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Katherin Mateus, la mujer que enamoró al hacker Sepúlveda en la cárcel

Por: 
Carlos Torres
Su historia demuestra las contradicciones del conflicto armado, en el que caben las paradojas y el amor.

El último beso en libertad fue el 5 de mayo del 2014. Ese día, hombres del CTI y de la Fiscalía se llevaban a Andrés Sepúlveda de la oficina donde hackeaba el proceso de paz. Encima de una camisa blanca y de sus 130 kilos de peso tenía puesto un chaleco antibalas. Su cabeza pelada resaltaba en medio de un puñado de gorras institucionales. La escolta le indicaba el camino de salida, a ritmo cansino. Antes de atravesar la puerta, el hacker se salió del guion y se fue al rincón en donde estaba Katherin Mateus, su compañera de oficina. Se acercó lento y le dio un beso en la frente que a ella le supo a poco. Fingiendo optimismo le dijo que todo iba a estar bien, como quien le dice una mentira a un chiquillo. Con él salieron incautadas torres de computadores, portátiles, documentos, memorias USB. Era un trasteo muy bien organizado. Katherine vio a Andrés partir con la amarga sensación de volverlo a ver pronto, pero en televisión, idéntico a como se fue, esposado, protegido con el chaleco antibalas, la cara adusta, vestido de camisa blanca, saco negro y botas Dr. Martens.  

 

Era la 1:00 a.m. del 6 de mayo y en adelante las cosas no volverían a ser iguales. Katherine se quedó en la oficina como testigo del allanamiento, en donde vio a las autoridades echar mano a lo que consideraban susceptible de investigar. Hasta las 8:00 a.m., tras firmar un acta, pudo marcharse. Le resultó intolerable escuchar noticias en el radio del taxi.  Seguramente los periodistas estarían hablando del peligroso hombre que pretendía tumbar la paz. 

 

Al borde de su conmoción había una idea clara: a Andrés no lo vería más. Andrés, el señor que la había entrevistado en enero para trabajar en la campaña presidencial de Óscar Iván Zuluaga. Andrés, el encargado de seguridad informática del Centro Democrático. Andrés, el idealista de derecha, el elocuente de saco y camisa manga larga, adicto al trabajo, capaz de robarle horas al sueño con tal de seguir en su escritorio, frente a una computadora.   

 

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Foto: David Schwarz.

 

En veinte días se llevarían a cabo las elecciones presidenciales. A Andrés, que trabajaba a contrarreloj para una oposición hambrienta de escándalos, se lo habían llevado detenido en un carro del CTI. Katherine sentía una impotencia que ojalá pudiera extraer como a un tumor. Se encontraba en el contexto más adverso para estar enamorada. De saber que le iban a arrancar a Andrés de un imprevisible manotazo, le habría contado todo, se hubiera arriesgado a pasar la vergüenza de confesarle su amor. 

 

El hacker convivía con la actriz Lina Luna. Esa relación era lo que menos le importaba a Katherin. Para ella estaba rota, tenía la certeza de que sólo los unía un hijo pequeño. De lo contrario no se habría metido con él durante cuatro meses. “Yo me embobaba escuchándolo hablar, porque es un estratega, con una rapidez mental brillante. Andrés es de los hombres que hace ver las cosas fáciles, no tenía problema en trabajar tres días sin dormir. Nos gustamos mutuamente, cada uno se enamoró de la pilera del otro”, confiesa. Compartían oficina, ideología y disfrutaban trabajar para Óscar Iván Zuluaga, el mismo que prometía anular los diálogos en La Habana, entre el Gobierno y la guerrilla de las FARC, si ganaba la presidencia.

 

 
Reencuentro en televisión 

Andrés Sepúlveda es el primer hacker mediático en la historia de Colombia. El clima electoral, sus declaraciones en contra del proceso de paz y de sus propios jefes hicieron de él una figura con presencia permanente en periódicos, redes sociales y noticieros. Sus gestos imperturbables se convirtieron en su sello. 

 

A las dudas sobre quién lo había contratado y a los rumores de un supuesto plan para asesinarlo en prisión se sumó la presencia de la actriz Lina Luna en las diligencias judiciales en la Fiscalía, en ocasiones agarrada de su brazo. Los veían juntos. Parecía que se acompañaban en la tragedia de ser señalados por un país al que le costaba entender que alguien infiltrara los diálogos de La Habana. Sus nombres alimentaron el pulso preelectoral del Gobierno y la oposición. Él, el hacker, quería poner patas arriba la mesa de los acuerdos de paz; ella, la actriz de televisión, hermana de Carolina Sabino, volvía a sobresalir en los medios como pareja del preso más famoso.   

 

Katherin se sintió traicionada al verlos.  Su tristeza se multiplicó al día siguiente de la captura. Encontró fotos en Twitter y Facebook de la relación que creía terminada. “Fue humillante cuando ella salió en los medios, aunque Andrés no tuviera algo formal conmigo… me sentía engañada, entendía que entre ellos había un hijo, pero de ahí a que figuraran como esposos… Por no decirme la verdad, consideré que Andrés era un cobarde”, recuerda la santandereana de 27 años. “Pero en el fondo había algo que no me cuadraba. Era evidente que ellos no se querían, aunque salieran en los medios”. 

 

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Los fines de semana son las visitas conyugales en La Picota. Para tener privacidad, Sepúlveda recibe a su prometida en una carpa que levanta y sostiene con cuerdas. Adentro charlan, almuerzan y duermen. 

 

Por haber trabajado en la oficina del hacker Sepúlveda, Katherine fue citada dos veces a indagatoria. Odió ir a la Fiscalía. En el interrogatorio inicial supo que, mientras estuvo con Andrés, las autoridades los habían estado vigilando. Tenían fotos y testigos que los señalaban como amantes. A los ocho meses, cuando creía que por fin lo estaba olvidando, la volvieron a citar. 

 

Teléfono apagado

Luis Carlos Sepúlveda, el hermano de Andrés, siguió en contacto con Katherin Mateus. Tenían amigos en común, a veces se veían. Casi un año después del arresto las cosas parecían en su lugar. En marzo del 2015, Luis Carlos le dijo a Katherin que se preparara para recibir una llamada inesperada. Katherin recibió desconfiada el recado. No creía que Andrés Sepúlveda se fuera a comunicar, menos desde la cárcel. Para entonces él ya no estaba en el búnker de la Fiscalía; por tratarse de un recluso en peligro, lo habían trasladado a las instalaciones del antiguo DAS. De ahí el hacker realizó la primera llamada. El celular de Katherin estaba apagado. 

 

“Me dieron muchos nervios cuando supe que las llamadas perdidas eran suyas. Cuando se comunicó de nuevo, le contesté. Yo me regué en palabras de aliento, le di ánimos, también le deseé lo mejor para su familia. Andrés me dijo que no fuera tan rápido, que no tenía afán, que la comunicación todavía no se iba a cortar”, explica Katherin. El que ha hablado con un preso por teléfono sabe el valor de cada segundo. Sepúlveda había pensado bien las palabras que le iba a decir. “¿Puedo seguir llamándote?”, le preguntó al final. Katherin le dio el sí, incrédula de lo que estaba viviendo. Nunca imaginó que iban a cruzarse. Aquel marzo se vieron por Skype; empezaron la charlar a las 11:00 p.m. y finalizaron a las 5:00 a.m. El hacker había perdido peso, ya no era el de 130 kilos que se despidió con un beso en la frente, ni el hombre desafiante que mostraban los noticieros. Su cara era la de alguien que esperaba resignado la condena, delante de una pared blanca más propia de una casa desocupada que de una cárcel.

 

La comunicación pronto redujo la distancia+. A los papás de Katherin les dio curiosidad ver a su hija esperando llamadas en el teléfono fijo. Era raro  que se quedara encerrada en su habitación hablando durante horas por Skype, si normalmente no lo hacía.  En cuestión de días, las trasnochadas se convirtieron en madrugadas, porque  las visitas a la cárcel son a la luz del día. 

 

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La comunicadora Katherin Mateus se arrepiente de haber trabajado en la campaña presidencial de Óscar Iván Zuluaga. Hoy apoya los acuerdos de paz de La Habana, que posiblemente acelerarán la salida de prisión de su novio Andrés Sepúlveda.

 

La peor opción

“Por teléfono, yo le reclamé que no me hubiera llamado antes. Andrés me preguntó si estaba saliendo con alguien. Entre reclamo y reclamo empezamos a hablar de los dos, de lo que habíamos vivido, de su relación terminada con Lina. Tan rápido se dieron las cosas, que me quitó el miedo de ir a la cárcel. Me pidió que lo fuera a visitar. Entré temblando a las antiguas oficinas del DAS, en Paloquemao”, anota Katherin.  El hacker Sepúlveda estaba recluido en un lugar que podría ser un discreto apartaestudio. Tenía acceso limitado a un computador con Internet, monitoreado por la Fiscalía, en el que empezó a desarrollar parte de un programa con el que podía detectar pedófilos, terroristas y narcotraficantes en la red, útil para la Policía. Sus condiciones eran más que aceptables, no como Katherin se las imaginaba. “A la tercera visita me besó en la boca. Yo le advertí que no nos fuéramos a enredar, que para tener un cuento con alguien, mejor lo tenía con un hombre que pudiera ir a cine, que estuviera libre. Yo estaba muy sola, los pretendientes míos daban lástima. Andrés no, todavía me movía el piso. Por algo iba a verlo.  Él me dijo que nos diéramos una oportunidad,aunque reconocía que de todas las opciones, él era la peor. Me pidió que lo dejara  amarme y prometió no lastimarme. Ahí arrancó nuestra historia otra vez, casi desde cero”.

 

Al principio Katherin ocultó a sus padres las visitas a la cárcel. Su papá le tenía prohibido acercarse a él. Cuando las mentiras no alcanzaron para justificar su ausencia los sábados, ella se armó de razones para defenderse. Les explicó que Andrés no había robado un banco ni había matado a alguien, que había sido muy buen amigo en la campaña de Zuluaga y necesitaba compañía. “Fue difícil hacerles entender, duré meses hablándoles para que comprendieran mi situación. Desde esos días, mis papás me vienen preguntando ¿cuándo va a salir? Llevo dos años diciéndoles que ya casi, que es cuestión de paciencia”. 

 

El 10 de abril del 2015, un juez condenó al hacker a 10 años de prisión. Al día siguiente, Katherin y Andrés oficializaron su noviazgo.  

 

Picaleña es un infierno

Lo más amargo de la relación no fue acostumbrarse a la idea de tener a la pareja 10 años encerrada. Lo más amargo fue el traslado a la cárcel de Picaleña, en Ibagué, en donde las visitas son una vez cada dos semanas y el calor es implacable con el aire, la comida, el agua, la consciencia. El cambio de prisión sucedió a principios del 2016, después de la entrevista que Sepúlveda concedió al portal Bloomberg, en el que confesó su injerencia en la campaña presidencial de Peña Nieto, en México, y de otros políticos en Nicaragua y Salvador, además de volver a señalar con nombre y apellido a los involucrados en el boicot a los diálogos de paz. 

 

En Picaleña, al hacker le servían la comida vencida, había días en que no tenía quién se la probara. Por la boca puede morir el pez amenazado. Empezó a perder peso y sufrió una infección estomacal por la mala calidad del agua. Las malas condiciones agrietaron el noviazgo. Los jueves, día de las visitas, se convirtieron en una tortura. “Nos la pasábamos llorando, iba a descargarme y él me daba la fuerza que tampoco tenía. Era el rato en que nos dábamos aliento, el momento de respirar. Andrés dice que cuando me ve, puede respirar. Para mí, los viajes a Ibagué, a pesar de las terribles dificultades, me daban alivio. Lo veía, lo tocaba, y era muy difícil porque cada vez estaba más flaco y deprimido. Los guardias le hacían la vida imposible, retenían su correspondencia, había días en que no podía llamarme”, dice Katherin.

 

Hoy asevera que la relación no estuvo en peligro mientras resistieron nueve meses en Picaleña. En su  mente queda el día en que no pudieron hablar durante 48 horas.  Temió por la suerte de su novio amenazado de muerte. No soportó la quietud y llamó desesperada a la cárcel. En la Dirección le indicaron, de mala gana, que no sabían nada del hacker, que de pronto estaba en sanidad. En sanidad tampoco había rastros de él, por lo que la derivaron a su patio. El guardia que contestó le respondió con sorna que el hacker estaba bien y le colgó abrupto.

 

Un anillo para la novia

A partir del último noviembre la situación fue otra. Hubo traslados frecuentes a La Picota.  En Bogotá regresaron las visitas semanales. La relación tuvo un segundo aliento. Las visitas conyugales eran un tormento en Picaleña. En la Picota, el cambuche, armado con una carpa sostenida del techo con cuerdas, se asemejaba más a un espacio íntimo y limpio. Adentro, el pasado 18 de febrero, Andrés Sepúlveda preparó una sorpresa. Ese día madrugó a armar el pequeño campamento. Le aplicó ambientador y dispuso lisa la colchoneta, sin una arruga. Los platos con la comida y el piso estaban particularmente impecables. A Katherin le tapó los ojos con una bufanda. Viendo un fondo negro, sentada sobre la colchoneta, recibió un objeto pequeño y circular. Era un anillo con diamantes, símbolo de lo irrompible. Katherin le había hecho prometer que no le pidiera matrimonio en prisión. Sepúlveda no se tragó las ganas y arregló con quien tuviera que arreglar para conseguir el anillo de compromiso. A Katherin se le hizo un nudo en el cuello. 

 

Se quedó esperando la propuesta. Casi no le pregunta. Aceptó llorando. Se le olvidó que tenía la ilusión de que ese instante fuera en un lugar distinto a la cárcel, cuando los dos estuvieran libres, quizás en 7 años y medio, cuando Andrés cumpliera la totalidad de la condena, sin rebajas, o mucho antes, si es acogido por la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP), la columna vertebral de los diálogos de paz de La Habana, que servirá para acelerar la judicialización de guerrilleros, agentes del Estado y civiles que hayan participado en el conflicto armado.  

 

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Un diamante se destaca en el anillo de compromiso que el hacker le entregó dentro de la cárcel. Quieren casarse por fuera de Colombia, una vez él salde las deudas con la justicia.

 

¿Oportunista, cínico o qué?

Los días del hacker en la cárcel se resumen en leer libros, hacer ejercicio, comer tres veces al día, realizar las llamadas telefónicas que le tienen permitidas y esperar a que el tiempo trascurra sin que se sienta. En La Picota está en el patio de narcotraficantes, paramilitares, guerrilleros y asesinos como Rafael Uribe Noguera. Su crimen es distinto al de cualquiera de ellos, por eso el tramo del día que más disfruta es la soledad de su celda, cuando puede encerrarse en sus propios pensamientos, sin hablar con nadie. 

 

¿Cómo es posible que él, que intentó tumbar el proceso de paz, se vaya a beneficiar de la JEP para salir antes de lo previsto? Andrés Sepúlveda responde que la JEP es una vía directa para estar pronto con su mujer y su familia. Promete que en libertad, lo primero que hará será quitarse la ropa, ponerla en una bolsa y quemarla. Luego caminará por la calle cogido de la mano con su prometida, sin pensar que están en peligro. De sus críticos y de quienes lo amenazan se vengará triunfando, lejos de la política y de Colombia. 

 

Andrés Fernando Sepúlveda 'hacker'  - Condenado a 10 años de prisión/BOGOTA/COLOMBIA/EL ESPECTADOR/CRISTIAN GARAVITO

Foto: Cristian Garavito.
Andrés Sepúlveda fue condenado a 10 años de cárcel por los delitos de violación ilícita de comunicaciones, uso de software malicioso, espionaje, concierto para delinquir y violación de datos personales.

 

 

Fotos: David Schwarz, Cristian Garavito y archivo particular.

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