disc Colombia Ltda., era una concesión en almacenes Los Tres Elefantes, y nos quebramos, obviamente.

>Para un espíritu hiperactivo como es usted, ¿eso del encierro en la radio no lo mortifica un poco?

Salgo y entro. Voy al corredor, me tomo un tinto y vuelvo y entro porque sentarme seis horas seguidas es muy heavy para mí.

>Eso de hablar y hablar sin ver con quién se habla ¿cómo lo ve usted?

Supremamente gratificante. No hay nada peor que ver a la gente con la que uno habla. No soy asocial pero me tranquiliza más un mundo en el que tengo a todos para hablarles sin estar expuesto a ellos.

>¿Qué es lo que más le gusta de su oficio?

Lo que más me gusta es preguntar.

>¿Tiene una pesadilla que se repita?

Aparezco en el colegio preocupado porque hay un examen con el profesor Hernando Aguirre, de Matemáticas, y siento que no me voy a graduar de bachiller. La tengo, por ahí, una vez al mes.

>¿Sus ídolos en la radio?

Yo he trabajado con muchos y todos tienen algo que a mí me atrae, tendría que decir que son Juan Gossaín, Yamid Amat, Darío Arizmendi y Julio Sánchez Cristo, no por haber trabajado con ellos, porque nunca trabajé con Juan Gossaín, es por haber sido oyente de ellos.

>¿Qué admira de cada uno?

De Juan, su cultura agradable que no apabulla, uno aprende con él cuando lo oye; de Yamid, la chispa que tiene para preguntar, es el mejor entrevistador; de Darío me gusta mucho el tono humano que tiene para tratar a la gente, y de Julio la capacidad que tiene para que una radio sólo exista, existiendo él. Él es su propia emisora. Él internacionalizó lo que aprendió con Yamid.

>Mirando para atrás, ¿le ve algún sentido a su trayectoria profesional?

No, prefiero la teoría de que soy un barquito de papel llevado por las aguas. Los educadores siempre le decían a uno que lo fundamental era fijarse una meta en la vida para llegar a ella, y yo no la tengo.

***

Llega en tropel su familia, Ligeia, Gustavo y Francisco, hay que hacer tareas, se ilumina el comedor y por arte de magia florece en el centro un plato de pasta a la bolognesa. Apago la grabadora y vuelvo a sentirme en esa casa antigua de un amigo en los setenta.

Ya es de noche y antes de subirme al taxi Gustavo no resiste la tentación de mostrarme el cuarto de sus juguetes –muchos aún sin abrir, obviamente de Star Trek– y de sus discos de los Beatles… La cuenta la perdió cuando llevaba 2.000.

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