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Los realities no tienen fecha de vencimiento

Este formato reúne todo lo necesario para no pasar de moda: es reflejo del televidente, garantiza el éxito y está definido por el melodrama.

Por: Laura Galindo M.

 

Winston Smith subía a regañadientes las escaleras. Afuera, el viento obligaba a caminar con el mentón contra el pecho. Pequeños remolimos de polvo se levantaban en las esquinas y el frío dolía en los tobillos. No había luz. Su casa queda en el séptimo piso y, aunque no eran tantos, los años comenzaban a pesarle. Subía lento, subía torpe. Se detenía varias veces para tomar aire y, sin importar hacia dónde mirara, sus ojos se encontraban siempre con lo mismo. La cara es de un hombre recio, de facciones endurecidas y con un enorme bigote negro. El Gran Hermano te vigila.

 

Corría el año 1949 y George Orwell se inventaba el primer reality show de la historia en su novela 1984.  ‘El Gran Hermano’, ‘El Omnipresente’. Una sociedad reprimida y totalitaria, vigilada por gobernantes invisibles. Un mundo distópico sin ninguna libertad. Casi cincuenta años después, en 1999 y con la televisión en su mejor momento, la productora holandesa Endemol emitió el primer capítulo de un concurso de simulación social en el que 12 personas, hasta entonces desconocidas, se aislaban juntas durante 90 días en una casa vigilada por cámaras. El último en salir era el ganador.

 

De El Gran Hermano de Endemol van tantas versiones que se hace difícil contarlas. De famosos, de anónimos, de adolescentes, de familias completas. En Estados Unidos, en Europa, en África, en Latinoamérica y, por supuesto, en Colombia. En el 2003, el Canal Caracol estrenó una adaptación propia dirigida por Juan Esteban Sampedro, su actual gerente general de Entretenimiento. “Los realities son experimentos sociales –dice–: meter en confinamiento a unas personas, ponerlas a competir y registrarlo todo. No son formatos malvados, son formatos cuya pretensión es simplemente entretener”. 

 

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— ¿Lo más difícil de haber estado en RuPaul’s Drag Race? Todo. Absolutamente todo –dice Laganja Estranja, participante de la sexta temporada–. Fue una experiencia muy estresante. Los días eran de catorce horas y de esas catorce, siete estaba vestida de drag queen. Se necesita mucha fortaleza física para resistirlo. Y también mental. Al final de la jornada, volvíamos al hotel y la producción decretaba “hielo”. No podíamos hablar entre nosotras, llamar a nuestras familias o escribir a nuestros amigos. Todo se guardaba para las cámaras. Me sentía increíblemente sola.

 

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Laganja se confiesa seguidora del programa desde el primer día y no hay que pensar mucho para entender por qué. RuPaul’s Drag Race es un reality show  en el que la drag queen más famosa de Estados Unidos busca su sucesora. Entre tacones, pelucas, doblaje y maquillaje, el drag se reivindica como forma de arte, como expresión, como puesta en escena. Son nueve temporadas en las que el tabú se rompe y la clandestinidad se acaba. Catorce queens que desfilan, bailan, actúan y hacen comedia. Que se reinventan dentro de una estética en la que todo está por inventarse. Una sin límites ni fronteras. 
— Del show me enamoró todo. Las drag queens nunca habían sido expuestas a ese nivel. La gente por fin podía verlas de cerca y entender de qué se trataba este arte tan particular. Sin morbo, sin sesgos. Supe que quería estar ahí cuando Alyssa Edwards, mi madre en el mundo drag, participó en la quinta versión. Quise seguir sus pasos y mi turno llegó en la temporada siguiente. 

 

Zapatos amarillos muy altos. Un vestido morado de rombos y un sombrero que le va a juego. El pelo corto y rubio. La falda alta y los labios fucsias. Pestañas largas y maquillaje suficiente para borrar del todo sus facciones masculinas. Una mano en la cintura y la otra al aire, quebrándose en un ángulo de 90 grados. “C’mon season 6, let’s get sickening!”, sentencia Laganja Estranja en su primer capítulo, mientras hace gala de sus dotes de bailarina y cae de espaldas en una coreografía dramática.

 

— A RuPaul’s le debo mi carrera. No es fácil hacer de esto un trabajo permanente. La televisión es una plataforma muy grande y la gente está dispuesta a pagarte mejor si apareciste en ella. Pero tengo que ser honesta: no lo volvería a hacer. Ya sobreviví una vez, ¿por qué tirarme de nuevo al mar lleno de tiburones? Prefiero dejarle esa oportunidad a otras que sean más valientes que yo. 

 

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“Che bella cosa na jurnata ’e sole”. Canta Franco Londoño en el ascensor de A Otro Nivel, el programa más visto de la televisión colombiana según Rating Colombia. En el jurado, Kike Santander junta las manos, Fonseca cierra los ojos y Silvestre Dangond se inclina hacia adelante en señal de atención. “N’aria serena dopo na tempesta”. Franco, de vestido azul y camisa blanca, canta la misma canción napolitana que hizo famoso a Enrico Caruso a finales del siglo xix. “Ma n’atu sole cchiù bello, oje ne”. Deja salir un agudo potente y los tres jurados presionan al tiempo la flecha verde que hace subir el ascensor. “O sole, o sole mio, sta ’nfronte a te”.

 

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“Cuando en Caracol creamos A Otro Nivel, lo hicimos pensando en todos esos cantantes que necesitan una vitrina pero no van a presentarse a un concurso cualquiera porque ya son profesionales”, dice Graciela Aguilera, productora general. A grandes rasgos, el programa responde a las mismas lógicas de cualquier concurso: etapas de selección, pruebas, jurados y premios. La diferencia está en cómo se materializan. Los participantes cantan dentro de un ascensor al aire libre y deben lograr que este suba con los votos del jurado. Un piso, un voto. Quien no sube, queda eliminado. 

 

Es simple: un reality show es un simulacro de la vida real a través de la competencia. En una casa, en una isla perdida, en un escenario. Dramas que se construyen y se renuevan a través de sus especificidades. Realidades que se diluyen en las formas de ficción. Historias que se cuentan sin estar escritas, que ocurren de forma espontánea y que siempre serán diferentes. Seres anónimos que se vuelven protagonistas y le permiten al televidente sentirse representado y leído en sus obsesiones. Que tienen sus gustos y cometen errores. “Que, por un lado, cargan una dosis de locura, porque no es fácil abandonar una vida para meterse en otra que es registrada, y, por el otro, tienen una motivación: retarse, llevarse el premio o sumarse a una aventura para contarles a los nietos”, dice Juan Esteban Sampedro.

 

Los realities permiten ver sin ser visto. Reflejarse, reconocerse. Prometen fama y éxito inmediatos. Son productos masivos que, desafiando los pronósticos en su contra, parecen no tener fecha de caducidad. Formatos que reúnen todo lo que la televisión ha encontrado útil hasta ahora: melodramas, debates, variedades, concursos y publicidad. Relatos actuales, mutantes, infinitos. Entretenimiento efectivo que llegó para quedarse. 

 

Fotos: cortesía Caracol TV - Getty.
 

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