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Celebra la amistad en Curazao

Por: 
Gabriela Castro Rico
Viajé con mis mejores amigas a esta linda isla holandesa que flota en el Caribe. Fue una excursión en la que pudimos reecontrarnos.

 

Hace quince años se empezó a forjar una alianza poderosa entre las cinco. No nos buscábamos conscientemente, pero nos encontramos. Y desde ese momento hemos estado juntas  en las duras y en las maduras.  Sabemos con tanta precisión cuál fue el instante en el que la vida nos unió, que  este año decidimos celebrar esta especie de aniversario de amistad.

 

 

En diferentes planes conversamos sobre las alternativas que teníamos. Hubo muchos debates, pero finalmente nos pusimos de acuerdo. Decidimos que nos aventuraríamos en un viaje que nos permitiera desconectarnos de todas las preocupaciones de la cotidianidad, pero que nos diera la posibilidad de conectarnos con nosotras mismas. Queríamos evitar esos paseos de los que uno llega más cansado de lo que se va, así que nuestra mente estaba puesta en destinos con sol, brisa y mar.  Un lugar parecido al que van las excursiones de colegio, pero que visitaríamos con el sosiego que llega con los años.  La vehemencia de la juventud se ha ido, ahora nos impulsaba el interés por encontrar paz y bienestar. Con esto claro, llegamos a Curazao. 

 

 

Esta isla, ubicada en el mar Caribe, nos recibió con sus casitas de colores pastel y sus calles resplandecientes. Detrás de la belleza de la superficie, además, encontramos la riqueza de la cultura. Entramos en confianza muy pronto gracias al calor humano de su gente: todos nos saludaban con una sonrisa, la sabrosura se les sale por los poros. Después uno ve el mar y entonces todo es perfecto.

 

 

Disfrutamos la isla al máximo. Viajamos en Catamarán, practicamos snorkel y nadamos con tortugas. También hicimos yoga en el agua sobre tablas de surf (parecía imposible, ¡pero lo logramos!);   fue una experiencia muy placentera, porque el cuerpo y la mente llegan a un estado particular gracias a la compañía del mar y la brisa. 

 

 

Montamos en bicicleta, jugamos golf, visitamos el acuario, hicimos compras en las tiendas más exclusivas y recorrimos el centro histórico, que este año celebra 20 años como patrimonio de la humanidad.  Entre tanto trajín sacamos tiempo para relajarnos en el spa que se encontraba en la playa. Tuvimos dos horas para desconectarnos por completo mientras las masajistas nos cubrían de aloe vera, el producto estrella de la isla.  

 

 

Comimos delicioso. Aunque muchos platos iban acompañados de papitas a la francesa y eso hizo que nos ganáramos unos kilitos de más. Las experiencias que nos ofreció Curazao nos permitieron renovar los lazos que nos unen. Juntas nos atrevimos a vencer miedos (como la fobia a las tortugas), rompimos esquemas, nos quitamos muchos kilos de preocupaciones de encima, y encontramos los espacios ideales para conversar, sin pelos en la lengua, sobre nuestras inseguridades y nuestros logros como mujeres, mamás y profesionales. Este viaje renovó y fortaleció nuestro espíritu y nuestra amistad.

 

 

Foto: Istock

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