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Ratas de dos patas

Por: 
Matilda González Gil
Pareja peleando
Muchas hemos tenido un mal novio, de esos que te pintan pajaritos en el aire y después te salen con un chorro de babas.

 

Estos novios saben echar el verbo: hablan divino y sus estúpidas y sexys sonrisas son capaces de convencernos de cualquier cosa. Tipos que con su boca dicen mucho “te amo”, pero cuyas acciones dicen todo lo contrario: te ponen los cachos, te hacen chistes haciéndote sentir bruta o fea, se emborrachan y te maltratan, te humillan, te ven la cara de tonta, te dicen mentiras y son capaces de negarte los cachos que tú viste con tus propios ojos –lo cual hace que te sientas como una maldita paranoica–.

 

 

Los mismos que te dicen que tus mejores amigas “lo que quieren es separarnos”. Son tan buenos mentirosos que nos hacen creer que todo es relativo y que nada es violencia de género. Lindos, pero egocéntricos e incapaces de sentir empatía. Simpáticos, pero con personalidades de niños eternos: machitos infantilizados. Cínicos, egoístas y fríos. Spoiler alert: nunca van a cambiar, a pesar de que te lo prometieron. 

 

 

Sin embargo, salirse de esas relaciones es más difícil de lo que uno cree. Desde afuera uno juzga a las amigas como las más pendejas y débiles. Pero las que hemos pasado por las garras de estos machitos encantadores sabemos que son muy eficientes en generar relaciones de codependencia, van eliminando poquito a poquito tus espacios de privacidad y hacen que vayas perdiendo la noción de tu identidad: no entiendes bien qué serías sin ellos. Por eso, no hay que juzgar a las mujeres que se quedan en relaciones violentas. Pero sí hay que celebrar cuando nos liberamos de estos monstruos en empaques de galanes de telenovela. 

 

 

Me pregunto si la forma en la que nos relacionamos con ellos tiene un impacto en la forma en la cual las mujeres participamos en la política. Algunas amigas me hablan de sus nuevos ‘mocitos’ y los idealizan, les ven solo lo bueno y justifican todas sus embarradas con un tierno –pero sumiso–: “Es que él es así”. Y eso parece trascender al mundo político. Por ejemplo, da la impresión de que  Uribe se sale con la suya siempre. A pesar de que se sabe que es un mentiroso y un manipulador, todo se le perdona y todo se le cree. Tal vez porque él se parece mucho a nuestros novios. Si no vemos estos defectos en personas que son tan cercanas, es improbable que los detectemos en personas que son vistas por algunos con admiración y que están en lugares de poder que hacen que parezcan respetables.

 

 

La solución, tal vez, para ambas situaciones de sometimiento, es mirar las acciones y los hechos, y no creerle tanto a las palabras. Necesitamos un despecho feminista para las elecciones del 2018, con aguardiente y música de Francy: “Que no vuelva más… Que vaya y le aguante los resabios su mama”. No nos sirve que nos digan que nos aman, es hora de que lo demuestren o serán desterrados de nuestros corazones.

 

 

Foto: Istock

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