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Ámsterdam y el poder de las tres Equis

Ámsterdam
El verdadero encanto de la capital holandesa: una filosofía de vida que permite que todos sean auténticos, felices y vivan en paz.

Por: Juan Pablo Rueda. 

 

Un escalofrío recorre mi espalda. La llovizna por fin se detuvo, pero el mismo viento que se llevó las nubes grises ahora arremete contra mi piel como una bestia helada. Esta mañana escogí mis últimas bermudas limpias, feliz de regresar al calor veraniego de Europa continental, tras ocho días en Londres. Un sol deslumbrante me recibió al salir del hostal e hizo que me cuestionara cuánto duraría el bloqueador solar que traía en mi equipaje. La pregunta desapareció de mi cabeza unos minutos después: no había rastro alguno de calor. Cualquiera diría que un bogotano está acostumbrado al cambio constante de temperatura, pero entiendo al fin que nosotros nos quejamos demasiado. Nuestro clima es, a duras penas, temperamental comparado con la bipolaridad a la que se enfrenta Ámsterdam. Me acomodo mejor, tratando de bloquear el suspiro gélido del aire holandés, y encuentro refugio detrás de la piedra blanca del emotivo monumento en la Plaza Dam que conmemora a las víctimas de la Segunda Guerra Mundial.

 

—¡Buenos días, familia! –exclama efusiva una diminuta española, que termina de ajustar el vibrante chaleco rojo que la identifica como guía–. ¿Sacando provecho del verano holandés? –pregunta entre risas–. 

 

No soy el único que tirita de frío. Empieza el tour. Aix, quien dejó el País Vasco para dedicarse a la historia de los Países Bajos, ríe a carcajadas mientras nos enseña los puntos representativos de la capital y su relevancia histórica. A los españoles y demás latinos que me acompañan les impacta, como a mí, la escultura de una mano indiscutiblemente masculina que acaricia el pecho desnudo de una mujer, a los pies de la icónica iglesia medieval que los pragmáticos holandeses han llamado Old Church. Empezamos a ingresar al Barrio Rojo, vitrinas desocupadas exhibirán cientos de prostitutas en unas horas, a unos pasos del templo más antiguo de la ciudad. Aix nos da una explicación de la singular libertad de la cultura holandesa, totalmente distante de los moralismos de América. Le permite a una iglesia ser testigo de los placeres de la carne sin que nadie se escandalice. 

 

La ciudad es impactante. Como nada que hubiera visto antes. Pero no se debe propiamente a la colorida arquitectura vertical, ni a esos rojos, blancos y negros que contrastan a la perfección con el ladrillo. Tampoco a las peculiares casas estrechas que bordean los canales, o a la magnificencia de la Estación Central, el Palacio Real y las torres con relojes de las grandes catedrales que se alzan entre los edificios y las aguas. Quita el aliento, es cierto, pero no son las edificaciones. No. Es su gente lo que me cautiva. Su felicidad constante.

 

Una ciudad que invita

 

Mientras nuestra guía expone las maravillas de los locales, empiezo a deambular por mi cuenta y repaso todo lo que he vivido en las últimas horas. Anoche, mis amigos y yo llegamos a la Estación Central mientras Holanda dormía. Éramos tres figuras nerviosas en un palacio deshabitado. Nos acercamos al único conductor de bus que esperaba frente a su máquina. Le enseñamos la dirección del hostal al que nos dirigíamos y nos pidió que entráramos. Se subió también y, tras cerrar las puertas, empezó el recorrido. Quince minutos después se detuvo en el paradero indicado. Nos acercamos a pagar el pasaje, pero el hombre sonrió y rechazó los 15 euros que debíamos.

 

—Invita Ámsterdam –nos dijo–. Incrédulos, agradecimos unas diez veces antes de dejar el bus.

 

Hoy, poco antes de llegar a la plaza, entramos a una crepería, atraídos por el apacible olor de la Nutella que parecía emanar de todos los locales que nos cruzamos en el camino. “Se busca personal”, decía un pequeño letrero en la puerta de vidrio. Me detuve a leerlo y no podía creer la lista de idiomas que el aspirante debía dominar: inglés, español, francés y alemán. “Cualquiera diría que buscan traductores”, pensé mientras seguía a mis amigos, quienes se adentraban al refugio cálido que ofrecía la tienda.

 

—Mm, no sé qué quiero –dijo uno de ellos, a la vez que intentaba entender el menú.

 

—¡Ah, pero si eso es lo más fácil! –saltó el joven cocinero, quien nos enseñó sus grandes dientes. Su acento era, a duras penas, perceptible–. Vosotros me dicen qué os gusta y está listo.

 

Nos reímos y empezamos a averiguar como niños sobre los diferentes platos que ofrecía.

 

—¿De dónde vienen? –preguntó, tras terminar el último crepe.

 

—Colombia –contestamos los tres al unísono.

 

—¡James! –sonrió él–, Falcao, Cuadrado… Tienen buen fútbol en casa. Que tengan un buen día —guiñó un ojo y continuó con el siguiente cliente, a quien le habló en italiano.

 

En ese viaje por Europa, nunca nadie nos había recibido así. 

 

Respeto, libertad y tolerancia

 

—¿Han visto las tres equis marcadas en la ciudad? –pregunta Aix, al señalar una bandera roja con una franja negra y tres equis blancas–. ¿Sabéis lo que significan?

 

Algunos se aventuran a adivinar. Ninguno acierta. Era sencillo caer en el chiste fácil de relacionar ese ‘XXX’ con el Barrio Rojo y el sexo, pero nada más lejos de esa suposición.

 

—Ámsterdam tiene una filosofía muy clara –retoma Aix–. Se rige por tres puntos: el respeto, la libertad y la tolerancia. Aquí no nos importa usted de dónde viene, cómo se viste, con quién se acuesta, qué toma, qué fuma, qué hace con su vida. Siempre y cuando sea una buena persona, no le haga daño a nadie y contribuya al progreso de nuestro país, aquí será siempre bienvenido.

 

 

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