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Ha sido una de las regiones más olvidadas del país. Y, en medio de un proceso de paz, sigue condenada a la guerra. Sin embargo, su gente, siempre resiliente, no pierde las ganas, el coraje y la determinación. Sin descanso, la población trabaja, lucha, sonríe y espera una transformación. 

Santos y Rodrigo Londoño se dan la mano en La Habana y sellan un compromiso por la paz. Chocó ve ese gesto como un símbolo de los cambios que se avecinan. Su población –durante décadas, azotada por la violencia– confía en que, a partir de ese momento, empezará el fin de la guerra, pero parece que el sosiego se desplaza a pie desde Cuba y aún no llega al Pacífico colombiano. 

 

Las Autodefensas Gaitanistas de Colombia (AGC) y el Ejército de Liberación Nacional (ELN) se han expandido por los territorios que antes ocupaban las FARC y han obligado a campesinos, comunidades negras e indígenas a desplazarse o a recurrir a la confinacióncomo forma de supervivencia. Por eso han buscado la atención del Gobierno. Necesitan que los oigan, que los vean, que los salven.

 

Mientras tanto, Chocó resiste. La población se escuda con sonrisas, música y fe. No pierde la esperanza, trabaja, lucha. La magia del Chocó se esconde en su gente, que no se da por vencida. Y en sus paisajes de todos los colores. Esta rica región cuenta con el 30% de las aves de Colombia, con cascadas alucinantes de 100 metros de altura, con ríos que, vistos desde arriba, dibujan formas en la selva, y con aguas cálidas a las que cada año llegan 3.500 ballenas jorobadas a tener sus crías. Existen territorios que incluso han sido declarados patrimonio de la humanidad por la Unesco, como el Parque Natural Nacional Los Katíos. 

 

A los chocoanos y a su región les va muy bien ese poema de la costarricense Shirley Campbell, que en un fragmento declara:

 

“Me niego absolutamente a ser de los que se callan, de los que temen, de los que lloran, porque me acepto rotundamente libre, rotundamente negra, rotundamente hermosa”.

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