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¡Descubre las maravillas de viajar en bici!

Por: 
Redacción Cromos
Bicicleta con mujer de pie al lado
Una alternativa diferente, más ecológica y más barata. Eso sí, entrena las piernas y el alma porque puede ser un desafío físico y espiritual

 

Juliana Otero pedaleaba seis o siete horas diarias. Sin pausa. Iba a recorrer 250 kilómetros en bicicleta durante cinco días, desde Oporto, en Portugal, hasta Santiago de Compostela, en España. Había pedido las vacaciones exactas, así que no podía perder tiempo: todas las mañanas tenía que arrancar a las 9:00. Sabía que sería doloroso para su cuerpo, por eso iba armada con Crema No. 4 –que aliviaba la irritación producida por el roce con el sillín– y con Beta-Best –una crema para caballos que calma los dolores musculares muy intensos–.

 

 

No llevaba mucho más: dos pantalones, dos camisetas, dos calzones, dos medias, unos tenis, unos crocs y un sleeping bag. Los jeans con los que viajó desde Colombia los botó. Todo el peso lo tenía que impulsar con sus piernas, así que evitó el ‘por si acaso’ a la hora de hacer la maleta. Empacó con sensatez. No se imaginó que iba a encontrar hostales sin secadora, así que tuvo que resignarse a llevar, como la única compañía que encontró en el camino, su olor. Y la lluvia, que la escoltó incesante. 

 

 

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Existen diferentes maneras de hacer el Camino de Santiago. Desde Madrid, Francia o Portugal. A pie, en bicicleta o a caballo. En compañía o en soledad. Para encontrarse con Dios o con uno mismo. “Los monjes hicieron esos caminos para que sirvieran como una especie de sacrificio que se le entregaba a Dios", explica Juliana. Es un viaje espiritual, sin duda. Y una prueba para el cuerpo y la mente. En este sentido, también puede ser una tortura. 

 

El Camino de Santiago estaba en su lista de cosas para hacer antes de morir. Además, llevaba años enamorándose de la bicicleta y de las posibilidades que da para conocer el mundo de una manera más orgánica, más ecológica, más cercana. En esas dos ruedas sentía que hacía parte del camino y que no se perdía de la brisa, del sol cuando golpeaba su piel, de los colores de los paisajes, de la vida oculta entre pasajes secretos. Por otra parte, le llamaba la atención la vehemencia de la experiencia: desafiaría su cuerpo y pondría a prueba la fuerza de su espíritu.   

 

 

Se hace camino al andar

 

Juliana no lo sabía, pero decidió hacer el viaje en el peor momento del año: en invierno. Y no solo era una temporada difícil por el frío y los aguaceros inclementes, sino porque no había ni un peregrino en el camino. Ella estaba convencida de que se sentiría segura porque habría mucha gente a su alrededor, pero muy pronto supo  que, en caso de un accidente, no habría a quién pedirle ayuda. Era tal la soledad, que se le acabó el tema para conversar consigo misma. 

 

Fue duro. Después de un día entero de pedalear con la ropa empapada y las manos entumidas se despertaba a la mañana siguiente y descubría que otra vez llovía. Entonces se llenaba de motivos y arrancaba de nuevo. Del asfalto pasaba a la trocha y luego se le atravesaba un río. Ella seguía. Perseguía las flechas amarillas que le indicaban la ruta y que estaban ubicadas cada 20 metros: en el piso, en los postes y hasta en los árboles. Reflexionaba y a ratos discutía con el universo. Alguna vez lloró. Para subir pendientes, en medio de montañas rocosas, tenía que alzar la bicicleta con las alforjas donde llevaba su ropa y el kit de despinche que le dieron cuando alquiló su caballito de acero. Llegaba exhausta a los hostales, que le costaban 10 euros. Descargaba y salía a almorzar el menú del peregrino: sopa, carne, ensalada, jugo y pan por seis euros. Regresaba a descansar. A pesar de que llevaba años entrenando, al caer la noche, su cuerpo sentía cada pedalazo que había dado.  

 

Hubo un día en que ya no pudo más. “Fue una decisión durísima –cuenta–. Yo quería terminar, pero ya no lo estaba disfrutando. Me sentía en riesgo, por ir tan sola. Yo lo máximo que sabía hacer era despinchar la llanta, pero no podría reaccionar si pasaba algo más grave. Solo me faltaban dos días, pero la idea no era que mi viaje fuera un castigo, así que me devolví a Oporto a entregar la bicicleta”. 

 

 

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Experiencias a la medida

 

Juliana cree que lo más difícil, cuando uno emprende una travesía como esta, es mantenerse sano psicológicamente y tener la fuerza para continuar. Pero no todos los viajes en bicicleta son tan complejos. Hay ofertas para diferentes perfiles.

 

Estos viajes por Holanda –que cuenta con 35.000 kilómetros de ciclorrutas– son más sencillos para las piernas y fantásticos para los ojos. Las distancias entre ciudades son más cortas (de Delft a Róterdam, por ejemplo, hay solo 16 kilómetros); los recorridos son planos y en asfalto, y a lo largo del camino se encuentra una postal detrás de otra: molinos de viento y cultivos de tulipanes en primavera.  

 

En Tailandia, recorrer el país en bici es cada vez más frecuente y se ofrecen planes que, además de encargarse de la logística (por dónde coger y dónde dormir), aportan un apoyo clave: una van que lleva el equipaje y los refrescos siempre persigue a los viajeros, lista para atender cualquier emergencia y para dar un respiro a quienes estén muy cansados y quieran hacer parte del recorrido en cuatro ruedas. 

 

En Colombia también hay alternativas. En la página web Pedaleando Alma encontrará todo tipo de paseos por Antioquia, que pueden costar entre 290.000 y 340.000 pesos. Carlos Carvajal, quien creó estas experiencias luego de recorrer 37.000 kilómetros de Colombia impulsado por la energía de sus piernas, cuenta: “Se viaja sin afán por hermosas carreteras y entre bellos pueblitos. Amamos conversar con los campesinos, los amaneceres, el grato olor del campo, las hermosas aves de nuestra tierra, bañarnos en los ríos y las guayabas del camino”.

 

 

Fotos: Juliana Otero

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