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Después de Fernando Botero, Gustavo Vélez es el segundo artista colombiano que expondrá en PietraSanta

Después de Fernando Botero, Gustavo Vélez es el segundo artista colombiano que expondrá en PietraSanta
¿Quién es este artista que expondrá su trabajo en Pietrasanta, Italia? ¿Quién ha oído de él?. 

Lo buscamos en Medellín y lo encontramos empacando las obras que instalará en la Piazza del Duomo y la Chiesa di Sant'Agostino

 

Sé que es ahí y así entro sin anunciarme. Dejo atrás una puerta metálica, cruzo una bodega con aires de salón, mitad depósito y mitad oficina, con vidrio de por medio y una exposición de esculturas pequeñas haciendo equilibrio sobre media docena de bases muy bien alineadas. Me sale al paso un hombre en jeans y camisa manga larga, me figuro que es el mánager, la avanzada del artista. Sin embargo, al primer cruce de palabras me doy cuenta de que es el mismísimo Gustavo Vélez.

Lo sorprendemos en medio de su taller, muy cerca del parque Lleras, entre grandes guacales de madera clara, rotulados por todos lados con la palabra “Frágil”. Son las últimas cajas donde empaca la obra que cruzará el mar para la exposición de su vida. Parece más un administrador aplicado que un distraído creador, no es un ser introvertido ni mucho menos alguien celoso de que le invadan su espacio. Al contrario, parece disfrutar de las visitas inesperadas.

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Si es el mismo que a finales de los años noventa puso de moda en Medellín unos caballos decorativos que salían del mármol, ¿cómo marcó la diferencia para que hoy, con 37 años, se le abran las puertas de esta emblemática ciudad italiana, cuna de escultores de renombre?

 

Adentro reposan algunas de sus obras alargadas en mármol y acero, forradas en vinilpel, preparándose para el viaje. De sus caballos no queda ningún rastro en su estudio más allá de unos álbumes de fotos y la bulla en el recuerdo de una serie que vendió demasiado a finales de los años noventa. 

Y es que, por esa época, él regresaba de su primera temporada en Pietrasanta, y todos en Medellín querían tener uno de sus caballos. Aunque ya tenía muy claro que sus figuras llegarían a la abstracción, esculpió muchos caballos de mármol como queriendo agotar el tema y, de paso, darles gusto a las galerías... hasta que lo agotó.

Frente a frente confronto al artista, mientras miro sobre su hombro y lo vuelvo a ver, esta vez sobre una pared alta muy bien colgado y enmarcado, con su pulidora frente a una piedra inmensa, como protagonista del afiche de Pietrasanta que lo declara invitado de honor de la ciudad, con sus obras en mármol, bronce y acero. Así es Gustavo Vélez, un gran desconocido para muchos, estrella de un evento artístico muy reputado y vistoso.

 

¿Quién expuso en Pietrasanta, Italia, el año pasado? 

Fernando Botero, a raíz de su cumpleaños número 80. Sus obras monumentales estuvieron en la Piazza del Duomo en 2012. Era su segunda vez, porque el maestro ya había expuesto en el año 2000.

 

¿Conoce a Fernando Botero?

Lo conozco como otro artista de Pietrasanta, ambos somos los únicos colombianos que estamos allá. Nos conocimos en la calle. Creo que no sabe mucho de mi obra. Aunque ya debe saber, porque es un ciudadano honorario de Pietrasanta y le deben contar todo lo que pasa. Seguro ya debe estar enterado del artista colombiano que expone ahorita.

 

¿Cuándo expone usted?

La exposición empieza el 5 de octubre y termina el 8 de diciembre de este año. Se trata de una exhibición individual que se hace por año en un sitio que le rinde culto a la escultura.

 

¿De qué tamaño son sus esculturas?

Empiezan desde los dos metros hasta los siete metros de altura, con pesos entre dos y nueve toneladas.

 

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 ¿Cuántas obras van a ser?

En total van a ser 34 esculturas entre mediano y gran formato, en mármol, acero y bronce. El fuerte mío, ya hace veinte años, ha sido el mármol, por eso llegué a Pietrasanta después de estudiar en Florencia.

 

La gente se pregunta: ¿Por qué Gustavo Vélez se ganó ese espacio tan preciado por los escultores?

Yo creo que ha habido un montón de factores. El más importante ha sido que nunca he dudado de que la escultura es lo mío. En ningún momento me desvié con otros motivos de explorar en otras ramas. Desde pequeñito, desde la escuela en Fredonia, en el Liceo Efe Gómez, quise hacer cosas con las manos. Exponía en las ferias de ciencia mis esculturas de aviones y carros  que modelaba en barro.

 

¿Usted es de Fredonia? 

Sí, en Fredonia viví hasta los 13 años. El bachillerato lo terminé en Envigado, en el Liceo de La Paz, e inmediatamente me fui a Italia a estudiar Artes Plásticas. Pero antes de terminar mi bachillerato ya llevaba cuatro semestres de Dibujo Artístico en Bellas Artes de Medellín, y cuatro de escultura en la escuela Eladio Vélez.

 

A mucha gente con talento no le alcanza. El arte también necesita padrinos. ¿Los ha tenido?

Mi trabajo me ha dado la fortuna de estar con muy buenas galerías que me han impulsado, me han proyectado y han hecho una buena promoción conmigo. Si tengo que hablar de padrinos, serían las mismas galerías, que se han encargado de que mi obra salga adelante. 

 

¿Cuántos galeristas tiene?

Trabajo con una galería en Tokio hace cuatro años, donde estoy haciendo una colectiva y una individual por año, que se llama Promoarte Gallery; otra en Panamá, con la que trabajo hace dos años, que se llama Luz Botero Fine Art; otra que se llama Art From The World, en Houston; trabajo con LGM Arte Internacional, que está en Bogotá. Y la de Medellín, que se llama Galería Duque Arango. En esta estoy hace 14 años y es con la que llevó más tiempo.

 

¿Qué estudió? 

Estudié Artes Plásticas e Historia del Arte en Florencia, en la academia Lorenzo de Medici. Y gracias al consejo de un profesor llegué a Pietrasanta, uno de los destinos por los que un escultor debe pasar en el mundo para saber lo que es la técnica de la talla en la piedra.

 

¿Hace cuánto llegó a Pietrasanta?

Hace 17, cuando tenía 19 años, recién graduado. En Pietrasanta están los grandes talleres que vienen del Renacimiento. Pietrasanta fue un paso obligado de Miguel Ángel, el escultor del Renacimiento, donde tallaba gran parte de sus piezas y las terminaba en Florencia o en Roma. Entonces llegué a explorar cosas en un sitio que tiene toda una tradición.

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Florencia, Pietrasanta... Cualquiera puede decir que usted es un tipo con papás con plata.

Todo el mundo dirá eso. Yo soy una persona de un pueblo del suroeste antioqueño con padres, abuelos y toda la familia metida en el pueblo. Mis primeros ahorros los hice porque vendía esculturitas pequeñas a los amigos de mis padres. Antes de terminar mi bachillerato ya tenía unos ahorritos.

 

¿Cuánta plata tenía ahorrada?

En ese tiempo pasaba algo muy curioso y es que todo lo ahorraba en dólares. Llegué a comprar dólares en 180 pesos y, cuando me iba a ir a Italia, mis mil y piquito de dólares ya estaban a 280. Obviamente tuve toda la ayuda de mis padres, el apoyo moral. Pero no el monetario. 

 

Y en Florencia, ¿cómo siguen las cuentas?

En Florencia, donde estudié, empezaron los problemas económicos. Lo que me giraban mis padres era justo para dormir; empecé con ideas. Recuerdo que en los viajes que hice en Italia tomé fotos de cada región. Hice fotos de las puertas típicas de los palacios de Italia, y  saqué cuatro estilos diferentes: uno de Roma, uno de Florencia, uno de Venecia y uno de un pueblo que se llama 

Perugia. Me parecieron puertas que tenían cada una un estilo muy marcado, entonces estas puerticas las pasé a escultura relieve. Eran unas puerticas de 22 por 15 centímetros. Las pintaba envejecidas, al estilo que estaban en las fotos, y las vendía a 30.000 liras cada una, en los mercados de antigüedades. Con una que vendiera podía hacer un mercado para ocho días. Viví un año a punta de esas puerticas.

 

¿A punta de hacer puerticas se graduó?

Me pasa algo muy curioso: el profesor que yo tenía en la academia me puso como monitor, porque mis compañeros eran alemanes, suizos, y estaban aprendiendo estructura para la escultura y yo ya la manejaba desde pequeño porque mi papá, Adolfo Vélez, tenía una cerrajería y trabajaba el tema. Es decir, desde chiquito manejaba las pulidoras y las herramientas.

 

¿Qué hacía su papá?

Él era otro artista porque era muy buen dibujante y diseñaba rejas y puertas. 

 

¿Cuándo decidió irse a Pietrasanta?

Terminé todo en la academia y me fui a Pietrasanta con mi ropa y mis herramientas a explorar la talla en mármol. Cuando llegué, muy a ras con el tema económico, empecé a  trabajar de ayudante de escultores en talleres de artesanos para sobrevivir.

 

¿Cuánto le pagaban?

El pago mío allá era más el espacio donde yo trabajaba. Porque la gran ventaja en Pietrasanta es estar acompañado de los artesanos, ellos son verdaderos artistas. Son personas  que saben la técnica sobre la talla directa del mármol, los diferentes tipos de mármol, cómo metérsele a las betas y todo este tipo de cosas, y eso era lo que yo necesitaba aprender. Yo los acompañaba a las minas de mármol. Y todos sus despuntes, es decir, sus sobras, yo los guardaba. 

 

¿Sus ahorros eran piedras?

Eran un montón de piedras que fui acumulando. Sus descartes se volvieron mis esculturas. Después de dos años y medio en Pietrasanta terminé con una buena cantidad de mármol que me traje a Colombia en 1999.

 

¿Cuánto mármol se trajo?

Llegué a Colombia con trece toneladas de mármol enviados en un contenedor. 

 

¿Y aquí dónde puso todo ese mármol?

En una finquita de mis papás en Fredonia. Todavía conservo alguno de esos bloques. Llegué y, en los primeros seis meses, murió mi padre. Vine por seis meses y me tocó quedarme dos años. Luego de la muerte de mi padre, a mi madre le dio Alzheimer. Después de dos años me fui por otra temporada. 

 

¿Su mamá vive?

Sí, pero ya no recuerda. Se llama Lucía Mejía. Ella soñaba con mi obra cuando estaba en sus cabales, y recuerdo algo que me dijo cuando vio una pieza abstracta, la estaba analizando, yo creo que ya estaba ella un poco perdida, pero dijo: “Qué romántica”. Se me quedó grabado eso.

 

Veo en sus paredes afiches de algunos de los que han logrado exponer en Pietrasanta.

Han pasado artistas como Igor Mitoraj, un polaco radicado en Pietrasanta y París; está Giuliano Vangi, artista italiano que tiene su estudio en Pietrasanta; el japonés Kan Yasuda, que es el Botero de Japón; está Park Eun Sun, un coreano radicado en el pueblo. Todos tienen su casa y su estudio en Pietrasanta. Tienen toda una vida de su carrera artística como escultores vinculados al pueblo. 

 

¿Cuánta gente compitió, como usted, para ver si podía exponer?

Constantemente en Pietrasanta hay artistas de todo el mundo. Están 300 artistas constantemente en procesión, a la espera de una evaluación de los curadores.

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¿Quiénes deciden qué artista expone en Pietrasanta?

En Pietrasanta hay una junta que elige el escultor que va a intervenir. La junta está compuesta por críticos, curadores de museos de Europa, el alcalde del pueblo, la directora cultural, entre otros. Es un grupo de 22 personas en el cual están también los dueños de las fundiciones. Las fundiciones de Pietrasanta son las más importantes del mundo, ellos tienen que ver mucho con esta selección y miran a un artista que tenga proyección internacional. En el caso mío, hace tres años empecé una gira de obras monumentales por varios museos. Estuve en Ecuador, en Perú, gran parte de las obras también estuvieron expuestas en Colombia. El otro año estarán en museos de México, Japón, Corea y China, y terminarán en Europa.

 

¿Cuenta también tener un taller en Pietrasanta?

Deben estar vinculados con el pueblo que vive del arte. Pero es más que todo la historia que ha tenido el artista en Pietrasanta. En el caso mío ya es una historia de 17 años visitando Pietrasanta o viviendo por temporadas largas de uno o dos años. Entonces, es importante el tema del trabajo que se hace en Pietrasanta con las fundiciones y la interacción que hay entre el artista y los artesanos que trabajan el mármol allá. 

 

¿Cuál es su mármol favorito?

El mármol estatuario blanco de Carrara, el que me deja aproximar hasta lo máximo. Es lo más sutil que he tocado. Es un mármol fuerte y resistente del que me puedo aprovechar hasta volverlo una hoja. 

 

¿Cuánto cuesta una obra suya en mármol?

Empiezan desde los diez mil dólares. En gran formato hay piezas entre ochenta mil y cien mil dólares.

 

¿Quién compra la obra de Gustavo Vélez hoy en día?

Aparte de coleccionistas, hay museos como el de Arte Contemporáneo de Guayaquil; la única pieza que tiene el museo en toda la entrada es una obra mía de 3,30 metros en acero. Está en un museo al aire libre, diría que uno de los más importantes que tiene Corea: la obra de mármol  en la entrada del museo es una pieza mía. En la Torre Trump, en Ciudad de Panamá, hay otra pieza de 9,5 metros en acero. Y acaban de instalar una nueva en mármol negro de Bélgica en el aeropuerto de Panamá.

 

¿Hace cuánto comienza a conocerse su obra?

En los últimos ocho años.

 

¿Por qué cree que arranca hace ocho años?

Fundamentalmente, ha sido por las galerías. Son las galerías que me están llevando constantemente a las ferias internacionales. En el año podría decir que estoy participando en ocho o diez ferias, y en algunas estoy yo presente, como en Londres, Nueva York, Miami. Ahorita estaba en la de Caracas, una feria bastante exitosa a la que me llevó la galería de Bogotá. Vendieron todas mis piezas. Se llama LGM Arte Internacional, una  galería que queda en Bogotá en toda la Zona T. Afuera hay una pieza mía grande de tres metros.

 

Tengo entendido que usted antes hacía caballos.

Yo hacía caballos porque desde pequeñito acompañaba a mi abuelo, que era veterinario y especialista en caballos, a las granjas. Desde pequeñito me sabía la anatomía de los caballos. Además, a mis 13 años tuve una motivación bastante grande: el maestro Arenas Betancourt, que también era de Fredonia, hacía caballos y era muy amigo de mi padre. Yo a él lo veía mucho en el pueblo, y también lo veía como mi ídolo. Empecé a ver qué era lo que hacía, vi su monumento a los lanceros en Boyacá, y empecé a modelar. En mis principios todo fue figurativo, hasta que me fui. 

¿Hubo una época en que sobrevivió de vender esos caballos? 

En la época que llegué aquí, en 1999, seguí vendiendo caballos, caballos, caballos… Sí, los caballos se vendían y eso era la recompensa de tantas cosas, y yo empecé a ver que podía seguir adelante con otros proyectos. Así pude proyectar mi nuevo viaje a Europa como algo más sólido.

 

¿Llegaron a caerle gordos los caballos?

Sí, llegó un momento en el que me hastié verdaderamente porque hice bastantes. De hecho, todavía hay gente que me pide caballos. 

 

¿Eran caballos de tamaño real?

No, eran caballos pequeños, máximo de un metro. 

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¿Eso lo financió?

Sí, toda la vida me he financiado con mi obra.

 

¿Fue difícil hacer que las galerías se olvidaran de sus caballos?

Sí, la abstracción es más complicada, pero ha sido muy bonito el proceso porque fue una transformación muy natural que se fue dando. Finalmente se impuso la abstracción de Gustavo Vélez frente a las galerías y a los que me estaban viendo solo como el escultor de caballos.

 

Vuelve a Pietrasanta en 2001. ¿Esta vez llega como escultor abstracto y no figurativo?

Antes de salir de Pietrasanta en el 99 ya había hecho abstracto. De hecho hay una pieza, que considero una de las más importantes, que es cien por ciento abstracta, que para la exposición de Pietrasanta será una de las más valiosas porque la estoy pasando a escala. Va a ser cinco veces lo que fue la pequeñita que hice en el 98. 

 

¿Qué dimensión va a tener?

Esa obra va a tener 2,80 metros de altura. El bloque es un cubo llamado Hipercúbicos, que es la geometría dentro de la geometría. Es un tema de los cubos dentro de los cubos. Esa pieza es la que va a estar en el centro de la plaza, una obra de nueve toneladas.

 

¿Qué espera con esta exposición en Pietrasanta?

Que la vean los grandes museos, coleccionistas y galeristas del mundo. Seguramente van a querer llevarla a sus países. Ya me han llegado invitaciones. De la misma Italia ya tengo una invitación a un museo importante en Florencia y esto ha sido por la exposición de Pietrasanta. También se están hablando cosas con un galerista en Madrid, España.

 

¿Qué falta para que lo conozcan en Colombia?

Falta la promoción, que seguramente se viene ahorita con lo que estoy haciendo. Falta que las obras de Gustavo Vélez lleguen a los museos nacionales. Lo que se espera es que esas mismas obras se desplacen a plazas importantes del mundo. Siempre se espera una invitación del Banco de la República, que tiene la mejor colección del país. Cuando llegue será bienvenida.

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¿Tiene críticos en contra?

Hasta ahora, a los que me conocen los he visto muy receptivos con mi obra. 

 

Si no hubiera sido escultor ¿qué habría sido?

Me habría gustado ser piloto, pero aquí estoy tratando de volar con mi obra.

 

 

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