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¿Qué le falta a la literatura colombiana? y otras respuestas de Evelio Rosero

Por: 
Carlos Torres
Evelio Rosero
El escritor y periodista pasó por nuestra tómbola. Esto nos contó.

La primera vez que el escritor vio a Toño Ciruelo, el protagonista de su última novela, fue en el colegio, allá, en los setenta. Hasta el 2017 decidió compartir la historia de ese monstruo que, por su ego y su malicia, se torna fastidioso de principio a fin. Tanto, que el lector podría abandonar el libro a mitad de camino. 

 

Un pensamiento recurrente al despertarse. 

Otro día más, con su café y cigarrillo.

 

Una palabra que le guste mucho. 

Precipicio.

 

¿A qué sabe la mitad del año? 

A principio y final.

 

¿Qué lo pone a dudar? 

Muchas cosas, sobre todo el capítulo siguiente.

 

Un ritual antes de sentarse a escribir.  

La vela encendida, la jarra de café, cigarrillos, la ruana para el frío y algún licor escondido por ahí.

 

¿Qué se siente al autografiar? 

Tristeza de no lograr algo especial para cada lector.

 

¿Qué información se ha encontrado de usted en Google que lo haya sorprendido? 

Que soy autor de más de sesenta novelas. La afirmación de que mi paso por los colegios religiosos me dejó “un profundo odio por los curas”. Nada más falso, nunca dije eso.

 

¿De qué se arrepiente? 

Del total encierro en algunos momentos de mi vida, cuando debí salir y caminar sin techo ni dirección, ligero de equipaje, al decir del poeta.

 

¿Qué lo hace reír? 

Las películas ingenuas, en blanco y negro, los recuerdos de familia, conversándolos entre familia.

 

Ciruelo, así como puede ser insoportable para el lector, ¿en algún momento lo fue para usted? 

Muchas veces, y creo que más insoportable. Caminaba a mi lado todo el tiempo, desayunaba conmigo. Yo tenía que respirar solo para él. 

 

¿Se ofende si le digo que Toño Ciruelo es su novela más ‘fernandovallejiana’?

No, en absoluto, pero no estoy de acuerdo.

 

¿Cómo se aplasta la complacencia?  

¿Por qué hay que aplastarla? Aclaremos, mejor, qué tipo de complacencia.

 

Si le hiciéramos un TAC a Ciruelo, ¿qué encontraríamos en su cabeza? 

Algo de historia de Colombia.

 

¿Para qué sirve leer literatura? 

Para ser mejores y más humanos. Para matar el horrible tiempo que se vive de vez en cuando. Para charlar con los muertos. Para todo y para nada.

 

Un gusto extraño que sea lo menos parecido a su personalidad. 

Escuchar conversaciones en las cafeterías.

 

¿Qué lo intimida como a un niño? 

La música sublime.

 

Un escritor colombiano que sacaría de la penumbra. 

Todos ya están despenumbrados.

 

Y uno sobrevalorado. 

¿Solo uno?

 

¿Qué le falta a la literatura colombiana? 

Más amor por las palabras.

 

¿Cien años de soledad o Crónica de una muerte anunciada? 

Ambas son formidables.

 

Un cuento para leer todos los años. 

Bartleby, el escribiente, de Melville.

 

Un amor de la adolescencia. 

Clara Amelia, con quien bailé vals, a solas, todo un 24 de diciembre.

 

¿A quiénes no les da explicaciones? 

A los militares y a los religiosos.

 

¿Con quién haría un viaje inolvidable? 

Seguramente con el Papa.

 

Una nación por conocer. 

Malí, por la ciudad de Tombuctú.

 

¿Qué le faltó hacer de joven? 

Aprender otros idiomas.

 

Un talento que le hubiera gustado tener. 

Tocar el piano.

 

¿Para qué el sexo? 

Para nacer. También para morir unos segundos y renacer.  

 

Un vicio que haya dejado. 

El licor en la mañana.

 

Describa una foto que recuerde y que ya no tenga en su poder porque se perdió. 

Es un retrato de familia, en Fontibón, en un descampado, con la carrilera del tren como fondo. Estoy sentado encima de una piedra y, por el gesto, la expresión corporal, no parezco muy contento que digamos, ¿por qué? ¿Qué había ocurrido en esos momentos? Nunca lo recordaré.

 

Su último deseo antes de la pena capital es... 

Que el mundo entero cierre los ojos (y mientras tanto saldré corriendo).

 

Después del punto final ¿qué sigue?

Un vacío que no se lo deseo a nadie.

 

 

Fotos: Daniel Álvarez.

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