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“Las mujeres son las que más sufren en la guerra”: Catalina Gómez

Por: 
Diana Franco
Catalina Gómez, corresponsal de guerra
Vive en Irán hace 10 años. Es la única reportera colombiana en esa región y ha cubierto los conflictos políticos y bélicos de Oriente Medio.

Catalina Gómez no piensa mucho en Colombia. Eso la volvería loca. Extraña Pereira, la ciudad donde creció, la casa de sus padres, la finca de su familia, acostarse en una hamaca y, como buena paisa, comerse una arepa. Sí, ella extraña todo eso, pero sabe también que se encuentra en el lado del mundo donde siempre quiso estar, trabajando en lo que siempre soñó.  

 

Hace 10 años Catalina trazó su destino y lo siguió sin titubear. Comenzó su carrera en la sección internacional de El Tiempo, hizo dos maestrías –una en Relaciones Internacionales y Comunicación, y otra en Creación Literaria–, y fue parte de la sección cultural de la revista Semana. Luego de trabajar allí por tres años, renunció. Ser una periodista de oficina no era lo suyo y decidió irse a Irán a aprender farsi. Allá se quedó. 

 

Pero Irán no se trató de una decisión arbitraria. Desde que era una niña fue una lectora voraz y a través de este hábito cultivó su curiosidad e interés por Oriente Medio. Hoy, es la única reportera colombiana en esa región y ha cubierto los conflictos de Siria, Irak, Gaza, Afganistán, Líbano y Egipto. 

 

Sus historias han sido publicadas por medios como La Vanguardia  y El mundo de España, y Semana y RCN de Colombia. 
 

 

Catalina Gómez

"He encontrado actos de una belleza y de una generosidad en medio de la guerra que uno no se puede imaginar".

 

 

¿Cómo fue su primer día cubriendo la guerra?

Fue en Homs, Siria. Había sucedido la primera gran matanza de ese país, conocida como ‘La masacre de Hula’, donde asesinaron a más de 100 personas. El gobierno decía que los responsables eran los rebeldes y los rebeldes insistieron en que fueron acciones del gobierno. Yo llegué el día siguiente en una Misión de las Naciones Unidas. Allí me encontré de frente con la guerra. Fue raro, en principio no me impactó porque sentía que todo lo que veía era una especie de película, que no era real. Las calles estaban destruidas. Entramos a algunas de las casas y, aunque ya no estaban los cadáveres, había sangre en las cobijas, en las paredes, sesos tirados muy cerca, se escuchaba el cruce de fuego.  

 

¿Cómo es eso de ser corresponsal y mujer en la guerra?

En teoría no hay ningún problema con ser mujer, además hay muchísimas mujeres cubriendo la guerra. La gente te da la bienvenida. Trabajas muy bien, aunque a veces te dicen que no puedes ir al frente de batalla. Es mucho más fácil que lleven a un hombre, pero en general son cosas que se pueden negociar. Para mí lo más difícil de ser mujer es tener que lidiar con el equipo local y mostrarles lo que realmente quieres. 

 

Rodeada de tantos hombres, ¿cómo logra encontrar un espacio de intimidad?

Cuando estás con una fuerza local el espacio para nosotras es mínimo: o no hay mujeres combatiendo o, en el caso de los kurdos, las mujeres están en un espacio y los hombres en otro. Por eso, siempre estoy con hombres en espacios donde no hay duchas para las mujeres o el baño es horroroso. Encontrar ese espacio de intimidad, donde puedas al menos limpiarte con un pañito o cambiarte, ha sido muy difícil. 

 

¿Cree que las mujeres corren más peligro en estos países que los hombres?

Obviamente los hombres corren peligro porque están en el frente de batalla. Los más indefensos siempre serán los niños y por supuesto las mujeres, porque son utilizadas como armas de guerra. Me ha tocado ver a muchas mujeres que han quedado viudas y las familias, con todos los problemas que trae la guerra, no son capaces de protegerlas. Ellas, tarde o temprano, se ven obligadas a ser las segundas esposas, a prostituirse y dejarse hacer un montón de cosas para poder sostener a sus niños. 

 

Entonces, ellas llevan la peor parte…

 

Es común ver en Siria o en Irak que en las familias más humildes hay gente que está casada dos o tres veces. Cuando llega la guerra, el hombre huye con una o dos de sus mujeres y deja abandonadas a las otras con sus hijos. Estas terminan siendo rechazadas por la sociedad, porque no tienen marido ni dinero. Sí, las mujeres son las que más sufren y siento un absoluto respeto por ellas, porque aun con toda esa presión, se las arreglan para seguir en pie y darles de comer a sus hijos. 

 

¿Conoce casos de violencia sexual contra corresponsales mujeres?

Sí.  Por eso hay que tener mucho cuidado en cómo te manejas y con quién te metes. Creo que en Colombia las mujeres desde chiquitas aprendemos a estar atentas y desarrollamos un instinto que nos permite saber en quién confiar y en quién no. Aquí pones en práctica eso porque las circunstancias de la guerra son difíciles. La otra vez un general iraquí me dijo: “Usted está rodeada de 350 hombres que llevan meses peleando, muchos de ellos son humildes, muchos de ellos sin educación. Existe la posibilidad de que en medio de la adrenalina a uno de ellos le dé un arranque y te viole”. 

 

¿Ha llorado durante la guerra?

Creo que he llorado después. Durante la guerra son tan tristes las historias que las personas me cuentan que, si yo me dejo quebrar en ese momento, los quiebro a ellos. Me pasa algo muy raro, yo voy a un lugar, cubro la historia y a pesar de lo desgarrador trato de mantener la moral. Llego a mi casa, armo la nota, la edito y la mando. Hasta ahí me mantengo fuerte. Pero cuando veo en televisión la misma historia en otros canales no lo soporto y me pongo a llorar. 

 

¿Cuáles son las ventajas que tienen las mujeres en la guerra?

Te da acceso al mundo femenino y, si llegas con la actitud adecuada, te permite crear una empatía muy especial con los personajes. Ellos te abren su mundo, su corazón, sus penas. Eso es muy lindo. En el mundo masculino he aprendido que si ellos sienten que una mujer sabe de lo que habla y les pregunta con seguridad, te van a contestar seriamente. Te lo agradecen y te respetan. Ellos valoran mucho que una mujer se enfrente a la guerra. 

 

¿Ha sentido que va a morir en medio del conflicto?

No. Nunca pienso de esa manera tan trágica, porque si lo haces la cabeza no funciona y no reacciona. Y si no sabes cómo actuar, estás perdida.

 

¿Reportan las mujeres de un modo distinto al de los hombres?

Yo creo que el tema político, de estrategia y de batalla como tal, funciona igual. Pero las mujeres tienen una mayor aproximación hacia las historias humanas y tienden a incluirlas más en sus reportajes. Sobre todo, en lo que tiene que ver con las mujeres y los niños. Tratan de no olvidarse del drama humano que hay en todo esto.  Muchas veces, para los hombres (no todos obviamente) el frente de batalla es lo primero. Mientras a muchas mujeres les interesa contar la guerra desde más atrás. 

 

 

Corresponsal-de-guerra

"Durante la guerra son tan tristes las historias que las personas me cuentan que, si yo me dejo quebrar en ese momento, los quiebro a ellos”.

 

 

¿El hecho de ser colombiana influye de alguna manera a la hora de percibir la guerra?

Creo que sí. No soy ni norteamericana ni europea y ellos tienden a ver, con todo respeto, las cosas desde el orden de su propio mundo. Nosotros no. Nosotros aprendimos a vivir en un conflicto. Por otra parte, ser colombiana me ayuda a ver la parte humana de la guerra, a tratar a la gente con empatía, a no juzgar desde mi punto de vista. Además, acá la gente es muy amable cuando se enteran de que soy colombiana. En esta región del mundo quieren mucho a América Latina, nos ven como iguales, porque sienten que tanto Estados Unidos como Europa han ejercido su poder imperialista sobre nosotros.

 

¿Cómo logra adaptarse a la vida cotidiana cada vez que regresa de un cubrimiento?

Mi vida cotidiana es diferente a la de otras periodistas. Yo vuelvo a Irán, acá está mi casa. Muchos regresan a Beirut o a Estambul, que son ciudades como cualquier otra, que tienen restaurantes, pubs y puedes ir y tomarte unas cervezas con los amigos.  Vas y vienes con total libertad y eso te ayuda muchísimo más. Yo llego a Teherán, que es una ciudad también como cualquier otra, pero cada vez que salgo me toca ponerme un velo y cuidarme en la forma de vestir. A veces sencillamente no me siento con los ánimos de hacerlo.

 

Entonces, ¿se queda en casa?

Sí. Llego a mi casa, todavía con la adrenalina a flote y sigo trabajando. Muchas veces pasan tres o cuatro días en los que no salgo. Veo películas, leo y de esa manera me relajo. También me gusta ir a una casita en la montaña que tiene mi esposo muy cerca de acá. Hay veces en las que me siento muy cansada, por eso trato de salir de Irán e irme a España por cuatro o cinco días, solo por despejar mi mente. Si no, sería muy difícil.

 

¿Cuántos velos tiene?

Colecciono pañoletas. Trato de tener de varios colores para verme un poco diferente. Aquí la gente no usa colores, pero yo los extraño y por eso trato de ponerlos en mi vida. En mi casa tengo una silla azul, otra amarilla, otra rosada. 

 

¿Cuándo está agotada, piensa en Colombia?

Sabes, yo no pienso mucho en Colombia porque si no me vuelvo loca. Obviamente me encantaría estar en la casa de mis papás, que viven en el campo, ver el verde de las montañas, acostarme en una hamaca y comerme una arepa, que es lo que más falta me hace por acá. Pero lo que más me hace falta en estos casos son mis amigos de Beirut o Madrid. Eso de salir a comer y tener una vida social, porque acá somos muy pocos los periodistas extranjeros y cada cual vive en su propio mundo. 

 

¿Ser corresponsal de guerra le ha impedido desarrollarse como mujer en un sentido más personal?

Es una pregunta que personalmente existe. Afortunadamente estoy casada desde hace cinco años con un fotógrafo de conflictos y es una persona que entiende mi trabajo. En ese sentido, es una ayuda fundamental. Quizá yo no hubiera podido llegar y soportar todo lo que he soportado si no lo tuviera a él a mi lado. En mi espacio familiar me he sentido respaldada. En lo profesional también estoy satisfecha porque estoy haciendo lo que quiero hacer. 

 

¿Pensó en los hijos?

Yo siempre había tenido claro que no quería tener hijos y no me arrepiento. Creo que ser madre es muy interesante, pero requiere de una vocación que yo no tengo.  Además, no estaría haciendo lo que hago. Seguiría siendo periodista, pero no pondría mi vida en el punto donde la pongo. 

 

¿Quiere regresar a Colombia?

Pienso regresar a Colombia a hacer cada vez más trabajos. En enero estuve haciendo varios reportajes en el Cauca sobre las mujeres en las Farc y es muy interesante ver tu propio conflicto, la realidad de tu país y poderla contar. Es algo que me gustaría hacer más seguido. No sé si volvería a Colombia a vivir como tal, porque a mí me gusta este estado de movimiento, la figura de estar pasando de un país a otro y de una realidad a otra. Por ahora el Oriente Medio es donde voy a vivir. 

 

¿Cómo la ha cambiado la guerra? 

Me ha ayudado a poner en contexto los problemas dentro de un gran drama que vive la mayoría de la humanidad. Me ha enseñado a entender al ser humano y a tratar de ser más generosa, así no pueda ayudarlos con dinero o cosas materiales y lo máximo que esté a mi alcance sea contar sus historias. Aunque incluso a veces uno duda de si eso tenga un verdadero efecto. 

 

¿Puede existir un lado amable de la guerra?

Como quita la humanidad, la guerra despierta también mucha humanidad. Yo he encontrado actos de una belleza y de una generosidad en medio de la guerra que uno no se puede imaginar. Gente que no tiene con que comer y, aun así, te ofrece lo poquito que tiene, que quiere que compartas con ellos, que te ofrece su colchón. 

 

¿Cree en Dios?

Yo creo en Dios, no en el Todopoderoso que nos salva. Si fuera así no existirían tantas matanzas, pero siento que tengo en mi vida un compañero que está a mi lado siempre. No creo en las religiones, sé que mucha gente se siente segura en ellas, pero esa necesidad de imponer el comportamiento de una religión en una sociedad hasta el punto de volverlo una cuestión política es una de las cosas más dañinas que le han pasado a la humanidad. 

 

¿Su mamá sufre por su trabajo?

Sí, sufre mucho y a veces me siento mal. Me ve en televisión, se fija en cómo estoy vestida y luego me dice que salí muy linda, ella prefiere no escuchar lo que digo para no martirizarse. Aun así, nunca me ha dicho que no lo haga o que me devuelva. Al principio la gente le decía "su hija tan loca, irse por allá con esos peligros" y ella respondía "está haciendo lo que quiere y si usted es tan macho vaya y tráigala". 

 

¿Cómo siguió desde Irán el proceso de paz en Colombia?

A mí me cuesta entender, desde la distancia y desde la perspectiva que me ha dado cubrir la guerra, cómo una sociedad no se da la oportunidad de salir de un conflicto. El camino que tiene Colombia es complicado y los periodistas debemos ser más conscientes de que vivimos en un país en posconflicto y en conflicto al mismo tiempo. Tienen que ir y ponerse las botas, si no somos nosotros quienes abrimos los ojos nadie más lo va a hacer.

 

¿La sociedad colombiana está preparada para la paz?

Yo creo que la sociedad rural está preparada para la paz, no sé si la gente en las ciudades lo esté. Veo odio, muchísima división y me preocupa que no estemos preparados para entender a ese otro. Hay muchísimo resentimiento, pero lo que veo es que, además, hay mucha gente alimentando esos odios. 

 

 

Fotos: Archivo Personal. 
 

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