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Bernarda Camacho, la mujer que recorre las calles de Bogotá para salvar vidas

Hace parte de los Ángeles Azules, un grupo que recorre al día 19 kilómetros en busca de habitantes de calle.

Por: Laura Dulce Romero

 

La vida se tardó en ser generosa con Bernarda Camacho. A sus 48 años, mira por el espejo retrovisor y recuerda que llegar a la tranquilidad de hoy le tomó tiempo, trabajo, dolor. Que salir de Santa Inés –el barrio de su infancia que se deterioró por ser vecino del entonces Cartucho (la olla más grande del país para la década de los noventa)– parecía un recorrido infinito sin ventanas o puertas de emergencia.

 

Desde muy pequeña, Bernarda vivió en ese lugar que, para entonces, era uno de los barrios más bonitos de Bogotá. En su adolescencia, ese mismo espacio atiborrado de buenos recuerdos fue carcomido por la delincuencia. Dice que fue justo en la época de Pablo Escobar cuando Santa Inés empezó a decaer. Poco a poco, a unas cuantas cuadras, se organizaron cambuches de adictos y el sector se volvió inseguro. Mientras eso sucedía, ella creía en un hombre que le juraba amor eterno y que apenas supo que estaba embarazada, con  15 años, decidió terminar con su relación. 

 

En la primera alcaldía de Enrique Peñalosa, las autoridades desmantelaron el Cartucho y Santa Inés. El Distrito despejó la zona, sacó a los habitantes de calle y les compró a los residentes sus terrenos para darle vida a lo que hoy se conoce como el Parque Tercer Milenio.

 

Bernarda es una mujer reservada y no le gusta escudriñar en su pasado. Pero, poco a poco, cuando toma confianza, bota algunos recuerdos como si fueran migajas: “Cuando eso pasó yo tenía 30 años y cinco hijos. Hace poco nos reunimos y pensamos que si no hubiera sido por eso, seguiríamos ahí en ese hueco. Éramos muy humildes y desde que nos fuimos llegaron las oportunidades. Pero no voy a mentirle, fue doloroso”.           

 

En ese momento ya estaba sola. El papá de los niños, policía, fue asesinado tres años atrás. Así que ella y su tropa se fueron a un edificio donde los ubicó el Distrito junto con otros residentes. Para evitar confrontaciones y traumas, las entidades los acompañaron en el proceso. Talleres, juegos, reuniones. Bernarda participó en todo y fue así como se ganó la confianza de los funcionarios, quienes le propusieron trabajar con ellos. A los pocos días ingresó a lo que hoy se conoce como la Secretaría de Integración Social.

 

Bernarda Camacho - Angel Azul

Solo este año la Secretaría de Integración Social ha atendido a 6.934 habitantes de calle. 

 

Comenzó su labor con familias en su antiguo barrio. Luego la llevaron a trabajar con una población que conocía de lejos, aunque conviviera con ellos todos los días en Santa Inés: los habitantes de calle. Arrancó con temor. La espantaba que pudieran portarse mal con ella, pero rápidamente arrancó los prejuicios para siempre.

 

En el 2001, el Distrito creó el primer refugio para habitantes de calle y su tarea era apoyar la estrategia: “Es un lugar a donde ellos pueden ir a bañarse, comer, tener un acompañamiento psicosocial. Como diríamos nosotros: un espacio donde se restablecen sus derechos”.

 

El trabajo de Bernarda era recibirlos y apoyarlos en estas tareas. Hoy Bogotá cuenta con cinco grandes refugios, a los que asisten 9.000 habitantes de calle, según el último censo realizado en el 2011. En el primer centro aprendió a conocer las particularidades de esta población, su vulnerabilidad y, como pocos en la ciudad, comprendió que detrás de los harapos había historias y dolores que jamás se curaron y que intentan hacerlo en las aceras bogotanas.Bernarda también los escuchaba, los alentaba. Se aprendió sus nombres, sus historias. Comprendió que para ganarse su confianza tenía que tratarlos con respeto. En los centros atendió siete años. En el 2008, su jefe le propuso participar en una labor igual de innovadora, aunque más ardua: ser integrante de Contacto Activo o los Ángeles Azules. 

 

Ángeles en la ciudad

 

Los Ángeles Azules son un grupo de 500 personas: 300 están en los refugios y 200 recorren las aceras, puentes, caños y parques en busca de habitantes de calle que necesitan atención. Su misión es llevarlos hasta los centros y ofrecerles alternativas que los impulsen a dejar el consumo de drogas y comenzar una nueva vida. Son la ayuda humanitaria en medio de un conflicto de bandas de microtráfico. 

 

Al mes, los Ángeles Azules hacen 2.500 recorridos. Al día caminan 19 kilómetros. Y en una mañana pueden acercarse a 300 personas. Están en las calles las 24 horas, los siete días de la semana. La rutina de Bernarda es agotadora, pero ella no lo nota. Casi siempre llega, de acuerdo con su turno, al sector del Voto Nacional, en la localidad de Los Mártires, donde se ubicaba el antiguo Bronx, otra gran olla de Bogotá que fue desmantelada el año pasado. 

 

Empieza el recorrido junto a tres compañeros. En la esquina se encuentran al primer habitante de calle. Se acercan, lo saludan . Tal vez por sus seis hijos, Bernarda tiene un tono más suave, más cercano. Quizá por eso mismo todos la reconocen al instante. Cuando ella se acerca, algunos salen de sus mantas o sus cambuches y le gritan: “¡Hola, Bernardaaa!”, con efusividad, con un cariño que ellos se reservan para quienes por fin los ven. 

 

Dice Raúl Segura, otro ángel, que en la calle Bernarda es respetada por ser una mujer tan entregada al oficio y por conocer el Distrito como los lunares de su cara. Pero sobre todo por tener un poder de convencimiento único. Muy pocos se niegan a ir con ella a los centros. Y si lo hacen, llegan dos horas después. 

 

Los ojos de Bernarda lo han visto todo. Jóvenes, niños, mujeres embarazadas y ancianas que dejaron su vida por el bazuco y el pegante. Recuerda que tuvo que llamar a las hijas de una mujer de 60 años, llamada Nancy, porque ya estaba muy deteriorada por la droga y quería volver a su casa. “Eso fue muy duro, porque sus hijas me respondieron que no la veían como una mamá. Nancy las abandonó muy pequeñas por su adicción. Pero hay que perdonar y no juzgar”. Eso es lo que más le ha enseñado este trabajo: a ponerse en los zapatos del otro.

 

También ha tenido que compartir con extranjeros, quienes, por decenas de razones, terminaron en Colombia, en las calles de Bogotá. Pakistaníes, portugueses, gringos. De cada uno aprendió algunas palabras en sus idiomas y también que la vida está llena de oportunidades que frecuentemente se escapan de las manos. 

 

Pero ella no solo ha visto dolor, también lo ha experimentado. Hace seis años, uno de sus hijos fue asesinado en un atraco. Contiene las lágrimas, aunque insiste en que no hay un dolor más grande que ver morir a un hijo.  Su sufrimiento lo refugió en su trabajo. Y todo ese amor que tenía que darle a su hijo lo fue donando por grandes dosis a sus viejos amigos de la calle. Ellos fueron su consuelo y su pañuelo. Hasta le prometieron averiguar sobre el responsable, pero ella, aplicando lo que siempre predica, prefirió dejar el caso en manos de las autoridades y perdonar. 

 

Solo este año, la Secretaría de Integración Social ha atendido a 6.934 personas. La cifra, que va en aumento –afirma María Consuelo Araujo, secretaria de Integración Social–, se debe a la labor de los Ángeles Azules, que fueron bautizados así por los mismos habitantes de calle.

 

Bernarda asegura que seguirá en este trabajo “hasta que el Distrito se lo permita”. Dice que no sabe hacer nada más, pero en el fondo la razón real se intuye: no quiere dedicarse a otra cosa. A la calle le debe su trabajo y a quienes la habitan las ganas de pararse de su cama. Tiene claro que como ángel seguirá transmitiendo un mensaje que, aunque se aleja de lo divino, salva a más de uno: “Siempre hay otra oportunidad y una mano dispuesta a ayudar. Solo hay que intentar”.

 

Fotos: Cristian Garavito.

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