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Selva Almada, la escritora que retrató el feminicidio en Argentina en la obra Chicas Muertas

Por: 
Carlos Torres
Entrevistamos a la autora que reconstruyó tres asesinatos cometidos en la década del ochenta.

Tendrían casi su misma edad si nos las hubieran matado por el hecho de ser mujeres. A los 13 años, Selva Almada supo de la primera. Un domingo de hace tres décadas escuchó su caso en la radio. Lo recuerda porque ese día su papá estaba preparando la carne para el asado. Se trataría de un asado como cualquiera, de deliciosa carne y vino enfriado con hielo, de no ser porque a una muchacha la asesinaron mientras dormía, durante la madrugada, en su propia cama. Ningún adolescente se imagina encontrarse con la muerte en su habitación, menos en una provincia, donde la vida tiene la cadencia de los árboles que crecen en el campo. Sucedió un 16 de noviembre de 1986, en San José, provincia de Entre Ríos, Argentina, a 20 kilómetros de la casa de los Almada. El caso de la joven, mencionado por un locutor de radio, quedó vibrando en la memoria de la adolescente Selva. Una onda incómoda, desagradable, que tiene la incertidumbre de una enfermedad rara. 

 

Armar un rompecabezas

 

En los días posteriores a aquel 16 de noviembre salieron a la luz más detalles de la muerte. Se llamaba Andrea Danne, “tenía 19 años, era rubia, linda, de ojos claros, estaba de novia y estudiaba Profesorado de Psicología. La asesinaron de una puñalada en el corazón”. Esto último no lo escuchó Selva en la radio. Lo investigó y lo plasmó en Chicas muertas, una novela de no ficción, escrita sin la crudeza de la crónica roja, pero con el aire oscuro de lo que se niega a desaparecer. “Venía de escribir ficción y mi contacto con el periodismo era nulo. Chicas muertas fue un verdadero desafío, porque quería darle un enfoque diferente. Pensé que el libro podía ir por el lado de lo policial, pero me di cuenta de que lo policial era un fragmento pequeño de una situación social grande y feroz”, explica la autora de El viento que arrasa (2012) y Ladrilleros (2013).

 

La situación social a la que se refiere se condensa en la figura del feminicidio, la palabra que mejor define el caso que ella escuchó en su juventud. Al igual que a Andrea Danne, en los ochentas, a María Luisa Quevedo la asesinaron a sangre fría. Violada y estrangulada, su cuerpo apareció en un lote baldío  en los alrededores de la ciudad Roque Sáenz Peña, norte de Argentina. “La idea inicial era escribir sobre Andrea, porque era el caso que yo conocía. Luego encontré un diario en donde mencionaban el caso de María Luisa. Al leerlo inmediatamente los relaciono: Andrea y María Luisa, dos chicas pobres de pueblo, crímenes que no fueron mediáticos y se quedaron sin resolver”, dice Selva.

 

En ocasiones los rompecabezas se arman solos. La historia que completa el tridente de Chicas muertas también tiene nombre y apellido, una edad, una madre, una hermana y unos ojos que percibieron el fin. La última vez que vieron viva a Sarita Mundín, ella abordaba el carro de su amante Dady Olivero, un hombre casado. “Vestida con una pollera larga, una remerita y unas ojotas. Arreglada o no, Sarita era una mujer hermosa: delgada, con el cabello castaño, cortado en una melenita ondulada, el cutis pálido, los ojos verdes”, en palabras de Selva. Su cuerpo fue hallado en 1988, un año después de su desaparición, en el río Tcalamochita. Años más tarde, no obstante, descubrieron que la osamenta era de alguien más. En Medicina Legal confundieron el cadáver porque el odontólogo de Sarita aseguró que la dentadura correspondía a la de su paciente. Las pruebas de ADN no existían ni servirían para aclarar su crimen, que continúa impune. Una vez se supo que no era ella, se rumoró que Sarita terminó en España, donde supuestamente se dedicó a la prostitución. 

 

Viajar en el tiempo

 

“Nunca había hecho trabajo de campo, estaba acostumbrada a escribir sobre lo que conozco o imagino, pues soy bastante haragana. Para este libro me gustó entrevistar, hacer seguimiento al archivo de los diarios, ver cómo se trataba el feminicidio hace treinta años en Argentina”, dice Selva. Gracias a una beca del Fondo Nacional de las Artes, viajó por la Argentina profunda tras la pista de cada siniestro. Lo que la prensa redujo a crímenes pasionales y aislados, Selva lo reconstruyó hablando con familiares y conocidos, hurgando en los archivos de los diarios y en su pasado de mujer entrerriana. “En mi vida un momento fundacional fue cuando mi padre le dio una cachetada a mi madre y ella en respuesta le clavó un tenedor en el brazo. En esa anécdota hay un mensaje claro: “un hombre no te puede pegar ni porque sea tu marido, tu novio, tu jefe, ni porque sea nadie”, recuerda.  

 

En la tarea de reconstrucción fue imposible hablar con la familia de Andrea. Su madre y su hermana decidieron no participar en el libro. Hasta el último momento Selva intentó convencerlas. En cambio hablaron su novio Eduardo, la suegra y su médico. En sus testimonios, como en el caso de los parientes de María Luisa Quevedo y Sarita Mundín, se intuyen los culpables, que para la justician no pasaron de la lista de sospechosos. Hacían parte de la comunidad, tenían sus nombres y apellidos, vivos, masculinos. “Es alucinante saber que esos asesinos siguieron conviviendo con las familias de las víctimas. ¿Cómo un hombre que es tu vecino o tu padre, puede matar a una mujer y seguir con su vida, como si nada hubiera sucedido?”, se pregunta Selva.

 

Cuando Selva vio publicada la investigación sintió un alivio secreto, indescriptible, que se transporta en el tiempo hasta el domingo en que escuchó la noticia del asesinato de Andrea Danne. “Lo sentí como la única reparación que yo podía darles. Cuando fui a los lugares a contactar a gente que las hubiera conocido, supe que ellas se estaban evaporando de la memoria de sus comunidades. ¿Cómo  pueden desaparecer estos crímenes tan brutales? Era una injusticia más para estas tres mujeres. Al menos en estas páginas quedan atrapada sus memorias”. 
 

***

¿Qué es un feminicidio?

“Es una muerte violenta causada a la mujer por el hecho de ser mujer. Se caracteriza cuando hay crímenes violentos y patrones claramente establecidos, como más lesiones de las necesarias para causarle la muerte a la mujer. En el feminicidio se combinan diferentes mecanismos de lesión, como el uso de armas cortantes, de tipo contundente y mecanismos asfícticos.  Hay un patrón de desfeminización, un ataque a lo femenino”, explica el médico Jairo Vivas Díaz, coordinador del Grupo Nacional de Patología del Instituto de Medicina Legal.

 

selva

2016
Chicas muertas
$39.000

 

Fotos: Pablo Cruz/Vale Fiorini

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