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“Mi lucha no está perdida porque estoy viva, sobreviví al ataque machista de mi expareja”: María Isabel Covaleda

Por: 
Carlos Torres
María Isabel Covaleda
Se repuso a la golpiza de su expareja, lo denunció y creó un movimiento que inspira a otras víctimas para que no vuelvan a callar.

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Al consultorio jurídico en el que trabaja María Isabel Covaleda en Lima, Perú, llega el caso de una mujer de 60 años, víctima de violencia doméstica. La abogada colombiana lee que el marido de la denunciante lleva 40 años maltratándola, al punto de agredir a sus propios hijos en el vientre. Ambas fijan una cita. La víctima da más detalles a María Isabel,  le confiesa entre lágrimas que el marido la ha hecho abortar tres veces. Una cosa es leerlo y otra es escucharlo. Es la primera vez que María Isabel siente de cerca la violencia de género. Quiere encargarse de su situación, pero la toma otro abogado porque pronto se terminará la beca de María Isabel.   

 

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Un puñado de amigos se cita en un bar de Bogotá, entre los que está María Isabel. De vacaciones en la capital, la huilense se recupera de una lesión en la pierna derecha. Camina sin muletas, mide cada movimiento. El bar es más para bailar que para quedarse en un asiento. A María Isabel no le importa pasar la noche sentada. Por los rizos que le rozan la cintura, recogidos en una cola, los amigos que van entrando la reconocen. Ocupan una mesa grande. Es una reunión alegre, de reencuentros, en la que abundan fotos tomadas con celular. 

 

Esa noche, una amiga conoce en el bar a Camilo Sanclemente. Lo presenta a la mesa. La mayoría  está bailando, solo unos pocos conservan sus puestos. María Isabel saluda a Camilo y los tres, con la amiga, entablan conversación.  María Isabel y Camilo desarrollan cierta química. El administrador de empresas se muestra  simpático y atento. Se caen bien.  A la salida, se ofrece a llevarla a ella y a los amigos que quedan a sus casas. Camilo ya tiene en su celular el contacto de María Isabel. Imposible determinar con qué nombre lo grabó. María Isabel se despide de él pensando que la contactará pronto. 

 

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Teresa tiene cino años y una madre que figura en todos los episodios de su vida. Su mamá es María Isabel. Viven en una casa en el barrio La Macarena. Son una familia compuesta por dos mujeres. Quienes las han visto entienden que sean parientes, porque son versiones similares, con 33 años de distancia. El mismo pelo, las mismas cejas pobladas y renegridas. Teresa va al jardín, su madre abogada es gestora cultural que trabaja con artistas independientes. Organiza exposiciones,  transforma espacios, crea proyectos para entidades públicas y privadas. Viven tranquilas, los amigos de su madre también son sus amigos. Se ven los fines de semana, comen, juegan. María Covaleda sabe lo que es el día a día sin sus seres queridos. Su padre vive en Neiva y su hermano en Bucaramanga. A ambos procuran verlos a mitad o a final de año, durante las vacaciones. Quizá las semanas serían distintas para los Covaleda si todos estuvieran en una misma ciudad. Jaime, el hermano de María Isabel, está casado. Un día su esposa pasó por Barcelona, España, en donde hace unos años vivía María Isabel. Antes de abordar el avión, ella le preguntó a Jaime “¿Cómo identifico a María Isabel?”, a lo que él le respondió “Cuando la  veas”. En efecto, en el aeropuerto la reconoció de inmediato. La sonrisa. Jaime tiene la sonrisa de su hermana y no al revés. Ella es mayor por año y medio de diferencia. 

 

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Lunes 12 de septiembre de 2016. María Isabel Covaleda prepara el desayuno de Teresa. Sus movimientos son rápidos y fragmentados, va de un lado a otro, organiza, lleva platos, sirve el café.  El día marcha con los afanes de principio de semana. En la casa de las Covaleda está Camilo Sanclemente. Han trascurrido siete meses desde que se conocieron en el bar. Para él algo no anda bien. Le reclama a su novia, María Isabel, por un chat que acaba de encontrar en su celular. En la intimidad de una habitación, Camilo le reclama hablando fuerte, la acusa de infiel, le discute con brusquedad. María Isabel está confundida, le cuesta entender lo que sucede. Por primera vez es consciente de que él la espía. Recuerda que hace tres semanas desaparecieron sin explicación tres mensajes. Mientras lo escucha se pregunta "¿Por qué habla de esa manera?". "¿Por qué está tan descolocado?".  Sospecha que no es otra de sus rabietas infantiles. Hay algo en él que infunde miedo. En cuestión de segundos, Camilo le lanza el celular a la cara. Impacta en su regazo. Detrás de ese golpe viene otro, más fuerte, porque arremete como una fiera contra ella. Su frente es un arma. Vuelve a tirarle a la cabeza. La impacta. María Isabel cae contra una pared, intenta protegerse con las manos. Teresa entra a la habitación y la ve tratando de defenderse.  

 

 

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“Antes de juzgar al otro, cada uno pregúntese qué relación tiene con sus mamás, hermanas, hijas, amigas, novia o esposa”. 

 

Ni ella ni su madre están preparadas para afrontar esa violencia. María Isabel se las arregla para sacarlo de la casa. No sabe explicarse lo sucedido como para explicárselo a una niña de cinco años.  Saca fuerzas para llevar a Teresa al jardín. El resto del día brota la incertidumbre. “Eres una mentirosa. Una embustera. Nos estabas engañando a tu hija y a mí con tus mentiras”, le escribe Camilo por chat, como si hubiera sido María Isabel la que le propinó el cabezazo y los empujones.

 

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En el Teatro Faenza se celebra una fiesta mexicana y María Isabel Covaleda abre los ojos como si saliera de una profundidad. Está aturdida, siente la cara febril, y una sensación que se reparte entre el cerebro y el corazón. Tendida en el suelo, no sabe qué pensar. Se siente en otro planeta. Hay algo más que dolor dentro de su cuerpo. Está sola en un ala del teatro. No hay nadie a la vista. Le duele ver. La realidad le cae de bruces. Piensa en Teresa.  Por fin aparece alguien, un desconocido, que la auxilia.  Crece la noción del dolor físico. Los que se acercan la ayudan a sentarse en una silla. Está al borde de un shock nervioso. Le ofrecen un vaso con agua. Su cara está llena de golpes. Estaba acompañada por Camilo Sanclemente.

 

 

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3.236 miembros tiene el grupo Romper el Silencio en Facebook @maisacovaleda

 

Es la madrugada del 17 de septiembre, sábado.  De repente aparece Sanclemente fumando cigarrillo, fingiendo tranquilidad. “Chiqui, ¿qué te pasó?”, le pregunta como si se la hubiera encontrado después de muchas horas. Agresión es poca palabra para definir lo que le hizo. Fue una golpiza, un intento de homicidio.  ¿Cómo alguien a quien quiere intentó dañarla? ¿Con quién había estado compartiendo su vida? Unos minutos antes lo quería, ahora no. Siente terror por lo que pudo pasar. Y por lo que vivió. Quiere que llamen a la Policía. El médico para después. Un vaso con agua para después.

 

María Isabel se llena de valor, le dice que lo va a denunciar. Lo señala delante de los que empiezan a llegar. A Sanclemente le dura poco la falsa compasión. La Policía se lleva a los dos en un carro a la Unidad de Respuesta Inmediata (URI), de Puente Aranda. Sanclemente sabe que las palabras también son armas. “¿Eres consciente de lo que estás haciendo?”, le pregunta. María Isabel mira al frente, lo evita con la mirada. Lo irá a denunciar en sus propias narices.  Su dolor es su fuerza, su miedo es su valor. Sanclemente intenta disuadirla, pero no lo logra. Juega más sucio de lo que cualquiera pueda jugar. Las palabras medidas las muta en amenazas, y viceversa.  ¿Cómo es posible que las autoridades los hayan montado en el mismo carro? En la URI es igual. María Isabel se mantiene firme, la Policía parece que no la escucha cuando pide que la separen de Sanclemente. A medida que empeoran las cosas, ella se fortalece. Su rostro está apagado, el poder de su mirada está mermado.

 

A las 3:00 a.m. en la URI no hay funcionarios que atiendan su denuncia. María Isabel se siente torturada. Sanclemente no desiste, ella menos. Sigue sin mirarlo. Si una roca se forma en miles de años, ella se forma en unas horas. Para las 4:00 a.m. la situación sigue igual, a las dos, tres  horas, también. Lo que Sanclemente no logra hacer en el presente, lo pretende hacer en el futuro. La única vez que María Isabel lo voltea a ver, él dibuja una amenaza con su boca. Le dice “Esto no se va a quedar así”.  A las 8:00 a.m. finalmente aparece un funcionario de Medicina Legal.  María Isabel denuncia a Camilo Sanclemente. Hace la relación de los hechos sucedidos. El agresor queda detenido. A ella la pasan a recoger los papás de Sanclemente. La mamá es una extensión de su hijo. Ahora es una mujer la que busca disuadirla. María Isabel empieza a entender por qué Camilo es el ser humano que es. ¿Que qué va a decir la gente? Que todo se reducía a una pelea de novios, que los trapos sucios se lavan en casa. Madre y padre se estrellan contra una mujer con convicción.  La dejan en el Hospital San Ignacio.  María Isabel llama a su amiga Lorena Gómez.  Le duele el cuerpo, la cara, el pómulo derecho. Le duele algo dentro del pecho también. Se siente más viva que nunca. 

 

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Lorena Gómez y María Isabel Covaleda se tienen desde la adolescencia. Lorena es la primera persona del círculo cercano en saber del ataque. Es mamá de dos hijos y no puede ir al Hospital San Ignacio, pero llama por teléfono a los amigos en común. A Adriana Bahamón, a Sandra, Jaime y Jorge Muñoz. Juntos forman un escudo humano. La acogen, se reúnen en la casa de Adriana. A Lorena le cuesta creer lo que vivió su amiga. Se ve reflejada en sus golpes y en su tembladera. Una denuncia no es suficiente. Hay algo más para hacer. Esperar a que la denuncia tome su curso no es impunidad, pero se parece. María Isabel Covaleda puede hacer algo más por ella y por el resto de mujeres. La inspira lo que vivió en el carro de los padres de Sanclemente (¿qué historia te vas a inventar?, ¿qué le vas a decir a la gente cuando pregunte qué te pasó?). Inventar una historia y callar no es una opción. Nunca más lo será. Algo de ese silencio que los Sanclemente quisieron venderle se termina de romper en la casa de Adriana Bahamón. 

 

 

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Otra voz como la de María Isabel: El 4 de febrero que pasó, María Paula Larrota se unió a Romper el Silencio para denunciar la golpiza que le propinó su exnovio Carlos Arbeláez, profesor de Sociología en la Universidad. 

 

En redes sociales María Isabel Covaleda denuncia a su agresor con nombre y apellidos, fotos de él y de ella, golpeada. La solidaridad de la gente es inmediata. La indignación es unánime. En el tiempo que la denuncia pública se hace viral, Camilo Sanclemente sale de la cárcel. En el tiempo que él le escribe un chat victimizándose, injuriado, ella se convierte en el símbolo de las mujeres que luchan contra el maltrato. 

 

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El caso es cubierto por la prensa durante la semana del 19 de septiembre. María Isabel Covaleda concede entrevistas a El Espectador, Semana, El Tiempo. En las notas se disparan los comentarios de los lectores, entre los que se encuentran:

 

-“Felicitaciones María Isabel por su valor y dignidad. Hay que golpear a ese individuo con cara de tontazo con todo el rigor de la ley, no hay que tenerle miedo a esos asesinos en potencia y que son únicamente valientes con las mujeres”.

 

- “Desafortunadamente María Isabel es la culpable de lo que le pasó. Si ella se da cuenta de esta conducta de su novio de rabioso, inmaduro, celoso, de ser mal ejemplo para su hija, según dice ella al tercer mes. Tenía que terminar esa relación enfermiza. Su novio era una basura humana”.

 

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En diciembre María Isabel y Teresa se van de viaje a las montañas. La mamá le pide perdón por haberle mentido cuando ella le preguntó por lo que había pasado. “Tuve un accidente, yo después te cuento”, había sido su respuesta. Después de mucho pensarlo, le explica que Camilo Sanclemente le pegó. La niña reconoce que él era muy bravo, que veía cómo la gritaba. María Isabel también le pide perdón por haber sido permisiva, le explica que nadie puede estar bravo con nadie ni mucho menos golpear ni gritar. 

 

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Una mujer en Cali está cansada de las amenazas de su esposo policía. Decide escaparse de donde vive. Encuentra refugio en la casa de un sobrino. Vive escondida, aterrorizada de lo que puede llegar a hacer el hombre si la encuentra. Teme por su vida y la de su sobrino. Por Facebook contacta a María Isabel Covaleda, líder del movimiento Romper el Silencio. Llevan varios días hablando por teléfono. En la capital del Valle la mujer necesita con urgencia dos abogados, uno especialista en civil y otro en derecho penal. Como ella hay muchas otras colombianas que buscan asesoría  o  simplemente desahogar la tragedia que viven en sus casas.   

 

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El 1 de marzo de 2017, en un auditorio del Club El Nogal, María Isabel recuerda a la señora peruana de 60 años. Como fundadora de Romper el silencio, es una de las foristas del Working Women for the World. “Mi historia no comienza el 17 de septiembre, sino mucho antes. Yo viví en Perú hace diez años y ahí trabajé como abogada de un consultorio jurídico, en el que  conocí a una mujer maltratada por su marido que me cambió la vida”, explica. “Irónicamente, la vida me ubicó en el lugar de la clienta el 17 de septiembre del 2016, cuando sufrí una golpiza a manos de mi expareja. Ahora entiendo su dolor”.

 

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María Isabel hoy no pretende cambiar a los demás, pero sí cuestionar. Confiesa que no tuvo dolor de verse al espejo cuando Camilo Sanclemente la golpeó. No se reprocha por cómo la volvió. Vio en sus lesiones las dificultades que viven las mujeres por el hecho de ser mujeres. Sabe que hay que denunciar como ella lo hizo, irse en contra del mundo, de una sociedad que protege la violencia masculina. Sostiene que el suyo es un camino solitario y está impulsada por su propia determinación.   Lo que vivió y vive les pasa todos los días a las colombianas. La manipulación, la violencia psicológica y física, la negligencia  de las autoridades para atender denuncias.

 

¿Quién se iba a imaginar que Camilo Sanclemente iba a atentar contra mí?, se pregunta. Ella no iba a volver con él aquel 17 de septiembre que le cambió la vida. Jamás imaginó que en esa fiesta en el Teatro Faenza iba a terminar en tragedia. Quiere que su experiencia sirva para una reflexión conjunta, que el análisis trascienda los protagonistas de esta historia y entre en el interior de cada mujer y de cada hombre.

 

Le desea a Camilo Sanclemente lo mismo que desea para los colombianos: que ojalá tenga la capacidad de mirarse para adentro, que tome conciencia, reconozca su error y pida perdón. 

 

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Camilo Sanclemente sigue libre, pendiente de la audiencia de imputación de cargos. Tiene una novia que lo defiende cuando la gente en la calle lo señala por golpear brutalmente a María Isabel Covaleda. 

 

 

¿En qué va la denuncia?

 

La agresión que sufrió María Isabel Covaleda por parte de Camilo Sanclemente no se puede considerar violencia intrafamiliar porque no estaban casados ni tenían una unión marital de hecho. En la audiencia de imputación de cargos, la Fiscalía deberá determinar si se investiga por lesiones personales agravadas -por tratarse de un tipo de discriminación contra la mujer-, si se trata de un intento de feminicidio u otro delito. A cinco meses de haber interpuesto la denuncia, todavía no hay fecha para esta instancia. 

 

 

 

Fotos: David Schwarz.

 

Producción General: María Angélica Camacho.

Maquillaje y Peinado : Enrique Trujillo, Trujillo y Borja.

 

Vestuario María Elena Villamil.

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