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'La defensa del dragón', una película paradójica que dice mucho sobre la soledad y el miedo

Por: 
Óscar Garzón
Hace una semana se estrenó en las salas del país y aquí te dejamos antojado para que vayas a verla. ¿Qué esperas?

Duración: 1 hora y 20 minutos
Reparto: Gonzalo de Sagarminaga, Hernán Mendes, Manuel Navarro, Maia Landaburur, Martha Leal, Laura Osma y Santiago Soto.
Director: Natalia Santa
Género: Drama 
Idioma: Español

 

Luego de su estreno mundial en la Quincena de Realizadores del Festival de Cine de Cannes 2017, se presenta en salas del país La defensa del dragón, ópera prima de la directora colombiana Natalia Santa. La película, un retrato pausado y minucioso de tres hombres en la Bogotá actual, resuena por su peculiar modo de encuadrar y observar los universos privados que definen, salvan o condenan a cada uno de sus protagonistas.

 

Samuel (Gonzalo de Sagarminaga), un ajedrecista empedernido; Joaquín (Hernán Mendez, Los colores de la montaña) un relojero solemne anclado en su mundo análogo y el Doctor Cebrián (Manuel Navarro), un homeópata obsesionado con encontrar métodos para ganar en el Casino, componen una triada inquietante (problemática y a la vez fascinante) de hombres que transitan, cada uno a su modo, de la quietud al movimiento. Del temor, a la defensa. Más allá de lo que la película narra, este inquietante debut de Santa resulta especialmente valioso por dos grandes logros: la mirada paciente y terca que ella dispone sobre el mundo de sus personajes y, en consecuencia, los pequeños relatos implícitos que surgen de esa mirada heredada de la fotografía y la pintura. Es, también, un encuentro de paradojas que a simple vista pueden decepcionar, pero que terminan por enriquecer los hechos narrados y a sus personajes dispuestos como piezas de ajedrez. 

 

Paradojas que, por ejemplo, se hacen visibles desde lo que se dice y cómo se dice: los actores de La defensa del Dragón están dirigidos hacia un estilo que prefiere la afectación de las pausas por sobre el naturalismo. En dichas pausas, mediadas por una inexpresividad generalizada al mejor estilo deadpan, se percibe un mundo muerto, carente de ritmo. Pero todo aquello que lo rodea denota una vitalidad extrema: sus mejores planos, recurrentes además, prefieren retratar a sus personajes trabajando siempre con sus manos. Es en estos primerísimos primeros planos de las manos (manos que manipulan un reloj, que mueven una pieza de ajedrez, que dibujan una ilustración o que resuelven un problema matemático) donde Santa parece sugerir la relación vital entre oficio e identidad. (Por oposición, resulta también inquietante que los dos únicos momentos donde las manos no se muestran son en escenas ligadas al erotismo). Y en diálogo directo con estos planos cerrados, Santa, sus directores de Fotografía (Iván Herrera, Nicólas Ordoñez) y su directora de arte (Marcela Gómez), componen el universo de los planos generales donde las manos y sus respectivos oficios (ajedrecista, ludópata, ilustradora y relojero) terminan por dibujar un mundo que sobrepasa las anécdotas truncadas de sus protagonistas. 

 

Como en aquellos documentales de observación donde son los contextos y los actos los que terminan por narrar de manera contundente aquello que es poderoso, vital e implícito, La defensa del dragón es el debut prometedor de una mirada paciente. Es, también, una película paradójica que dice mucho sobre la soledad y el miedo, pero que muestra que todo oficio apasionado es necesariamente vital. Y si es vital, no será nunca ni solitario ni temeroso. 

 

 

 

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Foto: Cortesía.

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