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Mujeres que le entregan la vida a una causa

Mujeres que le entregan la vida a una causa
El Espectador destaca las historias de tres líderes comunales del país a las que la guerra las llenó de valor para trabajar por sus comunidades.

Pastora Mira: ella consuela a las madres de desaparecidos

“La madrina de los desaparecidos”. Así se auto denomina Pastora Mira, oriunda de San Carlos, Antioquia, el municipio donde la violencia desplazó a 20.000 de sus 25.000 habitantes y desapareció a más de 150 a principios de siglo. Con ella se ensañó especialmente: le arrebató a su papá y a dos hijos. Pero Pastora nunca fue sólo una víctima, se convirtió, en las épocas más difíciles, en el eslabón de los sancarlitanos: los sacó a las calles para enfrentar con juegos de mesa el miedo a los violentos; acompañó a las madres que, como ella, vivían por encontrar a sus hijos desaparecidos. Luego de seis años buscando con machete en mano los restos de su hija, por fin pudo llorar a Sandra Paola, pero afirma que su lucha no terminará hasta que el último sea encontrado. Nunca se lleno de odio; por el contrario, sembró en su pueblo la semilla del perdón, con un acto que todavía es incomprensible para muchos: acogió y cuidó al asesino de su hijo en la misma cama donde este había crecido. Hoy, en San Carlos, víctimas y victimarios conviven todos los días y dialogan frente a frente en un espacio creado por esta mujer.

Licinia Collazos: ella levanta a un pueblo que se creía perdido

En Semana Santa de 2001, más de un centenar de personas murieron en el Alto Naya, norte del Cauca, a manos de paramilitares del Bloque Calima de las Autodefensas Unidas de Colombia. Durante varios días asesinaron a campesinos, indígenas y afrodescendientes. Sus familias se vieron forzadas a salir de sus tierras, pero tras meses de gestión, un grupo encabezado por Licinia creó una comunidad en un asentamiento que llamaron Kitek Kiwe, tierra floreciente en español. Esta mujer, gobernadora del cabildo, es la líder de los desplazados en su comunidad y profesora de la escuela en donde los niños aprenden sobre una masacre que los crió pero que no recuerdan: gran labor para la verdad y la memoria.

Betty Loaiza : ella no permite que la guerra acabe con su escuela

También de San Carlos, Antioquia, en la época del conflicto, Betty Loaiza era la coordinadora del Centro Educativo Vallejuelito. Pudo haberse llenado de miedo: a su hermano, Alonso Loaiza, también maestro, lo desapareció la guerrilla, y los demás profesores del pueblo dejaron los pupitres y se unieron al río de personas que abandonaron el municipio buscando paz. Pero “la profe” tenía claro que, aunque ningún estudiante tenía cabeza para concentrarse en números y letras, la escuela era su refugio luego de que la noche anterior hubieran asesinado al vecino, al tío o al padre. “No dejamos de ir a trabajar ni un solo día porque sabíamos que cada día teníamos que vencer el miedo. Si uno dejaba de ir dos o tres días, entonces ya no era capaz de volver”, cuenta Betty, quien logró que en cinco meses retornaran a Tunjuelito 90 estudiantes.  

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