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Cuando las estrellas se esconden en el mar de Puerto Rico

Por: 
Gabriela Castro Rico
Puerto Rico
En la isla se encuentra uno de los fenómenos más hermosos de la naturaleza: las bahías bioluminiscentes.

 

 

Bajo la oscuridad del cielo, el agua brilla. Y su luz tranquiliza y quita el aliento.

 

 

Una amiga, alguna vez, me habló de las bahías bioluminiscentes de Puerto Rico. Esas dos palabras unidas parecían sacadas de un libro de física cuántica, no de una experiencia turística. Y cuando me explicó que eran lugares donde el mar, en las noches, se encendía con luces neón –como si existiera un botón para prender el océano, como si fuera una piscina–, por mi cabeza se atravesaron todas las películas de ciencia ficción que había visto e imaginé que una nave con extraterrestres emergía del agua con la intención de explorar nuestro planeta. 

 

 

Pero a medida que la conversación avanzaba, las bahías bioluminiscentes se volvían más reales y más sencillas de entender que los agujeros negros. Lo que ocurre en esa isla caribeña es un fenómeno causado por la presencia de una gran cantidad de organismos unicelulares llamados dinoflagelados que, al ser agitados, liberan energía en forma de luz, como un método de defensa. Estos organismos se encuentran en diferentes partes del mundo, como Japón y Australia, pero para que nosotros podamos verlos brillar desde la superficie se requiere que el agua tenga unas características concretas; dependemos de la salinidad, la temperatura, los nutrientes, el material orgánico y el intercambio entre las aguas de la bahía y el mar.

 

 

En la Bahía Mosquito de la Isla de Vieques, en Puerto Rico, se dan las condiciones ideales para ver el fenómeno. Por eso alcanzó un récord Guiness: es la bahía bioluminiscente más brillante de la Tierra, gracias a la densidad de microorganismos que se encuentran en sus aguas, aproximadamente unos 480.000 por litro, mientras que en La Parguera, una comunidad costera del mismo país donde también se registra este fenómeno, hay cerca de 30.000 microorganismos por litro. Y a esto se suman los niveles de salinidad, la presencia de manglar, la poca profundidad, la temperatura del agua (especialmente, cálida), la ubicación geográfica y la topografía. 

 

 

 

Dejarse seducir

 

Quedé maravillada con la historia de mi amiga, así que llegué a consultarle a Google sobre las bahías bioluminiscentes. Todos deberían buscarlas, hacer clic en imágenes y así entender que la magia no es un asunto de conjuros, hechizos, poderes sobrenaturales o cosas de otro planeta. Aquí, en la Tierra, la magia está en todas partes. Después de esa búsqueda no tuve otra opción que empezar a planear el viaje.  

 

En Puerto Rico existen tres lugares donde esas especies dinoflageladas se reunen en fiestas luminosas: además de la Bahía Mosquito y La Parguera (en Lajas), también está la Laguna Grande de Fajardo. Claro, yo quería ver el fenómeno en su máxima expresión, así que escogí ese rincón del Caribe con nombre de insecto. 

 

Antes de comprar pasajes, salí de una duda: no existe un momento del año en el que el fenómeno se vea con mayor intensidad. Sin embargo, en mis lecturas encontré que pueden existir plagas que afectan temporalmente los microorganismos, así que vale la pena investigar con anticipación cómo andan las cosas en las costas de la isla. Además, hay que revisar el ciclo lunar, porque ese reflector blanco puede quitarle protagonismo al brillo del mar.

 

 

 

Empieza la aventura

 

Desde San Juan, la capital de Puerto Rico, tenía dos opciones para llegar a mi destino: tomar un vuelo directo desde el Aeropuerto Internacional Luis Muñoz Marín o el Isla Grande Airport hasta el aeropuerto de Vieques, o ir hasta el municipio de Fajardo y tomar desde allí una lancha. Con la intención de conocer todo lo que se pudiera de esa isla caribeña, decidí irme por mar. El viaje duró una hora y media, durante la cual admiré, perpleja, la intensidad y la variedad de tonalidades de azules del agua. Al caer la tarde, el ocaso produjo una postal hipnótica. 

 

La Isla de Vieques es lo más cerca que he estado del paraíso. Sus exuberantes manglares, sus bosques verdes y sus bellas playas –con 33 kilómetros de largo y 8 de ancho– me llevaron a pensar que la vida no es justa... No era justo que yo tuviera que volver a esta Bogotá caótica y sobrecargada de ladrillos. 

 

Muy pronto supe que estaba en la isla más querida de los locales y los turistas. ¿La razón? Su tranquilidad. Hay tanta paz que uno pierde la noción del tiempo. Parece que la vida se extendiera, como si a los minutos se les agregaran segundos para aprovechar con calma cada momento. Los días se reservan para las actividades de siempre: bucear, nadar, tomar el sol o leer en sus playas ecoamigables. En la noche, un kayak me esperaba para remar hacia  Bahía Mosquito. 

 

Era la noche más negra que había visto y eso le permitió al mar brillar en tonalidades verdes y azules. El espectáculo visual se mezcla con el silencio y produce un placentero aletargamiento. Te puedes meter al mar y, entonces, sientes que la luz del agua se te pega y te llena. Toda la atmósfera genera una energía reconfortante que te renueva y que puedes volver a sentir cada vez que cierres los ojos y recuerdes. 

 

 

Foto: Istock

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