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La inteligencia bien vestida

Persiste en muchos círculos la noción de que la vestimenta cultivada no es compatible con el trabajo intelectual o la inteligencia.

Por: Vanessa Rosales.

 

¿En qué momento se volvió común considerar que el pensamiento se opone a una apariencia calculada? ¿Y por qué algunas mujeres que habitan ciertos ámbitos –digamos la ciencia, el periodismo o la academia– aún no pueden lucir de cierta manera porque comprometen su credibilidad. Una lectora me preguntó alguna vez por mi uso personal de la minifalda. Señaló que incluso la llevo para dictar conferencias. Para muchas mujeres exponer un caudal de ideas en minifalda no es viable. 

 

La sospecha que despierta la belleza y el buen vestir son bastante frecuentes. Ese recelo habla de un patrón común, sí, pero refleja algo menos evidente: nos habla sobre cómo la moda se construyó como un tema de mujeres, algo así como “un asunto de tocadores y no de academias”. 

 

Algunas mujeres saben que, en sus círculos, no serán tomadas en serio si su aspecto no complace cierta modestia o sobriedad. Una lectora dedicada a la biología molecular me lo señaló, envuelta en un contexto en el que cultivar menos la estética puede ser índice de mayor capacidad intelectual. Otra lectora, en formación doctoral, expresaba que ciertas gamas del feminismo académico que la rodean la acusan de “reforzar ciertos estereotipos del patriarcado” por llevar ciertas prendas.          

                                                                                                                   
No es casualidad que el régimen estético masculino se haya caracterizado por su solemnidad, su sobriedad, y su utilidad. Esa idea de que el pensador no atiende su apariencia es, sobre todo, una idea masculina. 

 

Claro que hay oficios que exigen ciertas vestimentas. Claro que la historia nos demuestra que, por llegar al mundo laboral mucho después que los hombres, las mujeres experimentaron un ocio que alimentó en ellas la variedad de ornamentos. 

 

También hubo momentos, de experiencias inéditas, en los que las mujeres tuvieron que masculinizar su vestir. Como ese en el que, durante la guerra y ante la ausencia de hombres, las mujeres entraron a las fábricas. Allí, las faldas y los tacones no resultaban compatibles con las prácticas que las llamaban a participar. 

 

Pensemos, por ejemplo, en el distrito financiero neoyorquino de finales de los ochenta, donde las mujeres comenzaban a hacer presencia en un círculo dominado por hombres y donde se volvió común el llamado power dressing: hombreras, siluetas afiladas y chaquetas de corte masculino que ayudaban a neutralizar el cuerpo femenino. 

 

Seamos francos: la vestimenta calculada levanta sospechas porque es un tema que se asocia a la mujer. Las religiones nunca han sido grandes amigas de la vanidad femenina, y la intelectualidad puede compartir ciertos moralismos del dogma religioso. Hay un tema de moral en la ropa que conduce a otra idea bastante generalizada: usar ciertas ropas es un acto que gira en torno a llamar el deseo del varón. No todo se hace por ustedes, hombres bellos. 

 

Debemos admitir, no obstante, que volcarse en exceso a los asuntos de la apariencia sí puede prevenir la formación de identidades y vidas más multidimensionales y complejas. Pero, al final, esa creencia sobre las mujeres a las que les gusta pensar en cómo se ven, es más cercana al machismo que al riesgo de perder oportunidades en términos intelectuales. Por supuesto que algunas mujeres asumen esa noción de que, al arreglarse poco, al invertir poca energía en los asuntos del aspecto, pesarán más al exhibirse como seres pensantes o entregadas al conocimiento. Pero muchos varones, habituados como están a mirar de cierta manera a una mujer, alimentan la misma idea desde su orilla.

 

Afortunadamente, esta época también permite que la individualidad pensante reconozca el poder que hay en la gestualidad estética y la cuidadosa vestimenta. 

 

Foto: iStock.

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