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Cuando sale el sol en São Paulo

Cuando sale el sol en São Paulo
Muy pocas guías turísticas tienen piedad con esta megalópolis, corazón del crecimiento industrial en Brasil.

No vaya a São Paulo. No vale la pena. Son 11 millones de habitantes en una ciudad gris. El esmog es rutina. Tendrá suerte si logra salir en menos de dos horas de los trancones que embotellan la ciudad entera. ¿Ladrones? En cada esquina. ¿Atracciones? Nada. Dé la vuelta. Regrese a Río de Janeiro. Allá sí saben vivir la vida, sabrosa, los cariocas.

Y piérdase la oportunidad de descubrir una ciudad vibrante.

Pues esa es la primera gran ventaja de viajar a São Paulo, corazón industrial de la octava economía del mundo. Aquí siempre se llega con las expectativas por el suelo.

Y la mala propaganda comienza por casa. Sus habitantes han vivido tanto con ella, han crecido viendo cómo aumenta la cerca de concreto que los encierra, que les cuesta trabajo mirar a su alrededor y ver en lo que se han convertido.

Pero para el extranjero que se aventura a pasar un fin de semana en Sampa, esta fortaleza del sur brasileño se convierte en un laberinto sugestivo y alegre, lejos, muy lejos, de los cuadros apocalípticos con los que se la asocia.

La noche

En un distrito en el corazón de la ciudad que se llama Itaim Bibi se yergue Wall Street. La réplica del edificio de la bolsa de Nueva York, con sus ladrillos gruesos y el toro macizo a la entrada, es la antesala tipo Disney de una noche singular. En el interior del bar, los comensales beben frente a pantallas de computador donde marcan sus órdenes. Hay que estar atento. En los tableros electrónicos a lo largo de la pared todos los cocteles de la casa desfilan rápidamente con sus respectivos precios, que suben y bajan minuto a minuto de acuerdo con la demanda de la noche.

Kiwi Caipirinha: arriba 13%.

Vodka Ciroc: abajo  11%.

Resulta imposible no dejarse llevar por este frenesí etílico-bursátil y no dejar la conversación para más tarde y así  prestar atención a las subidas y bajadas de los precios del licor. En cualquier momento, además, cae la bolsa, y con el crash llega la absoluta certeza de que los precios y la sobriedad se pueden reducir considerablemente.

Diseñado por una compañía local, el software que controla cada tres minutos los cambios de precios de los productos fue encargado por un grupo de jóvenes empresarios de la ciudad. Paradójicamente, ninguno había trabajado en la bolsa de valores.

Así es, juguetona y sorprendente, la noche paulista. Gracias, en parte, al constante crecimiento económico que ha vivido el país durante la última década, sus habitantes viven y respiran años dorados y parecen estar dispuestos a sacarles todo el provecho.

En sectores como Itaim Bibi y Vila Madalena, manzanas enteras resguardan bares, restaurantes y discotecas glamurosas y casuales. Los bares se desbordan y la gente termina en la calle, con sus copas, conversando con extraños, mientras que los clubes nocturnos abren sus puertas a la 1:00 a.m. con covers de entrada que pueden llegar a los US$200 por una noche de fiesta.

Si de comer se trata, São Paulo es una de las ciudades más diversas de Suramérica (con inmigrantes japoneses, alemanes, israelíes, africanos y siga contando). Sumado a sus maneras gastronómicas locales, entre ellas los rodizios, que hasta hace poco era un concepto exclusivamente brasileño y exclusivamente carnívoro. Los comensales pagan un precio fijo y se dedican, cuanto tiempo les plazca, a disfrutar de un desfile de carne de res, de cerdo y de pollo, en todas sus versiones.

Hoy esta metodología glotona se ha propagado como un virus. Actualmente, los paulistas saltan de rodizio en rodizio: largas jornadas de gula con sushi, pasta y pizza son alternadas con otras incontables opciones culinarias, que con disciplina son reseñadas por las ediciones dedicadas a la vida nocturna paulista  de las revistas Veja São Paulo y Época São Paulo.

El día

Pasada la noche, la mañana de un fin de semana debe arrancar en el corazón verde de São Paulo: el parque Ibirapuera, la máxima refutación a todo intento de mala propaganda a la ciudad.

Fundado en 1954, Ibirapuera es una inmensa área natural, con senderos que serpentean entre bosques, jardines y una antología arquitectónica de edificios de Oscar Niemeyer —el hombre de las edificios curvos, el artesano urbanístico más importante de Brasil, responsable de darle forma y personalidad a la capital política, Brasilia—.

Si hace sol, los paulistas salen en manada a trotar por los senderos. Tantos, que parecen en constante entrenamiento para una maratón. A los costados, señoras de piel tostada desocupan coco tras coco, para luego verter el agua en botellas de plástico.

A eso sabe São Paulo un fin de semana: agua de coco helada en un día soleado. Para aderezar, mézclese con unas horas recorriendo alguno de los edificios que se encuentran desperdigados por el parque: el Museo de Arte Contemporáneo (donde se realiza la muy conocida Bienal de São Paulo); el Auditorio Ibirapuera (una sugestiva obra blanca de Niemeyer, de ángulos agudos y una lengua roja que se eleva desde su interior a modo de entrada, donde hay constantes presentaciones de música local), el Museo de Arte Moderno y el Museo Afrobrasil.

Entre tanto, el centro de la ciudad —esa suerte de joya arqueológica colonial y art decó, adonde los paulistas acomodados no se acercan de a mucho— también vibra con un día soleado. La samba suena en los bares, acompañada de cerveza fría, y algunos pequeños cafés sirven de refugio para aquellos saturados con la congestión de las calles y la presencia de toda la fauna urbana que el centro de una ciudad capital tiene para ofrecer: para bien y para mal.

En  São Paulo hay en efecto trancón y  hay smog. Y ladronzuelos, bulla y una que otra esquina mal oliente. Pero los paulistas saben que su ciudad no es para  facilistas. Bajo su coraza está el Brasil que arde ante las evidentes señales  de sus mejores años. Quizás por eso, cuando cae la noche o aparece el  sol, salen a celebrarlo.

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