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“Madre soltera no quiero ser. Si mi pareja y yo pasamos el quinquenio juntas, pensaremos en ser mamás”: Claudia López

Por: 
Carlos Torres
Claudia López
Soñó con ser médica, pero la vida se lo impidió. Así que terminó en la política, donde brilla su espíritu firme y transformador.

Las hermanas López Hernández juegan en la azotea de una casa de cuatro pisos. Corretean y brincan. Una es más alta que la otra, pero solo un poco, lo justo para concluir que una es mayor por unos meses. Hay que quedarse un rato viéndolas para encontrar sus rasgos distintivos. Una de ellas se detiene y repite los movimientos de la otra. Son inseparables, las primeras hijas de una profesora de colegio público y un comerciante. En el piso de la azotea hay una claraboya con una teja de plástico. Las hermanas pasan por encima; a veces la rozan con las suelas de sus zapatos. Ahora una de las dos la pisa después de dar un salto y la teja se desfonda y se parte en dos. La López Hernández más pequeña, que tiene 3 años, y no 4, como su hermanita, desaparece por el hueco repentino. Por donde se va descienden los ojos verdes de Claudia, que indefensa y confundida se queda arriba, paralizada. No sabe qué hacer. Llora enmudecida, le salen unas lágrimas que dejan huella. Siente que se le atora la garganta, se forma un nudo que le va a durar toda la vida, porque Martha no sobrevivirá en el hospital.

 

El duelo dura un año. Cada miembro de la familia se las arregla para salir adelante. Claudia se abstrae, deja de hablar, como si le desconectaran las cuerdas vocales. El shock es permanente. Por dentro está destruida y por fuera se siente sola, por más de que sus papás la abriguen. La inseparable Martha ha desaparecido, en su propia casa. Nadie está preparado para la muerte, menos a los 4 años. Dicen que las personas tienen reservada una gran dosis de fuerza, que brota en los momentos difíciles. Una fuerza capaz de  mover a una familia entera. El estado ensimismado de Claudia está amarrado con nudos. Su madre, la profesora María del Carmen, le devuelve la confianza, le enseña a enfrentar el pánico. Debajo de la fuerza de reserva hay un cuero más duro que cualquier tipo de dolor. 

 

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"Con el Movimiento Estudiantil propusimos la Séptima Papeleta, que es el orígen de la Constituyente del 91". 

 

A los 10 años, Claudia y su familia viven en la escuela pública La Granja, en el barrio bogotano de Engativá. Su mundo ya no es una casa sino un lugar con patio, cancha y salones de clase. Sus amigos no son los de la cuadra sino los mismos alumnos de la escuela.  En la cancha de cemento de básquet, que también es de futbolito, aprende a montar patineta y bicicleta. Una vez da el salto de primaria a bachillerato, le toca irse en bus al colegio Policarpa Salavarrieta, en otro punto de la ciudad, muy distante, en el que se va sentada en un butaco al pie del conductor. En el de regreso se hace en una silla de atrás, se queda dormida (es tan menuda que puede arrellanarse en la silla) y la ruta continúa de largo. El chofer la ve por el retrovisor y la despierta. Al bajarse, Claudia va directo a un teléfono público. Saca una cartera con monedas de un peso. Llama a La Granja, cruzando los dedos para que a su mamá la ubiquen rápido. La llamada en cualquier segundo se puede cortar. “¿En dónde estás?”, le pregunta María del Carmen. “No sé”,  responde Claudia. La mamá le dice que pregunte en una tienda, para poder ir a recogerla. La llamada se corta. Claudia sigue al pie de la letra las instrucciones. Averigua y con otro peso marca de nuevo a la escuela.    

 

Una estudiante de biología en los ochenta

 

Cuando se gradúa de bachiller se presenta a la Universidad Nacional. Tres veces hace el examen de admisión. La respuesta de la institución es la misma: “Hay 4.500 aspirantes para 120 cupos. Usted quedó en el 150”.  Tampoco pasa la entrevista en la Universidad del Rosario y se desvanece una beca que le había otorgado el gobierno de Polonia con la caída del Muro de Berlín. En 1989, resignada, Claudia renuncia a estudiar Medicina y opta por una carrera afín. Se matricula en Biología en la Universidad Distrital. Ya vive en un apartamento en Ciudad Bolívar, que su mamá compra con sus ahorros. 

 

En el transcurso de dos meses pintan el piso y las paredes. En la sala de los López Hernández el papá es galanista y la mamá de izquierda. El dirigente liberal Luis Carlos Galán se perfila como una opción de cambio en la presidencia y la Unión Patriótica (UP)como una corriente distinta al bipartidismo. Claudia tiene 16 años y se identifica más con las ideas de su mamá. Pero uno por uno caen asesinados los dirigentes de la UP y del liberalismo, además de fiscales, ministros y líderes sociales. El paramilitarismo y los narcos siembran el terror en el campo y en las ciudades.  Asesinan a Luis Carlos Galán, Jaime Pardo Leal, Bernardo Jaramillo, Carlos Pizarro. La primípara Claudia, estudiante de Biología, es parte del Movimiento Estudiantil que agrupa universidades públicas y privadas. Salen a marchar a las calles contra el crimen organizado. Les duelen las víctimas de la nueva violencia. “¿Estos tipos qué creen? ¡Nos van a imponer su ley!”, arengan los universitarios.

 

En la Universidad Distrital, en la sede del barrio La Macarena, Claudia suele encontrase en los pasillos con un tío, un primo y con su mamá, que estudia una maestría en Educación Primaria y está embarazada de José. Cuando se la encuentra, Claudia la saluda con un abrazo y se le cuelga del cuello, como si no la hubiera visto en semanas. 

 

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“No puedes denunciar la corrupción con voz de nené. No puedes decir ‘Mira, mi vida, por favor no te robes la plata’. Hay que decir ‘¡No seas cretino, no le robes a la gente!’. La mayoría de las personas me conoce por un pequeño espectro de mi vida, que es el que enfocan los medios”.
 

 

Un día, durante una protesta, la policía captura a un amigo suyo.  En respuesta, a la mañana siguiente ella asiste a otra manifestación, en la que un grupo de alumnos piden su liberación. En un aula, María del Carmen ve pasar a unos policías empuñando armas de fuego, en dirección al reclamo. Embarazada abandona la clase y se va a buscar a Claudia. En plena refriega, menudita de pelo negro y largo, la detecta. ¿Qué puede hacer un padre en su situación? María del Carmen lo sabe mejor que cualquiera: la agarra de la oreja y camina hacia el margen de la montonera. Claudia voltea a ver y se encuentra a su madre, con una barriga de siete meses, enorme, que le dice “¿Usted qué hace aquí? Aquí viene a estudiar, no a meterse en problemas”.  A pesar del enfrentamiento con la fuerza pública, sus compañeros aprovechan el papayazo. Se ríen, la nitidez de la imagen  les dura el resto del semestre. Claudia, la revolucionaria, agarrada de la oreja por su mamá embarazada.  

 

En el Movimiento Estudiantil, Claudia conoce a Alejandra Barrios, estudiante de Gobierno y Administración Pública en la Universidad Externado. La conexión es inmediata, es una conexión que puede durar un siglo. Se vuelven amigas. A Barrios le parece raro que Claudia, la que no se aminora para hablar en auditorios llenos de estudiantes, que se caracteriza por ir de frente, estudie Biología. A pesar de su juventud, Claudia tiene madera para liderar, carisma para convencer. “¿Por qué no estudias lo mismo que estudio yo?”, le propone. 

 

El profesor Peñalosa

 

Por una meningitis de su amiga Alejandra, Claudia, que cambia Biología por Gobierno y Administración Pública en el Externado, conoce al profesor Enrique Peñalosa. Alejandra está varios semestres adelante y le pide que la reemplace en la clase de Política Urbana, mientras se recupera. Si Claudia no la ayuda, corre el riesgo de perder la materia. Peñalosa tiene algo que perturba a Claudia. Acepta su conocimiento, toma apuntes y se porta como una alumna frecuente de su cátedra, aunque no le gusta su modo de hablar y su aire altivo. 

 

Al finalizar los reemplazos, vuelve a cruzarse  con Peñalosa en una entrevista de trabajo, en la fundación que él dirige. Es 1993 y el profesor prepara su campaña a la Alcaldía de Bogotá. Necesita  a una persona para un grupo de investigación y a Claudia le urge el puesto para pagar el crédito del Icetex. Ya había sido mesera, recreacionista, bibliotecaria y vendedora de equipos odontológicos. A Peñalosa le gusta su perfil, la acepta. Al final, Claudia le dice sin morderse la lengua “le agradezco mucho esta oportunidad, necesito el trabajo, me cae como anillo al dedo, pero quiero serle muy franca: 'Si las elecciones fueran mañana, yo no votaría por usted'”. El profesor se ríe y le dice "En seis meses usted me cuenta si mi proyecto le parece bien”. 

 

A los seis meses, Claudia está derretida, su concepto sobre Peñalosa ha cambiado. Ahora reconoce que es un hombre bacano y pilo que puede hacerle pulso en la Alcaldía a Antanas Mockus, el otro aspirante.  La derrota en las urnas es grande, pero deja el proyecto con el oxígeno suficiente  para seguir intentando, como efectivamente ocurre en 1997. 

 

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La prueba reina de su trabajo como recreacionista. 

 

En la primera alcaldía de Enrique Peñalosa, con 27 años, Claudia se convierte en la directora de Acción Comunal.  Cuando era estudiante, sus amistades le sugerían que se lanzara al Concejo  y, como funcionaria pública, varios de su círculo de trabajo se lo manifiestan reiteradas veces. Ella lo piensa, de pronto es oportuno dar el salto a la política y renunciar a Acción Comunal. Su maestría y sus ganas de viajar pueden esperar. Se lo comenta a su jefe Peñalosa, quien le dice: “La política siempre va a estar ahí, y usted siempre va a ser una persona influyente, capaz, que tiene mucho liderazgo, pero justamente porque usted va a tener liderazgo, necesita formarse, aprender, conocer el mundo, hablar otro idioma. A usted el Externado le parece lo mejor y es la universidad doscientos del mundo. Vaya afuera y trate de estudiar con los mejores, en otro país. Fórmese. Si quiere destacarse, no cometa ese error de lanzarse al Concejo ahora”. 

 

Con un crédito de Colfuturo, Claudia se va a estudiar inglés en Delaware (Estados Unidos). Se va convencida de poder hacer un posgrado, así le toque aprender la lengua en tiempo récord. 

 

Confesión de hija a madre

 

En ocho meses, Claudia aplica a varias becas. Sueña estudiar Administración Pública y Política Urbana en la Universidad de Columbia, en Nueva York. No tiene cómo pagar los quince mil dólares de la matrícula. De la OEA le responden y del BID también. Las dos becas las usa para cursar los tres años de la maestría. 

 

El día de la graduación su mamá la acompaña. Es un reencuentro especial, en el que aflora una verdad que vale la pena contar. Claudia le confiesa su orientación sexual. María del Carmen lo intuía, desde que su hija era adolescente. Se siente culpable por no haberle consultado antes. “¿Por qué no estuve ahí?”, se cuestiona. Claudia la mira y le dice “Sí, mami, tú estuviste ahí, por eso estamos hablando”. Las confesiones las unen más. Y la distancia, porque, luego de la maestría, Claudia se va a trabajar en un programa de Naciones Unidas, obtenido por concurso. Durante seis años viaja por América Latina, documentando y asesorando gobiernos de ciudades en movilidad y seguridad, desde Chile hasta México. 

 

Claudia López

"Mi sueño era estudiar Medicina. Hice tres exámenes de admisión en la Universidad Nacional y quedé por fuera de los 120 cupos. Después no pasé la entrevista en la Universidad del Rosario. En el 89, mi última carta fue una beca para estudiar en Polonia  y ese año, justo, se cae el Muro de Berlín”.

 

Parapolítica y amenazas

 

En el 2004, Claudia regresa a Bogotá, con un currículum que se ajustaba más al de una académica que al de una funcionaria pública. Era lejana la propuesta de lanzarse al Concejo de Bogotá, que veía muy difícil retomar. Estaba para otras cosas, quizás para dar clases en la universidad. De Revista Semana la contactan para que escriba una columna en su página web. En busca de temas, ve en televisión a los paramilitares en el Congreso de la República, presentados como próceres de la patria por salvar a Colombia del comunismo de las FARC. A Claudia le impactan los congresistas que hablan a favor de ellos. Eleonora Pineda, Rocío Arias, Álvaro Araujo. De 23, apenas Gustavo Petro, Gina Parodi y Rafael Pardo se pronuncian en contra. El tema para la columna estaba servido y no era que Claudia los descubriera. ¡Ellos mismos se exponen en público! Los paramilitares, creados por Pablo Escobar y los hermanos Castaño, recibidos con  aplausos. 

 

En un semestre, Claudia investiga la hoja de vida de cada congresista. La mayoría habían sido elegidos por primera vez, o eran políticos tradicionales, cuyo patrón electoral había cambiado rotundamente. En la Registraduría consulta sus bases de datos, con el fin de determinar el origen de sus votos. Paralelamente, las periodistas Juanita León y María Teresa Ronderos trabajaban por su cuenta en un especial multimedia sobre la expansión paramilitar en Colombia, para Semana.

 

En septiembre del 2005 publican la primera investigación sobre parapolítica. Claudia muestra su faceta más periodística. Se da a conocer en radio, televisión y prensa escrita como una mujer frentera, que señala con nombre y apellido a los políticos apoyados por grupos armados ilegales. Sus denuncias son un susurro al lado del ruido que sale del Congreso, que saca adelante la relección presidencial de Álvaro Uribe. 

 

Lo que arranca como multimedia se convierte en Y refundaron la patria, una investigación profunda en la que participan la Misión de Observación Electoral, La Corporación Arcoiris, Transparencia por Colombia, Congreso Visible y Dejusticia.  

 

Mientras terminan el libro, en el 2010 se disparan las persecuciones por parte del DAS a periodistas, a líderes sociales y a la oposición. Del bloque uribista llueven las denuncias por injuria y calumnia. A Claudia la amenazan y debe irse dos veces del país. Exiliarse no es una opción. Aprovecha para estudiar un doctorado en ciencia política en la Universidad de North Western, en Chicago. En esta ocasión aplica a la beca de la Fundación Fulbright, que cubre dos años y medio de clases y los cuatro años de tesis.

 

Claudia Lopez

 

 

Las balas y el cáncer 

 

En una visita relámpago a Bogotá, Claudia recibe dos noticias que cambian el rumbo de sus próximos cuatro años. La contacta el director de la Unidad Nacional de Protección (UNP). “¿Está en Estados Unidos o en Colombia?”, le pregunta. Claudia predice lo que le va a decir. El director le explica que Kiko Gómez, exgobernador de La Guajira, ficha del partido Cambio Radical en esa región, tiene un plan para asesinarla. La llamada no la alerta tanto como unos exámenes médicos de rutina. A la advertencia de la UNP se suma un tumor en el seno izquierdo. La oncóloga recomienda operación inmediata. “Si no me mata Kiko Gómez, me mata el cáncer”, piensa Claudia. Su fragilidad la lleva a preguntarse ¿qué me falta por hacer? El proceso de paz con las Farc está en marcha y hasta diciembre hay plazo para inscribir la candidatura al Senado y a la Cámara de Representantes. 

 

Su postulación depende de la recomendación de la oncóloga. “Si usted me dice que es muy irresponsable lanzarme, yo no lo hago”, le dice. La médica se queda mirándola antes de explicarle. "Debe someterse a veinte sesiones de radioterapia. Usted es una persona muy joven, con buena salud. Va a salir rápido de esto. Cuando termine la radioterapia, tendrá las defensas por el piso, sentirá que va a morir, y a las dos semanas, en enero, estará bien". 
Desaparecido el cáncer, el 9 de marzo del 2014, con 81.045 votos, Claudia López es elegida senadora del Partido Verde. 

 

Maternidad en la esquina

 

En tres años como senadora, todavía se pregunta ¿qué me falta por hacer? A sus 47 son varias las respuestas. Lo primero que se le viene a la cabeza es ser mamá. Lo planea en serio con su novia Angélica Lozano, representante a la Cámara. Intuye que ella es su compañera ideal para conformar una familia. Sostiene que si superan el quinquenio de relación, dentro de dos años, hará lo posible por cumplir el sueño de ser mamá, así sea Presidenta de la República o esté en otro puesto. 

 

Mientras llega el momento, entre semana, Claudia saca tiempo para jugar squash, subir la montaña con su perro Lucky y montar en bicicleta. Los sábados y domingos va a cine, baila salsa y cuadra planes con su mamá, sus hermanos y sus sobrinos. Considera que si uno se quiere perder en el mundo de poder y ambiciones de la política, tiene que entender que primero va la vida, que es un trabajo que no la puede absorber. 

 

Una vez termine el doctorado, pensará en volver a aplicar a una beca. Seguramente para entonces ya será mamá. 

 

Foto: David Schwarz.

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