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Tú no eres un delito que yo quiera cometer

Por: 
Matilda González Gil
Hombre pidiéndole excusas a una mujer
Las relaciones enfermizas son tan peligrosas que nos llegan a parecer sexys. Por eso seguimos ahí, enganchadas al sufrimiento.

 

Los pequeños actos de perversidad ocurren tanto que creemos que son normales. Pueden iniciar con una falta de respeto, una mentira o una manipulación. Si el grupo social en el que suceden no reacciona, estas ‘pequeñeces’ evolucionan en terribles conductas con graves consecuencias para la salud mental de las víctimas, porque no se sienten comprendidas por su entorno y sufren en silencio. Cada comentario malintencionado parece insignificante, pero cuando se mira en conjunto se evidencia un proceso destructor. 

 

Marie-France Hirigoyen, médico psiquiatra, psicoanalista y psicoterapeuta, en su libro El acoso moral: el maltrato psicológico en la vida cotidiana, dice que por medio del maltrato psicológico se puede conseguir dañar a otra persona: “El ensañamiento puede conducir incluso a un verdadero asesinato psíquico”. 

 

Estas actitudes destructivas se reproducen en todas las relaciones de las personas perversas (trabajo, hijos, pareja). Por eso, la continuidad del comportamiento es clave para identificar a una persona perversa. Son “individuos que tapizan su trayectoria con cadáveres o muertos vivientes”. La perversidad no es un trastorno psiquiátrico, sino una racionalidad fría e inhumana. La mayoría suelen actuar impunemente, porque son personas encantadoras que utilizan su capacidad de adaptación para abrirse camino. 

 

Se cree que si una persona no se va de una relación violenta es porque le gusta el maltrato. Pero esta afirmación ignora la actitud depredadora del agresor, quien jamás dejaría que su presa se le escabulla con facilidad. Por ejemplo, en una pareja, los ataques perversos inician por un proceso de dominio que paraliza a las víctimas y les impide defenderse. 

 

Esta fase de dominio puede iniciar de dos formas: se niega cariño, amor o sexo sin muchas explicaciones, o se genera una proximidad tóxica con la víctima. Cuando se niegan actos de afectividad se envía un “No te quiero”, pero no se comunica de forma directa para que el otro no se vaya. Por su parte, una proximidad excesiva es peligrosa porque las inseguridades e intimidades del otro son el alimento que el depredador usa para controlarlo.

 

Se busca frustrar a la víctima con mensajes contradictorios para confundirla. Una persona narcisista se impone para retener a su pareja, pero al mismo tiempo no quiere que se le arrimen mucho porque se siente invadida. Genera una relación de dependencia y rebaja a los demás para sentirse omnipotente. 

 

La comunicación ambigua, el sarcasmo, los chistes y las mentiritas piadosas hunden a la víctima en la duda y en la culpa: ¿será que esto es una agresión o será un chistecito pesado? Para la víctima solo hay confusión e incertidumbre mientras la dominan, no se da cuenta de que con cada afirmación venenosa miden sus límites y rebajan su autoestima. 

 

Para la autora, este proceso es posible “gracias a la excesiva tolerancia” y, en la mayoría de los casos, se refleja en lealtad: “¿Cómo voy a hacerlo quedar mal delante de sus amigos?”. También es común que la víctima se quede con la intención de salvar o reparar a su agresor en una especie de autosacrificio: “A mis papás les tocó muy duro cuando eran chiquitos, no tienen la culpa”. Cuando esto ocurre es porque, a cuentagotas, los perversos han logrado convencer a las víctimas de que sus vidas valen menos y que, por lo tanto, cualquier cosita es cariño. 

 

Los chicos malos no son sexys, son niños eternos que no quieren responsabilizarse de sus acciones. Para protegernos tenemos que ser intolerantes con la perversidad por más seductora que parezca. 
 

 

Foto: Istock

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