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¡Perdidos en Tokyo!

Por: 
Natalia Roldán Rueda
Tokyo, Japón
Viajar a un país cuyo idioma no conocemos siempre implica desafíos, pero si además usamos Airbnb, los retos se multiplican.

Eran las 6:00 de la mañana y la tierra empezó a sacudirse. La alarma del celular estaba a punto de sonar, pero el zarandeo nos despertó primero. La cama se tambaleaba como si estuviéramos en alta mar. Entre dormidos y despiertos nos levantamos, sin muy buenas ideas sobre qué hacer. Nos encontrábamos en Japón, uno de los países con mayor actividad sísmica del mundo, y el edificio no quería detenerse. Nos acurrucamos debajo de la mesa del comedor y esperamos. Pasaron unos cuantos minutos, que se sintieron como horas, y luego salimos de nuestra guarida. 

 

Nos asomamos por la ventana y las calles estaban en total silencio. Un terremoto de 7,4 en la escala de richter acababa de agitar la tierra, pero la ciudad parecía aún dormida –lo cual contrastaba de manera radical con el último temblor de Bogotá (de 5,0), que nos sacó del edificio e hizo llorar a mares a mi vecina–. Todavía nerviosos, prendimos la televisión. En todos los canales aparecía el mapa de Japón: el lugar del epicentro titilaba en rojo y una alarma sonaba sin pausa. Más tarde sabríamos que esos noticieros anunciaban la alerta de tsunami y la evacuación de ciertas ciudades, pero en ese momento no entendíamos nada, absolutamente nada. Nos quedamos ignorantes hasta que los primeros medios en inglés empezaron a dar la noticia. 

 

 

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Pídale consejos a su anfitrión. Aproveche que tiene un local de su lado en ese país en el que será difícil comunicarse y conseguir información. Qué debe evitar hacer con los palillos a la hora de comer, en qué circunstancias tiene que quitarse los zapatos, dónde puede ver uno de esos fabulosos matrimonios orientales, cuál es la mejor ceremonia del té…

 

Nos hospedábamos en un apartamento de Airbnb, el portal de Internet en el que cualquiera puede poner en alquiler su casa, su apartamento o un cuarto que tenga libre, así que no teníamos una recepción a la cual llamar para asegurarnos de que estábamos a salvo. Esta nueva manera de viajar desafía la hotelería tradicional con precios mucho más cómodos y experiencias que le permiten al huésped conocer de cerca las costumbres y la cultura del país que visita. Desde hace unos años es la primera opción que mi esposo y yo consideramos, y siempre había funcionado a las mil maravillas. Hasta que llegamos a esa dimensión desconocida en donde muy pocos hablan inglés y menos español. Si planea usar Airbnb en una ciudad cuyo alfabeto ni siquiera reconoce –como Beijing, Moscú o Bagkok–, aprenda de nuestra experiencia en el país del sol naciente. 

 

Un enigma tras otro

 

Japón

Para encontrar direcciones, descargue Maps.me. Le permitirá bajar mapas y acceder a ellos sin conexión a la web.
 

Eran las 11:00 de la noche y acabábamos de llegar a Kyoto. Nuestro cuerpo sentía el cansancio de veinte horas en el aire y otras tres sobre rieles desde Tokyo. Al llegar a la capital japonesa habíamos confirmado los rumores que encontramos en decenas de páginas de Internet: en uno de los países más desarrollados del mundo no se habla inglés. Fue casi un milagro que descubriéramos cómo comprar los tiquetes y llegar hasta la estación correcta del inmenso sistema ferroviario.

 

Ya en Kyoto, nos disponíamos a encontrar el primer apartamento donde nos quedaríamos. Saqué el mapa, convencida de que sería la única arma que necesitaríamos para movernos por la ciudad, pero estaba muy equivocada. Pronto descubrimos que las calles no tienen números y que existen tantos alfabetos japoneses que ni siquiera vale la pena hacer el esfuerzo de identificar letras y símbolos. Por fortuna, mi esposo, que es más sensato y más moderno, había aprovechado el wifi de la estación para ubicar en el mapa de Google el lugar al que nos dirigíamos. Una vez se perdía el acceso a una red, el celular todavía  señalaba nuestra ubicación y nuestro destino, información suficiente para llegar a donde quisiéramos (o al menos eso pensábamos).

 

Caminamos unos 15 minutos y el celular señaló que habíamos llegado. Pusimos la clave que nuestro anfitrión nos había dado pero la puerta no abrió. Pasamos al edificio siguiente, volvimos a intentar, y nada. Ninguno de los edificios de esa cuadra aceptaba la contraseña. Sin la posibilidad de hacer llamadas y sin acceso a Internet, no sabíamos qué hacer. 

 

 

Primer consejo: vale la pena comprar una tarjeta sim al llegar al aeropuerto, es posible que no le dure más de cinco minutos, pero al menos le da tiempo para contactar a su anfitrión ante una emergencia.

 

 

Estábamos en un callejón silencioso y oscuro. De repente, ocho mujeres aparecieron como diosas. No acercamos a ellas y mi esposo les mostró la dirección. Todas lo rodearon y empezaron a discutir entre ellas en japonés. Cuando parecía que habían llegado a una conclusión, fueron en busca de ese lugar perdido en medio del barrio Gion. Ellas tampoco lo encontraron. El chef de un restaurante cercano también salió a ayudar, pero fue un nuevo intento fallido. 

 

 

Segundo consejo: cuente con los japoneses. La mayoría no entenderán lo que les dice, pero se desvivirán por ayudarlo.

 

 

Tokyo

En tiempos en los que se construyen muros entre países para perpetuar la intolerancia entre culturas, razas y colores, viajar a Japón es un alivio. Sus habitantes sienten júbilo  de recibir visitantes, especialmente si llegan de la otra esquina del planeta.

 

 

Finalmente, tras un debate incesante e incomprensible de 20 minutos, una de nuestras heroínas llamó a la dueña del apartamento, quien le dio indicaciones. Llegamos, cruzamos los dedos, pusimos la clave y la puerta abrió. Ellas suspiraron aliviadas y satisfechas. Nosotros hicimos la venia con la cabeza una y otra vez, mientras repetíamos un arigato vacío, que de ninguna manera podría expresar la inmensa gratitud que sentíamos. 

 

 

Tercer consejo: pídale a su anfitrión que tome fotos del recorrido hasta el apartamento y, especialmente, de la fachada del edificio. Es útil pedir puntos de referencia: “queda a una cuadra del 7-Eleven” o “hay que voltear a la derecha por el edificio de karaoke”.

 

 

Por fin podíamos descansar. No habíamos comido, pero ya ni importaba. Solo queríamos dormir. Infortunadamente, una vez en el apartamento -que era más bien un cuarto-, nos preguntamos si seríamos capaces de conciliar el sueño con ese frío que nos penetraba los huesos. Quisimos prender la calefacción, pero el aparato solo tenía símbolos irreconocibles. Ya con Internet le escribimos a Mari (la dueña del lugar), con la esperanza de que respondiera a la medianoche. Diez minutos después, un enviado especial tocó nuestra puerta, hizo la venía, se quitó los zapatos, prendió la máquina indescifrable y nos pasó dos botellitas de plástico con té caliente, recién salidas del dispensador. Nos salvó la vida sin pronunciar una palabra. Aunque los japoneses no hablan inglés, el idioma no es una barrera para enamorarse de ellos. Lo mejor de ese país tan diferente del nuestro, es su gente, cuya existencia se sostiene sobre la base del respeto, la paciencia y la armonía.

 

 

Cuarto consejo: antes de viajar, propóngale a su anfitrión que le mande fotos de los implementos tecnológicos con las instrucciones de manejo en inglés. Incluso las del inodoro; muchos se activan con botones y tienen funcionalidades que no se puede perder, como sentarse sobre una taza calientica en esos fríos días de invierno.  

 

 

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Prepárese para embarrarla con la comida. En los maravillosos mercados callejeros se sentirá tentado a experimentar con nuevos sabores, sin embargo, será casi imposible que alguien le explique qué es lo que va a probar. ¡Pero atrévase!

 

 

Unos consejos más:

 

- Busque apartamentos que le ofrezcan wifi de bolsillo. Es muy común en Japón y le permitirá salir armado con los mapas de Google en esa ciudad en la que no son muy útiles los de papel.

 

- Descargue aplicaciones que escanean imágenes en japonés y las traducen al inglés. No son ni un 50% efectivas, pero sirven para tener una idea de lo que quiere decir una palabra.

 

- Pídale a su anfitrión que le explique cómo funciona el transporte público. Los buses, por ejemplo, tienen un costo dependiendo de dónde se suba y dónde se baje. Así que se pagan a la salida. 

 

- Son muy estrictos con la hora de llegada y salida. Puede guardar la maleta en las estaciones de tren (haga un mapa para encontrarla, las estaciones son inmensos laberintos).

 

 

Fotos: iStock - Natalia Roldán.

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