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“Ser papá lo despoja a uno de su ego”, Daniel Samper Ospina

Daniel Samper Ospina
Antes de tener a sus dos hijas, se sentía indestructible. Guadalupe y Paloma son su talón de Aquiles.

Por: Natalia Roldán Rueda. 

 

Daniel se siente torpe como papá. Considera que comete muchos errores y acepta que no se las sabe todas. Aunque es consciente de que cualquier obstáculo se puede resolver a punta de sentido común, lo pierde con facilidad en el día a día, en medio de las acrobacias que asume para tratar de encontrar un equilibrio entre ser demasiado permisivo o demasiado regañón. Es impaciente y hasta neurótico, así que le cuesta acostumbrarse a la idea de que su esposa invite 27 amigas de sus hijas a que se queden a dormir en la casa. Pero cuando cuenta de sus juegos, de los momentos que reserva solo para ellas y de la felicidad que le producen, uno intuye que exagera. Es modesto, quizá. O inseguro. De sus palabras al describirse como padre, tal vez las que más se acercan a la realidad son las que aseguran que él no tiene una receta para la disciplina: “El castigo en mi casa es un cuento –explica–. Como único hombre entre tres mujeres, yo trato de que no me castiguen tanto”. 

 

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Su primera hija, Guadalupe, nació cuando él tenía 30 años. Paloma llegó 15 meses después. Una detrás de la otra. Daniel achica los ojos cuando piensa en los embarazos y reflexiona largo, como tratando de pescar recuerdos que andan perdidos en el fondo de su memoria. No, definitivamente no tiene muy claro cómo fueron esas dos tandas de nueves meses. Tal vez el olvido, en este caso, es instinto de supervivencia: no debieron ser días fáciles esos en los que dos bebés llegaron de un totazo. “Fue difícil, especialmente para Claudia, mi esposa, pero a la larga es mejor. No hay que aguantarse Backyardigans dos veces. Ni hacer turnos para ver primero I Carly y después Baby Einstein”.

 

caballito

 

Llegaron como un tornado y fueron niñas. Para algunos, tanta feminidad puede ser intimidante, para Daniel fue un gran negocio: “Son muy cariñosas conmigo. De la nada, van y me dan un beso porque sí. Yo me siento muy afortunado de tener solo mujeres”. En eso influye que nunca las haya visto como muñecas de porcelana que se pueden romper. Él creció con su mamá y dos hermanas, así que no relaciona el género femenino con la debilidad, ni le da angustia pensar en cómo se van adefender Guadalupe y Paloma. “Me preocupa tanto que caigan en manos de un hampón, como me preocuparía que un hijo cayera en manos de una hampona”. Lo que realmente le afana es que le toque un yerno hincha de millos, perteneciente a las juventudes del partido conservador. “¡Imagínate la zozobra tan horrible! Que me llegue con un par de tirantas de regalo… Si aparece un muchacho de esa naturaleza, ya miraremos hacia qué país emigrar”. 

 

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La peor parte de ser papá es ver riesgos en todas partes. El miedo de que les pase algo. La angustia de que dependan de ti. La tensión de que ocurra lo peor y ya no estés ahí para ellas. Daniel le ha dado muchas vueltas a estas ideas, se nota. Sabe la responsabilidad que lleva entre las manos. Por eso, confiesa que antes se sentía invencible y ahora le teme a la muerte. “Sin hijos nada es trascendental, cuando ellos nacen la vida adquiere una dimensión existencial que antes no tenía. Esa es una de las cosas más complicadas de la paternidad. Eso, y la pérdida del control remoto, que también es muy dolorosa. Cuando Lupe tenía 2 años era obsesiva con Shrek, la vi unas 700 veces”. 

 

GOLOSA

 

Todavía están chiquitas y Daniel sabe que ahora puede venir lo más complejo. Le preocupan las redes sociales, a las que ellas aún no pertenecen. Quiere protegerlas del narcisismo, de la pérdida de la privacidad, del matoneo. Pero espera no recluirlas, ni coartar su libertad o anular su capacidad crítica para escoger el camino correcto. Quedarse en el punto medio es difícil.  Desde ya se entrena para estar alerta y tenerlas en la mira, pero no perder la cabeza. No quiere caer en la paranoia de los papás de hoy, no pretende sucumbir a la angustia de considerar que todo es matoneo. “A mí me la montaban en el colegio, claro. Y todos sabemos que los que se hacían en la parte de atrás del bus estaban en la cima de la jerarquía, pero yo no me sentí matoneado nunca.  Hay que diferenciar entre las burlas, el humor y el matoneo. Hay matices y la clave está en fijarse, no tanto en qué es lo que se dice, sino cómo se dice”. 

 

Ser papá implica miedo y sacrificio, pero todo eso que angustia y agota parece ligero frente al peso de la felicidad que traen los hijos. “Los momentos felices son muy felices –asegura Daniel–. Además, la paternidad lo despoja a uno de su ego. Lo importante ya no es uno y eso es una maravilla”. Guadalupe y Paloma, por su parte, le entregan la sabiduría de la niñez. “La gran tragedia de uno como papá es darse cuenta, gracias a los hijos, de que se contaminó de adultez, de que la vida adulta desalojó a la buena persona que en un momento dado uno fue cuando era niño. Las niñas me ayudan a recordar esa tabla de valores de la infancia que en últimas es la única importante, la verdadera tabla de valores que debería regir el mundo”. 
 

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A Daniel solo le hizo falta un hijo para que lo acompañara en su fiebre futbolística. “Tengo amigos que lograron aficionar sus hijas a Santa Fe y hasta saben quién es Ómar Pérez, pero ese no es mi caso. Yo nunca lo logré”. Por lo tanto, comparten otros espacios. Al periodista le toca cambiar de pasión deportiva y pasarse a la gimnasia olímpica. Ellas hacen piruetas y él es su entrenador. A veces es ruso y bravo. Eso les encanta. Les gusta que sea estricto. En otras ocasiones llega el instructor italiano, que es muy cariñoso, pero las mata de la aburrición. 

 

Por medio de esos juegos Daniel y su esposa las preparan para enfrentarse al mundo.  Saben que la sociedad aún es machista y reconocen que la mujer todavía está encasillada en ciertos estereotipos que la limitan y tienen el potencial de hacerle daño; sin embargo, tratan de alejarse de la dictadura de la corrección política. “Yo creo que Frida Kahlo no se preguntaba cómo combatir el machismo, no estaba pensando en esas categorías, ella solo era ella. No hay nadie que sea más libre ni más brillante que mi esposa y nadie tan alejado del discurso feminista. Ella ejerce el feminismo con una fuerza vital fundamental, ella no se deja y punto, y eso lo impregna en sus hijas sin necesidad de verbalizarlo ni tomarlo de una manera solemne. Solo buscamos, inconscientemente, que las niñas no le tengan miedo a la vida”. 

 

SALTO

 

La crianza de Guadalupe y Paloma se sostiene sobre las herramientas que les dan para que ellas puedan resolver los dilemas y los problemas que se encuentren en el camino. No pretenden decirles cómo deben actuar ni qué deben pensar. “Yo trato de que no sean solemnes, esa es una de las herramientas. La solemnidad es una manera de ponerse vendas en los ojos. El nacionalismo es solemne, por ejemplo, y empuja a abismos horrorosos, como el de Hitler. Yo espero que ellas no se dejen poner vendas, que entrenen la capacidad de la duda con picardía, que observen de soslayo lo que otros toman como verdad. Y detrás de esa ausencia de solemnidad está la autenticidad, otro valor que nos interesa inculcarles, ser lo que uno es sin ningún tipo de remordimientos, sin tener que encajar en ningún molde”.

 

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Daniel trabaja por ellas, sus hijas. No solo porque así consigue la plata para garantizar su supervivencia, sino porque considera que la sátira política es su manera de evaluar qué Colombia les va a quedar a las próximas generaciones. Por eso escribe columnas de opinión, por eso se volvió youtuber, por eso ahora presenta una obra en el Teatro Nacional. Es su manera de gritar en un país donde todos estamos acostumbrados a quedarnos callados. Hacerlo requiere valentía y una dosis de locura; sus niñas, más que nadie, han sido testigos de eso, ya que empezó a levantar sospechas sobre su falta de cordura cuando les pidió su saltarín y sus pelucas prestadas. Por ellas, todas las payasadas y las críticas que deja en sus videos y columnas valen la pena. Y justamente por ellas se niega a limitarse o autocensurarse: “Me interesa hacer cosas que no me avergüencen ante ellas, en esa medida no tengo por qué disimular. Tengo una manera muy limpia de ser papá, muy honesta”. Y callar sería una forma de mentir.

 

Hay videos de su papá que las avergüenzan –y Paloma siempre le deja muy claro que está haciendo el oso, ella es la conciencia moral de la familia–. Otros, las impresionan –¿por qué un montón de gente ataca a su papá en la calle?–. Por eso Daniel habla mucho con ellas. Les explica sobre su trabajo y ellas entienden. Hacen muchas preguntas y a veces lo toman del pelo. Cada vez comprenden  mejor el país en el que viven porque él decidió servirse de formatos informativos más cercanos a ellas. 

 

PELOTAS

 

“Cuando te paraste con esas botas y esa peluca en la esquina, te veías divino”, le dice Lupe. Le heredó el humor y esa forma de hablar desde la ironía. Eso, para el periodista ya es un alivio, porque el humor es el mejor antídoto contra la solemnidad. Paloma también ve el mundo desde la picardía, no desde la vehemencia. Guadalupe es sagaz, madura y le encanta la música. Le gustaría, tal vez, ser cantante cuando sea grande. Paloma es sensible y ama los animales, ella ya tiene claro que será veterinaria o entrenadora de delfines. Daniel, cuando piensa en ellas, vuelve a ser niño. La cara se le transforma. Los ojos, que le arden del cansancio, se iluminan. Y la boca se le llena de flores que lo incomodan, así que las escupe rápido, para que solo los que estamos muy cerca alcancemos a atrapar los piropos que les bota a sus hijas. 

 

Fotos: David Schwarz.

Ilustración portada: Laura Ospina www.lauraennube.com.    

Ilustraciones: Lina Paola Gil Cardona.

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