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Así fue la primera vez que me llegó la regla

Por: 
Redacción Cromos
Ocho mujeres relatan lo que sucedió el día que les llegó la regla. Un momento que marcó un antes y un después en su vida.

Casi todas recordamos ese día a la perfección. Por el dolor, por el sangrado o por esa extraña impresión que provocaba saber que nuestro cuerpo estaba cambiando y tal vez no estábamos preparadas. Desde ese momento hasta hoy la regla ha sido un tabú. A pesar de ser un proceso tan natural, aún ocultamos las toallas higiénicas en camino al baño y nos esforzamos por hablar en voz muy baja si le contamos a una amiga que tenemos un cólico que nos está matando. Pero ya es hora de dejar de escondernos. Por eso publicamos estas micro historias. Compártanlas con amigas, con amigos, con su novio o novia, para que dejemos de sentirnos solas cada vez que nos llega.

 

 

Juanita, 63 años

Tenía como 13 años y todo eso era un misterio. Yo nunca lo hablé con mi mamá, sino con mi hermana mayor. Ella me explicó que era normal y que tenía que empezar a usar toallas higiénicas, que en ese entonces eran un lujo y no se parecían en nada a las de ahora, que son súperabsorbentes y con autoadhesivos. Solo se encontraban de una marca, Kotex, y absorbían más bien poco; uno se las tenía que cambiar con mucha frecuencia. No se pegaban a la ropa interior, sino que tenían unas tiras que salían de los extremos y se agarraban a un caucho que uno se amarraba en la cintura. No eran muy prácticas y obviamente se corrían, así que yo vivía muerta del susto y me ponía como 10 pares de calzones por si acaso.

 

 

caucho la regla

Este era el caucho, aunque un poco más delgado.

 

 

Liliana, 54 años.

Ese día me dio mucha angustia porque yo no estaba en mi casa y preciso me llegó cuando visitaba a una amiga, me di cuenta porque al ir al baño vi mi ropa interior manchada. Lo único que se me ocurrió en ese momento fue poner mucho papel higiénico para cubrir algo. En realidad, no sabía bien que estaba pasando porque nunca me habían hablado del tema. Yo sí había escuchado algunas conversaciones de mis compañeras del colegio, pero no más. En ese tiempo era algo muy reservado y daba mucha pena comentar algo al respecto.

 

Cuando mi mamá me recogió le conté. No me dijo una sola palabra y llamó a una amiga muy cercana (y mayor) para que me explicara qué era lo que me pasaba. Como en esa época adquirir toallas era un lujo, yo usaba unas bayetillas blancas de algodón con un plástico que mi mamá me hizo a la medida. Eran gruesas porque debían resistir lo que más pudieran y, para lavarlas, se echaban en remojo en una vasenilla de uso personal con clorox, agua caliente y jabón rey.

 

 

Natalia, 33 años

Sabía que llegaría, pero no la esperaba. Creo que a todas nos toma por sorpresa, a pesar de las charlas con la mamá o las clases de educación sexual. Por fortuna, era un fin de semana y estaba en mi casa. Tenía 12 años. Entré el baño y me encontré la sangre. No hubo dolor, ni malestar, ni nada. Salí y le dije a mi mamá en un susurro: “Creo que me llegó la menstruación”. Hoy odio esa palabra, “menstruación”, pero era la que había aprendido en clase. Y dije “creo”, aunque estaba segura, para bajarle el tono a la vergüenza que sentía. Sí, desde el primer minuto la regla me dio vergüenza y ese sentimiento me acompañó por mucho tiempo. Siempre pensé que me había desarrollado antes que mis amigas y me daba pena que ellas vieran mis toallas higiénicas, así que trataba de no cambiarme, pero terminaba manchada y era peor. Casi muero cuando me llegó en un viaje en Cartagena y tuve que confesarles que tenía que ir a comprar tampones (que no sabía usar y que desde ese viaje siempre odie). Esas primeras veces, además, el sangrado era tan fuerte que sentía que algo estaba mal conmigo y me acostaba rezando para que al día siguiente se fuera. No sé por qué la odié desde el principio, si mi mamá asumió el momento con total normalidad y tranquilidad: me dijo dónde estaban las toallas higiénicas, me explicó qué parte iba adelante y cuál atrás, y me recomendó que las enrollara con papel higiénico una vez me las quitara. Fácil. 

 

 

Tatiana, 31 años.

Lo que para mí era una gran aventura, terminó siendo uno de los momentos más incómodos de mi vida. Fue en un parque de diversiones donde empecé a experimentar un fuerte dolor en la pelvis, que hasta hoy me “bota” literalmente a la cama. Tenía 12 años y en ese momento no sabía lo que significaba. Decidí no ponerle mucha atención al tema y continué mi recorrido por todas las atracciones mecánicas. La montaña rusa me parecía la mejor forma de sentir adrenalina. Ahí boté toda mi energía, lloré, me reí y sentí como sí algo se me hubiera explotado adentro. Me bajé temblorosa pero feliz.

 

Sin embargo, el dolor no se fue. Me fui para el baño y me percaté que una de las rosas estampadas en mi ropa interior estaba excesivamente grande. ¡Me asusté! salí corriendo y al llegar a mi casa le conté a mi mamá mi hallazgo. Su respuesta fue muy tranquila: “Te va a pasar todos los meses del año”. Así fue la primera vez que descubrí que me había hecho mujer.

 

 

Diana Marcela, 27 años.

— ¡Marcela! Son las seis y diez, le escuché gritar a mi mamá con cierto afán desde la cocina, como cada mañana cuando intentaba, a punto de llamados la mayoría de ellos ignorados, levantarme de la cama para ir al colegio. Sin embargo, no fue la voz de mi mamá la que logró sacarme de mi letargo mañanero, sino la fuerte punzada que sentí en el vientre. Me levanté con dificultad, y fui al baño. —No te demores que ya va a estar el desayuno. Replicó la voz de la cocina.

 

Me quité la pijama para meterme a la ducha, pero antes hice pis, un poco doblada por el dolor. De pronto, me di cuenta que había orinado sangre. ¡Voy a morir! Grité mentalmente. Y de inmediato noté que mi panty también estaba manchado. Llamé a mi mamá y, sin dejarla entrar al baño, le dije que había orinado sangre. — ¡Ay Marce, creo que te llegó el periodo! Yo quedé sorprendida, ya que, aunque mi mamá me había hablado del tema, yo imaginaba que la menstruación no iba más allá de un par de gotas de sangre que te salían cada mes. Pero esto era monumental, ¡me estaba desangrando! ¡Y ni hablar del dolor! Mi mamá me pidió que abriera la puerta y me pasó por la pequeña ranura una toalla higiénica. — Báñate mientras te preparo un agua de canela. Hoy no vayas al colegio. El sangrado fue tan abundante que falté a clases durante toda la semana.

 

 

Gabriela, 26 años.

Ese fin de semana fue trágico para mí. Tenía 12 años y mis primas vivían en Jamaica y llegaron al país después de 4 años de ausencia para celebrar los 15 de una de ellas. Teníamos una celebración familiar en la casa de mi tío en el Peñón. Como era costumbre, los primos nos adelantamos y desde el viernes en la noche estábamos viendo películas y jugando en la piscina. Bueno, todos excepto yo, porque preciso ese día en la mañana me llegó por primera vez el periodo. No saben en las que me vi para explicarles a los hombres por qué no podía entrar a la piscina… finalmente terminaron empujándome y metiéndome a las malas.

 

Al día siguiente, bajo los intensos rayos de sol de Girardot, me dio por pegarme al parche e ir a jugar basquet, pensaba que quizá, al hacer deporte, el flujo iba a disminuir, pero pasó todo lo contrario: sentía que me desangraba de una manera escandalosa, me manché horrible y avergonzada salí corriendo a casa para cambiarme y encerrarme en el cuarto a ver televisión. Ahí me quedé hasta que una de mis tías llegó con mi mamá a proponerme una solución práctica: usar tampones para poder meterme a la piscina y disfrutar con todos. Acepté sin pensarlo porque me sentía muy excluida. Entramos al baño y, mientras me indicaban cómo debía hacerlo, pasó por ahí uno de mis primos. Me dio mucha pena porque sentía que ya sabía lo que estaba sucediendo. Finalmente lo logré, pero al minuto me desmayé. Sí, el olor a sangre me hizo perder el conocimiento y solo recuerdo que desperté bajo la ducha y con los ojos de mi mamá y mi tía llenos de angustia. Hasta ahí llegó el plan. El resto del fin de semana me la pasé jugando en el celular, viendo películas o hablando con los adultos.

 

 

Lili, 25 años.

En el 2006, con 14 años, el universo decidió que era el momento de arrebatarme la niñez. Tras una jornada larga de ejercicio volví a casa exhausta, me recosté en la cama unos minutos hasta que, repentinamente, sentí la urgente necesidad de orinar. Para mi sorpresa, esta sería la primera de múltiples futuras incomodidades que se presentarían en mis bragas cada 28 días. Una mancha rosa se había posado en mi ropa interior, pero gracias a la educación sexual sabía que se trataba de algo normal, por lo que decidí compartir la noticia con mi madre. La reacción de ella fue poco grata, ya que imaginó que esa mancha era fruto de una relación sexual; por lo tanto, más que un consejo recibí un regaño y su mirada de juicio, experiencia que me enseñaría a no compartir ese tipo de información con ella nunca más.

 

 

María, 22 años.

Se que no fue hace tanto, pero mis recuerdos de esos días son borrosos. Era sábado, tal vez, y me arreglaba seguramente para salir almorzar con mis papás. Tenía 12 años y era la primera vez que sentía un dolor abdominal tan fuerte. No le presté mucha atención –a pesar de que era algo nuevo– y justo antes de salir me di cuenta que mi ropa interior tenía una pequeña mancha roja. Para mí y en mi inocencia, lo mejor fue esconderla en una cajita azul en el armario de mi habitación y cambiarme. Cuando estaba dispuesta a llegar al escondite mi mamá me detuvo, notó que algo me sucedía y lo adivinó. Además de explicarme y decirme que no tenía nada que temer, sacó de su bolso una pequeña carterita morada con lo necesario para esos días. Hasta el día de hoy uso esa carterita aún al final de cada mes.

 

Fot: Getty.

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