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Un mordisco a la naranja mecánica

Un mordisco a la naranja mecánica
Mi travesía por los Países Bajos comenzó en Delft, una ciudad a medio camino entre Rotterdam y La Haya.

En la pared principal del cuarto de hotel donde me hospedé, en letras negras cursivas, estaba escrita una frase de Bob Dylan que decía: "No one is free. Even the birds are chained to the sky".

No dudo que tenga razón Dylan, pero bordeando los canales de agua que cruzan la ciudad, envuelto en ese silencio gótico que emana de la Oude Kerk y la Nieuwe Kerk, dos iglesias medievales que se adueñan del paisaje con sus altas torres, me pareció no estar atado a nada por un instante. Tampoco parecían estarlo los holandeses montados en sus bicicletas y que desaparecían luego por alguna de las callecitas que en el siglo XVII inspiraron a Johannes Vermeer a pintar La Callejuela y La Vista de Delft. Los mismos colores ocres y marrones que usó el pintor holandés para atrapar el espíritu de su ciudad natal se desplegaron ante mis ojos al caer la tarde.

Tomé una cerveza en uno de los pubs que bordean la plaza principal antes de seguir caminando y conociendo los rincones de Delft. Siempre será una decisión difícil escoger una cerveza en Holanda. Heineken. Amstel. Bavaria. Orangeboom. La Trappe. La lista es infinita y tentadora. Los Países Bajos han sido cuna de grandes maestros cerveceros y según la tradición fue aquí donde se comenzó a utilizar el lúpulo para su elaboración.

Delft es una ciudad pequeña. No pasan de 100.000 sus habitantes. Así que un día recorriéndola tal vez sea suficiente para saciar la curiosidad turística. Se puede visitar el Prinsenhof (Palacio del Príncipe), donde residió el célebre Guillermo de Orange, cuyo apellido determinó el color naranja que caracteriza a los holandeses. En este palacio, hoy convertido en museo, vivió el héroe que liberó a los Países Bajos del dominio español. Para completar el recorrido se puede echar un vistazo a las fábricas y tiendas donde se produce y vende la famosa cerámica Delfts Blauw con su azul y blanco que la hacen inconfundible.

La ansiedad de partir rumbo a Ámsterdam crecía con las horas así que finalmente tomé en la estación central un tren rumbo a la capital holandesa. El paisaje durante la hora que duró el trayecto fue el de una gran llanura verde, salpicada de casitas con sus techos abuhardillados y, en algún momento, La Haya al fondo. Los paneles solares sobre las construcciones cada día son más comunes, una prueba visible del profundo compromiso de los holandeses con el cuidado del medio ambiente. Los molinos de viento, que le dieron un aire bucólico al paisaje rural holandés por siglos, ahora han sido reemplazados por gigantes turbinas para la producción de energía eólica.

Ámsterdam es una ciudad que enamora desde que uno pone un pie fuera de la estación central de trenes. Un encanto especial flota en el aire. Un río de turistas, de todas las nacionalidades, corre por las calles. Los idiomas se confunden en las esquinas. Es la sensación de estar en Babel.

Para cumplir con aquello de "Donde fueres, haz lo que vieres", lo mejor es alquilar una bicicleta en alguno de los muchos locales que se encuentran en el centro de la ciudad. Por tan sólo 10 euros al día, uno tiene a su disposición el mejor medio de transporte para movilizarse. Los holandeses son amantes de la bicicleta. Hoy en día el 61% de la población usa la bicicleta como medio recreativo. El total de ciclorrutas sobrepasa los 17.000 kilómetros y existen alrededor de 18 millones de bicicletas, dispersas por todo Holanda.

Pedalear por las calles que conservan impecable su arquitectura del siglo XVII es una sensación de libertad absoluta y la imagen de los canales de agua se quedará en la memoria para siempre. De hecho, el pasado 1 de agosto, la zona de canales concéntricos del centro de Ámsterdam pasó a formar parte de la lista oficial de monumentos Patrimonio de la
Humanidad de la Unesco. Los canales de Ámsterdam constituyen el noveno bien cultural holandés incluido en la lista junto a otros como el Mar de Wadden, los molinos del Dique Kinder, la Casa Rietveld-Schröder de la ciudad de Utrecht y la antigua Línea de Defensa de la Ciudad de Ámsterdam.

El cinturón de canales de la capital holandesa es una obra arquitectónica única. El mejor testimonio de la prosperidad económica, política y cultural que se vivió durante el Siglo de Oro. Su belleza se puede apreciar simplemente sentado en una de las mesitas de los muchos cafés que pululan alrededor o pagando un recorrido turístico en bote.

Los caminos que se abren para un turista son muchos, así que es cuestión de esbozar un pequeño itinerario para irse de Ámsterdam sin arrepentimientos. Yo escogí comenzar por el Museo de Van Gogh, situado en el Museumplein, que alberga más de 200 cuadros del pintor holandés. Se trata de un lugar agradable, que no fatiga, amplio en espacios y que al final deja en el espíritu algo de esa melancolía que hizo del color amarillo uno de los favoritos de Van Gogh. "Estoy muy triste y me siento más desgraciado de lo que puedo decir, y no sé hasta dónde he llegado. . . No sé qué hacer ni qué pensar, pero deseo vehementemente dejar este lugar. . . Siento tanta melancolía", escribía el artista a su hermano Theo en alguna de las cartas que también se conservan aquí.

En la misma plaza, a unos pasos del Museo de Van Gogh, además del Concertgebouw (edificio de conciertos) se encuentran otros dos grandes museos: el Rijksmuseum y el municipal Stedelijk Museum.

Si es hora de comer algo antes de seguir pedaleando, el menú que ofrece Ámsterdam puede complacer cualquier gusto. Desde la tradicional cocina holandesa hasta la amplia gama de comida internacional se encuentra en los cientos de restaurantes dispersos en los barrios de la ciudad. Para los que se quieren llevar un recuerdo de los sabores típicos de la región están el Restaurant d'Vijff Vlieghen, que contiene nueve salas distintas, cada una decorada con antigüedades incluyendo grabados textiles de Rembrandt. La otra opción es el Restaurant Haesje Claes con su ambiente típico holandés.

Tal vez sea hora de entrar en el corazón de Ámsterdam y su famoso Distrito Rojo. Situado en el centro histórico, entre la plaza de Dam al Norte y la plaza Niewemarkt al Este, el antiguo barrio de Pescadores fue poco a poco granjeandose una fama mundial por los escaparates que adornan los estrechos callejones y en los que las prostitutas esperan sentadas en una butaca, a veces con cara de tedio, a veces con gestos provocadores, a que alguno de los paseantes se anime a pagar la tarifa. En los Países Bajos la prostitución está completamente regulada. Sin hipocresías sociales, el país nórdico ha logrado poner orden donde el resto de gobiernos del mundo han fracasado. Aquí cada prostituta está obligada a tener seguridad social privada (como cualquier trabajador neerlandés), a pagar impuestos, y cumplir con todos los procesos legales de cualquier trabajador o empresa. Una cerveza más en los pubs que rodean al Distrito Rojo y algunos souvenirs para los amigos en los coffee shops aledaños, donde además se pueden comprar drogas blandas sin que nadie mire escandalizado.

Los tesoros escondidos de la ciudad son muchos: el Museo Het Schip o Experiencia Heineken donde descubrirá la historia de la cerveza holandesa más famosa; una parada en el barrio chino para recargar fuerzas con un delicioso platillo oriental, una visita al verde Vondelpark que recibe más de 10 millones de visitas cada año o, si se trata de gastar unos euros para comprar regalos, puede seguir la ruta del Jordaan, un barrio obrero del siglo XVII con sus propias tradiciones, un ambiente informal, con sus callejuelas, canales, tascas, galerías de arte y tiendas.

Viajar por Holanda es fácil. A menos de una hora en tren se puede visitar Rotterdam, una de las capitales europeas de la arquitectura moderna: La Haya, sede de La Corte Internacional de Justicia; o Ultrech con su Castillo De Haar construido durante el siglo XIV siguiendo los parámetros del estilo neogótico medieval.

Pero si la idea es cruzar fronteras y cambiar de aires, Ámsterdam es un punto de partida para el resto de la gran Europa. En cuestión de seis horas, un tren lo dejará en la estación Hauptbahnhof, en pleno corazón de Berlín y en tan sólo tres horas se puede llegar a París. Todo dependerá de los gustos personales. Lo inevitable a donde quiera que uno vaya es que lo persiga el deseo de volver a tomarse un café a la orilla de un canal holandés.

Por aire

KLM: tiene vuelos regulares desde Madrid y Barcelona

Easyjet: la compañía aérea de bajo coste ofrece dos vuelos diarios, tanto de ida como de vuelta desde Madrid a Ámsterdam.

Iberia: ofrece varios vuelos diarios a Ámsterdam desde Madrid y Barcelona.

Ryanair y Vueling son otras dos opciones.

Hoteles VIP

Sofitel Ámsterdam The Grand
Este hotel de lujo se encuentra en Ámsterdam, cerca del monumento nacional, Plaza Dam
Tarifas desde 240€ por noche.

Radisson Blu Hotel
Se encuentra en el centro de Ámsterdam, cerca de Zuiderkerk, Museo de Historia
Tarifas desde 157 € por noche

Grand Hotel Amrath Ámsterdam
Se encuentra en el centro de Ámsterdam, cerca de Openbare Bibliotheek Ámsterdam
Tarifas desde 208 € por noche

Hotel Pulitzer, a Luxury Collection Hotel
Cerca del aeropuerto y de lugares de interés, como Westerkerk
Tarifas desde 259 € por noche

Radisson Blu Ámsterdam Airport, Schiphol
Este hotel de Schiphol está cerca del aeropuerto.
Tarifas desde 109 € por noche.

Holanda para niños

En un viaje familiar con niños a bordo, Holanda ofrece atracciones que nunca se borrarán de la memoria de los pequeños turistas. El Bleekemolens Race Planet es un paraíso de juego cubierto de 3.000 metros cuadrados en plena capital. Su tema es la movilidad y los niños pueden probar los minicoches de carreras eléctricos, coches de pedales, aviones con un aeropuerto y karts.

El Aviodrome es un parque temático único que dispone de una gran colección de aviones históricos, en el aeropuerto de Lelystad. Tanto a los niños como a los adultos les complacerá una visita a este parque, en el que además se organizan diferentes tipos de actividades.

El Noordwijk Space Expo es un museo dedicado a la historia de la navegación espacial desde su inicio hasta nuestros días. Todos aquellos niños que realicen la expedición reciben un diploma de astronautas novatos firmado por Wubbo Ockels, el primer y único astronauta holandés.

Holanda es un país de navegantes. Una gran parte del comercio del norte de Europa entra por sus puertos.

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