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"Siento que he resucitado muchas veces", Jineth Bedoya Lima

Por: 
Redacción Cromos
"Siento que he resucitado muchas veces", Jineth Bedoya Lima
La periodista colombiana recuerda cómo fue torturada y violada en cautiverio y todo lo que trajo para su vida personal y profesional.

Secuestro y violación

 

El 25 de mayo de 2000, hacia las 10 de la mañana, la periodista de El Espectador fue secuestrada a las afueras de la cárcel Modelo. La que iba a ser una entrevista con internos paramilitares se convirtió en un secuestro que duró diez horas, fue torturada y violada. Luego de un largo silencio, en el 2009 Jineth confesó que durante el cautiverio fue violada. A partir de ese momento, se convirtió en símbolo de las mujeres víctimas de violencia sexual.

 

Me molesta cuado me dicen que yo ya lo superé, porque la violencia sexual nunca se supera. Uno aprende a manejar el dolor, uno puede aprender a transformarlo. En estos 16 años de haberla sufrido, han pasado muchas cosas con mi caso, de injusticia, de impunidad, y lo que siempre me devuelve la esperanza es el periodismo, mi única terapia. Soy reportera de pies a cabeza, de las que recorre la calle palmo a palmo.

 

Un año antes de mi secuestro, siendo reportera de El Espectador, el 27 de mayo del 99 sufrí un atentado en el que casi matan a mi madre. Fue paradójico, porque el atentado ocurrió sobre las diez de la noche y, al otro día, me fui a cubrir la cumbre de generales que en ese momento habían renunciado en pleno proceso de paz entre las Farc y el gobierno de Andrés Pastrana. Me fui de la clínica dejando a mi mamá muy lesionada. En el periódico lo primero que me dijeron fue “quédese con su mamá” y yo, con el dolor a cuestas, arranqué para la base de Tolemaida. Me era difícil comprender que me hubieran mandado a un sicario; además decía “si mi mamá se muere, yo no tengo el don de revivirla. Esto que soy ahora es lo que tengo en la mano, a mi mamá la dejo en las manos de los médicos y de Dios”. ¡Yo tenía que buscar la manera de sanarme! Creo que esa fue la primera vez que entendí que el periodismo es mi terapia.

 

Al año del atentado, sufrí el secuestro. Viví la impotencia de decir “mi vida se acabó”. Hablé con mi jefe de entonces, Jorge Cardona, editor de Judicial de El Espectador, y él estuvo de acuerdo en dejarme en la redacción. La decisión de reincorporarme dependía del director Carlos Lleras de la Fuente. Cuando lo llamé por teléfono, su saludo fue “¿cómo sigue? Ya tenemos todo listo para que se vaya del país”, a lo que yo le repliqué: “si realmente usted me quiere ayudar, recíbame en la redacción”.

 

Al día siguiente, mi mamá me llevó a que me arreglaran el cabello, me compró un vestido nuevo y juntas llegamos a El Espectador. Yo caminaba con dificultad. Que yo recuerde, este ha sido uno de los días más duros de la redacción. El regreso se demoró horas, porque era una fila interminable de gente del periódico abrazándome. Me acuerdo del doctor Lleras de la Fuente, saliendo de su oficina. Se asomó y caminó hacia mí con los brazos abiertos. Al verlo, recuerdo que me desmoroné y empecé a llorar. Cuando todos se fueron y quedé sola frente al escritorio, vi mi chaqueta, la que había dejado colgada en el espaldar de la silla el día del secuestro. Estaba tal cual yo lo había dejado la mañana del 25 de mayo. Las hojas, el esfero, mis cosas, nadie había tocado nada de mi escritorio. Transcurrieron minutos mirando la pantalla del computador, sin saber si iba a tener el coraje de escribir sobre la guerra. Al otro día, regresé a la oficina en modo periodista. No soportaba que mis compañeros hombres se me acercaran, aunque yo sabía que lo hacían con cariño. Sabían lo del secuestro, que estaba golpeada, pero no que me habían violado. Nadie lo sabía, solo mis jefes Carlos Lleras de la Fuente y Jorge Cardona. En esos días iniciales, mis compañeros pudieron entender que volví del secuestro, pero no estaban preparados para enfrentar mis ataques de llanto o de ira. Recuerdo que me tocó escribir sobre una niña que había secuestrado la guerrilla y no pude. Las primeras veces, me daban tranquilidad, pero al final quedaba flotando la pregunta ¿es capaz o no es capaz de escribir? No podía andar quejándome. Me costó lágrimas y noches en vela darme cuenta de que la gente no podía seguir sintiéndome lástima. Mi cabeza bloqueó por completo el secuestro. Logré ir al trabajo a cubrir la guerra y en las noches tenía mi momento de llorar, de echarme culpas. Fueron años enteros así, un desgaste emocional enorme.

 

Cuando me secuestraron, pesaba 56 kilos y al mes ya estaba en 39. Me fui consumiendo poco a poco. Pero no todo lo que se desprendió de lo que viví es malo. Empecé a hacer un periodismo diferente, me dediqué a buscar historias, porque finalmente yo me había convertido en una cifra más, en una de esas historias amarillistas que les gusta a los medios. Eso que yo tantas veces hice, lo hicieron conmigo. Entendí que yo no quería hacer esa clase de periodismo. Yo estoy convencida de que me mataron ese día, pero siento que he resucitado muchas veces. Cuando caes en la depresión, vuelves a morir, te desprendes de tu existencia. Desde el cautiverio, mientras me apuntaban con un arma, me tuve que despedir de mi mamá, de mis amigos, eso es morir. Siempre hay algo que me resucita. Al fin y al cabo termino diciendo ‘si estos tipos no me dispararon, yo no me puedo disparar’”.

 

Foto: David Schwarz.

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