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El alma de la fiesta

Bailar, tomar, hacer chistes o drogarse no es malo, en términos generales, pero ¿qué pasa cuando la celebración es solo una máscara?

Por: Matilda González Gil.

 

Esa ansiedad y ese dolorcito profundo que invaden nuestro tiempo parecen inmortales: intentamos matarlos con alcohol, drogas y música, pero nada les vale. Aunque logramos distraerlos por un rato, el bajonazo después de la fiesta los llena de energía. El sexo casual también prometía llenar ese vacío, pero ni siquiera los ‘manes’ más lindos lograban cumplir sus promesas de traerme alegría. Y se suponía que consumir sexo, amor y placer nos iba a ser felices. 
También he intentado disimularlos volviéndome la payasa divertida de la fiesta, pero parece que intentar hablar más duro que ellos tampoco los calla.

 

Confieso que muchas de mis risas y carcajadas han sido absolutamente fingidas, pero no han hecho parte de un engaño premeditado. Son pajazos mentales inconscientes que uso para engañarme a mí misma. 

 

Me pregunto si el resto de los asistentes –tan bien vestidos y sonrientes en esos lugares tan fancy de música electrónica–, también están huyendo de lo mismo cuando blanquean los ojos porque les estalló la pepa. Quizás es de mal gusto decirles a las personas que bailan y se ríen contigo que algo te está doliendo y que necesitas ayuda. Claro, ¿qué dirán? 

 

Debe ser por eso que muchos bailan el house y el techno en silencio y con los ojos cerrados: muchas personas reunidas bailando solas. Enfiestarse, bailar y reír, hacer chistes, tomar trago o drogarse no es malo de por sí. Pero, más veces de las que creemos, las personas llevan calvarios en silencio, se sienten aisladas aunque estén rodeadas de mucha gente. ¿Alguien más se ha sentido así? 

 

Es muy probable que nuestro problema sea cultural y crónico. Heredamos uno de los países más violentos del mundo, pero la gente responde en las encuestas que es feliz. Hemos sabido fingir que vivimos en el país más feliz del mundo. Somos hijos de un país cada vez más rico que creía que cuando tuviera plata sería feliz. Sin embargo, somos el segundo país más desigual de América Latina y acá la gente aún se muere de hambre. Es decir, no sabemos cuidarnos a nosotros mismos, pero sí sabemos sonreír para afuera. Parecemos en una negación colectiva de una depresión evidente. 

 

Es hora de poner el tema en la mesa, al ladito de las sustancias divertidas. No se trata de sentirnos culpables, eso es súper improductivo porque nos reprime más. Podemos iniciar por romper el silencio de las conversaciones sobre nuestras emociones, perderle el miedo a hablar de lo que sentimos y dejar de estigmatizar los servicios de salud mental como la psicología. No es tan chévere interrumpir la fiesta e incomodar, pero entre más lo hagamos, menos raro nos va a parecer que la gente busque tranquilidad en su vida.

 

O ¿vamos a seguir ignorando las sobredosis, las depresiones, las tristezas, los traumas no superados y los intentos de suicidio de la gente con la que bailamos en el círculo del remate?  ¿Vamos a seguir fingiendo que no se nos está yendo la mano en la fiesta? 

 

Foto: iStock.

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