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Alejandra y Gerardo Azcárate, de tal palo tal astilla

Por: 
Mónica Diago
La figura paterna ha sido determinante en la formación de su carácter y la elección de sus destinos profesionales.

La historia de esta amistad comienza con libros, con los clásicos infantiles de Charles Perrault, o por lo menos ese es el primer recuerdo de una de sus protagonistas. Los cuentos que todos conocemos, donde por lo general triunfa el amor, hay un héroe y donde predominan las convenciones sociales (matrimonio, hijos, cimientos de un hogar...) con un impredecible giro al final que los hacía más atractivos.

Cada noche había un final nuevo para las historias de Perrault. Caperucita se casaba con el lobo, a la Bella durmiente la despertaba el mayordomo y no el príncipe emperifollado que se quedaba con ganas de besar, o los tres cerditos montaban un hotel digno de resort. Los finales que inventaba Gerardo Azcárate, el papá de Alejandra, eran todos distintos. Era la manera en que el padre, gran lector, enseñaba a su hija el poder de la imaginación.

“Creer que todo es posible, eso es imaginar. Nada debe tener una sola visión, la vida cambia todos los días, por eso no me caso con propósitos puntuales, esa fue la primera gran lección que me dio mi papá”, confirma Alejandra. De ahí que su verticalidad con la vida no se traduzca en ideas radicales. “Nunca me caso con ideas fijas, respeto el criterio de los demás y por eso espero que otros lo hagan con mi forma de pensar”, añade.

 

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La frase que identifica a su papá: “Nada debe tener una sola visión, la vida cambia todos los días”.

 

Alejandra creció en un ambiente de completa libertad. La censura no era parte de la tradición familiar. Desde que era una niña podía opinar, reclamar, explicar su punto de vista. Su papá ha sido siempre un precursor de la autenticidad. Por eso, cuando Gerardo debe mencionar el regalo más especial que le ha dado Hanna (como la llaman en casa) no vacila en afirmar que se trata de una carta, escrita por el puño y letra de su hija mayor, cuando era solo una niña, que decía: “Papá, no te quise despertar pero te cogí 100  pesos, después te los devuelvo. Alejandra”. La tiene enmarcada y la luce orgulloso en la biblioteca de su casa. La coherencia entre pensamiento y carácter que refleja su hija en todo lo que hace lo llena de orgullo.

Él confiesa que la relación que tienen es de mucho compañerismo. “Siempre la he visto como mi hermana menor, por eso la invitaba a las reuniones de mis amigos (junto a su hermano Andrés). Los acostumbré a visitar las salas de arte para que no fueran ajenos a él. No quería que el arte les pareciera un espectáculo extraño. Siempre ha sido importante para mi cultivar en mis hijos esto, porque la cultura expande el conocimiento, entre más cultos seamos mayores posibilidades tendremos en la vida”, cuenta este valluno de acento marcado y sarcasmo latente.

 

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"Mija, si uno no genera pasiones es porque no tiene pasión para vivir", Gerardo Azcárate.

 

Gerardo, que está radicado en Cali, es comerciante de arte y uno de los grandes coleccionistas del país. No la piensa a la hora de alcahuetear los deseos de su hija, incluso si lo exponen por primera vez al lente de un fotógrafo profesional, a las manos inquietas de una vestuarista que quiere ataviarlo con trajes modernos y elegantes; a la parafernalia detrás de una sesión de fotos para ser portada de esta revista. En sus palabras: “una desvergüenza total”. 

Y para afrontar su primera vez en una revista Gerardo cargó una de las piezas favoritas de su armario: las mancornas de oro que heredó de su abuelo materno por ser el nieto mayor. Brillan las iniciales familiares sobre los puños de la camisa blanca que accede a lucir.

El vestuario le recuerda los días en que trabajaba como presidente de  bancos y asesor jurídico del Ministerio de Comunicaciones. Labor que no le restaba tiempo a su oficio de tiempo completo: ser padre. Todas las mañanas acompañaba a su hija al ascensor del edificio, oprimía por ella el botón de llamado y la despedía con alguna frase que después sería célebre en la mente de Alejandra.

 

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Todos los miembros de la familia Azcárate tienen perros de mascotas. La de Alejandra se llama Mariposa y la de Gerardo, Acuarela.

 

En la adolescencia fue el papá alcahueta que todos querían tener y el que nunca se aterró frente a las muestras de rebeldía típicas de la pubertad. Cuando Alejandra tuvo que escoger su camino profesional, le demostró su apoyo total por el oficio que ella quería desempeñar (la televisión), pero insistió para que además estudiara una carrera universitaria diferente a la actuación, que pudiera brindarle la estructura que da la academia. Alejandra se graduó de Periodismo y Ciencia Política en Boston, títulos que han influido su vida artística y en el espectáculo que la ha llevado a más de 10 países: el stand up comedy   Descárate con la Azcárate.

 

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Los padres de Alejandra están separados y tienen una muy buena relación. Hace poco, ella hizo las veces de celestina para conectar a Gerardo con una novia de la adolescencia.

 

La primera vez que Alejandra presentó su monólogo fue en Cali, en el Teatro Jorge Isaacs, siete años atrás. Su papá estaba sentado en una de las sillas del lugar, animándola con la mirada. Antes de empezar el show, apartó unos minutos para dedicar el espectáculo a uno de los motores de su vida y quien además había ejercido como curador del guión: su papá. La obra transcurrió con éxito y al final del debut llegaron las lágrimas. “Me subí al escenario poseída por el pánico. Cuando terminé, el público se puso de pie y yo me puse a llorar por la acogida maravillosa que había tenido la obra. De pronto alcancé a ver a mi papá llorando también y encontré tranquilidad, esa  mirada que me decía ‘no te filtres, mándate con toda’.  Descubrí entonces que solo la ciudad en la que él vivía me podía traer la suerte que necesitaba para empezar este proyecto que me ha traído tantas alegrías y me ha llevado a tantos lugares del mundo; en  1.247 funciones”, cuenta.

 

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Fotos: Hernán Puentes. 

 
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