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Madrid vs. Barcelona

La rivalidad entre estas dos ciudades es bien conocida. ¿Realmente son polos opuestos o, más bien, serán dos caras de la misma moneda?

Por: Juan Pablo Rueda García

 

16 de agosto de 2015. Mis párpados se reúsan a cerrarse. Mis ojos aguantan la resequedad con simple y llana fuerza de voluntad, deleitados por la decoración con que los catalanes visten sus calles en las Fiestas de Gracia. Inmensas flores de colores cuelgan entre los edificios y crean un jardín de luces flotantes. En la esquina han construido un castillo medieval donde bandas independientes tienen la oportunidad de presentarse ante los cientos de transeúntes que recorren la ciudad; con sus conciertos que hacen bailar a todo el mundo. Un poco más adelante, han recreado el Moulin Rogue francés y una Torre Eiffel propia. He cruzado ya un homenaje a Japón, con sus arcos rojos, un luchador de zumo de dos metros y medio, y una geisha de la misma altura entre cerezos de papel. Los habitantes del distrito de Gracia compiten por la mejor decoración de su calle. Es un espectáculo que se debe vivir. “España sí sabe de fiestas”, pienso con una sonrisa.

 

—¡A qué no has visto algo semejante en Madrid! Es que en esa ciudad solo duermen, te lo digo ya. Todos los turistas vienen aquí –me dice Raúl, mi anfitrión y guía en la ciudad.

 

Levanto una ceja, incrédulo. Es mi primer día en Barcelona y la cuarta o quinta vez que alguien me pide comparar las dos ciudades, a la espera de que elogie la suya y desprestigie la capital española. Me da risa, aunque no lo diga abiertamente, porque hace algo más de un mes empecé mi viaje mochilero en Madrid. Allí –mientras veíamos el atardecer en el Templo de Bod–, Jonás, un canario, me dijo algo similar: “No vas a encontrar ninguna ciudad con la misma riqueza de vida que estás viendo en Madrid, los catalanes son fríos y groseros –especificó–. Por eso escogí quedarme aquí”.

 

Técnicamente hablando, decir que sus opiniones no tienen fundamento sería mentir. España se componía de reinos diferentes hasta su unificación en el siglo XV, por eso no se puede encontrar una única identidad cultural en sus regiones. Los locales lo saben y en lo profundo lo sienten: son distintos.

 

 

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Madrid es felicidad. Los madrileños disfrutan sus camas durante el día para sacarle el máximo provecho a la noche.  

 

MADRID VIBRA

Madrid da tortícolis. Es una ciudad que se debe recorrer de abajo a arriba, una y otra vez, para apreciar realmente esa arquitectura imponente que fue deliberadamente elegida para enaltecer el centro del poder español. Los palacios del barroco, las plazas e iglesias herrerianas y la belleza del Paseo del Prado y el Parque el Retiro enamoran al viajero. Pero esas fachadas pasan a un segundo plano al anochecer, cuando la capital entera cobra vida. Es indiscutible: los madrileños disfrutan sus camas durante el día para sacarle el máximo provecho a la noche. Algunos pensarán que es un descaro; otros entenderán el valor de poner la vida en primera instancia y el trabajo en segunda, tercera o cuarta. Lo cierto es que unas vacaciones en Madrid inyectan felicidad pura en las venas. Las preocupaciones se van entre los manjares de sus restaurantes y mercados, su música y su libertad. Una ciudad progresista e incluyente, a años luz de lo que muchas ciudades americanas y europeas profesan ser.

 

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Barcelona es cultura. La capital catalana es un mundo de fantasía.

 

 

BARCELONA CAUTIVA

Barcelona, por su parte, es cultura. Es un museo hecho ciudad. Visitar la Sagrada Familia es una experiencia difícil de describir. Como Gaudí no hay otro. La luz se filtra por los vitrales y se funde con el bosque de piedra hecho de columnas por el arquitecto. Es solemne, orgánico y artificial a la vez. Su obra se extiende por la ciudad y cautiva a todos, siempre. Se siente irreal, tanto como el Barrio Gótico o el Museo Nacional de Arte, donde los jardines descienden como cascadas alrededor de la Fuente Mágica de Montjuic. Caminar por la capital catalana es adentrarse a un mundo de fantasía. ¿Y la vida? Tal vez no tiene el mismo fuego intenso madrileño, pero también está ahí: en las playas desbordadas de personas, en sus restaurantes de tapas, en sus bares y tabernas.

 

Entonces, ¿qué veo yo que sus ciudadanos no? ¿Por qué reconozco a España como el mejor vividero del mundo en dos ciudades cuyos habitantes luchan desesperadamente por diferenciarse? Al compararlas con el resto de Europa, la realidad es que es hay una raíz profunda que las asemeja más de lo que las separa. Un espíritu alegre y festivo, que hace feliz a quien las recorre. El único mal recuerdo que me llevo es ese antagonismo absurdo con que sus habitantes se distancian. Una enemistad que hoy, más que nunca,  deberían hacer a un lado para unirse contra sus verdaderos rivales, que transitan amenazantes por las calles.

 

Fotos: iStock.

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