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Doulas, mujeres que hacen del parto belleza y amor

La forma en que los niños llegan al mundo puede ser clave para su desarrollo, por eso las doulas acompañan a las madres en todo el proceso.

Por: Nataly Londoño.

 

—Mamá, mi nombre es Diana y estoy aquí para servirte. ¿Quieres que te acompañe? 

 

Muchas respuestas han sido “Sí”. Todas, a decir verdad. ¿Cuántas? No recuerda el número exacto. ¿Cuántas? Y Diana abre y mira sus manos como para ponerle a sus dedos rostros y bebés y anécdotas: “No. No sé. Han sido tantas”, responde al final, como complacida e inquieta al mismo tiempo, como recordando el “Sí” de uno de los partos a los que asistió en el Hospital de Girardota: 

 

La mujer había roto fuente y estaba desesperada y sus gritos se escuchaban desde los pasillos. Por eso llamaron a Diana. Apenas se vieron hubo de inmediato una empatía entre ellas, una suerte de complicidad. No hubo más gritos, ni desespero, ni impaciencia. Diana empieza a hablar con ella, a ser su apoyo hasta que la mamá hace un alto y le dice, señalando su intimidad: “Siento algo acá… creo que es el bebé”. Diana llama a la encargada y la tensión del ambiente se vuelve a disparar con la histeria que arrastra la enfermera desde su cubículo hasta la habitación. Entonces, aunque en el mismo espacio esté la agitación de esa voz brusca que intenta ser autoridad, Diana no deja de verse nunca en los ojos de esa otra mujer que está ahí y que la necesita, la necesita para que le ayude a encontrar el sosiego que el alumbramiento amerita, la placidez. La dulzura. Y la voz sigue, brusca, mandona: “Acuéstese así. No haga eso. Quédese quieta”. Silencio. Regaños. La voz sigue, sin darse cuenta de que sus  instrucciones son nulas para alguien que por instinto, no por rebeldía, ha decidido permanecer sentada. Diana interrumpe las órdenes de la enfermera: “Pero revísela”, la apura, cuando debajo de la bata la cabecita del bebé ya está afuera. Y, sin embargo, no es tarde para que todo salga bien: a esa mamá no alcanzaron a ponerle ningún tipo de medicamento, ni a llevarla al quirófano para terminar de dilatarle la vagina con el tacto del médico de turno (que es lo habitual en hospitales y clínicas). Esa mamá estaba tan concentrada en su cuerpo, en su poder y en su capacidad de dar a luz que ella solita empezó a respirar al ritmo de la rotación del bebé, del nacimiento del bebé, mientras los médicos apenas empezaban a ponerse los guantes afuera de la sala. 

 

—Mamá, mi nombre es Diana y estoy aquí para servirte. 

 

Lo primero es presentarse, preguntar: “Si ella (la mamá, cualquiera que sea) me da el aval, puedo empezar a trabajar, porque la base de este oficio es el respeto”, explica Diana con los ojos llenos de ilusión por haber pronunciado esa palabra tan sencilla: “oficio”, y más tarde, otra: “vocación”, pero, ¿quién es Diana?, ¿qué hace?, ¿por qué hablamos de ella y no de otra? 

 

 

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Nombre: Diana Criollo. Edad: 30 años. Nacionalidad: ecuatoriana. País de residencia: Colombia. Estado civil: Casada. Hijos: Martín y Victoria. Oficio: Doula. Oficio y vocación: doula. 

 

Doula. ¿Qué es? ¿Qué significa serlo? ¿A qué suena esa palabra, a qué sabe, qué colores tiene? El término es antiquísimo y, según sus raíces, hacía referencia a la mujer que dedicaba su vida a servir a otras mujeres. Más o menos. Hoy se concibe en la misma línea: “Las doulas somos mujeres que acompañamos a otras en sus etapas de maternidad, ya sea en la preconcepción, el preparto, el parto, el posparto, la lactancia, la crianza e incluso la pérdida o el duelo, o en todo el proceso como tal. Yo, por ejemplo, me he especializado en parto y lactancia. Nuestro trabajo es brindarle a la mamá un confort físico, emocional y espiritual; es escucharla; es darle la seguridad del estado en el que se encuentra y concientizarla de él; es enseñarle a creer en su cuerpo, a creer en lo que ella es; es empoderarla desde una consigna muy simple: tú eres capaz de dar a luz. Punto. Nuestro trabajo no es sacar del camino a la familia y tomar el protagonismo, no. Nuestro trabajo es preparar también al papá, ¿cómo? Enseñándole qué hacer en caso de que pueda estar con su esposa en el momento del parto —algo muy poco probable en los quirófanos colombianos: en el mundo moderno tus capacidades te pueden ayudar, pero no el acompañamiento de los tuyos—. Papá, ¿qué vas a hacer cuando ella empiece a enojarse, a gritar, a sentirse descontrolada? La vas a abrazar, las vas a besar porque tú eres un generador de oxitocina (que es la hormona del amor y la que hace que el útero empiece a contraerse), le vas a hacer sentir que tú eres parte de ese proceso para que ella esté más tranquila, más feliz. ¿Por qué es importante esto? Porque el niño nace siendo consciente del amor”, explica Diana.

 

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Pero nacer siendo consciente del amor es algo que hoy en día ha cambiado desde (casi) todas las perspectivas: por un lado, dar a luz se ha vuelto un proceso más superficial, y por otro, las experiencias en muchos casos son traumáticas para la madre: “En ese momento sentía dolor, frío, cansancio, estaba sola en el quirófano, me pusieron medicamentos que no quería. Mi parto fue un miedito”, me cuenta Lucía, mamá de una bebita que cada que puede se da vuelta para sonreírme. 

 

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Los puntos de vista han cambiado en todos los sentidos y en todos los roles de la sociedad. Ya no se habla de los partos naturales, en los cuales se deja que el cuerpo llegue a la cúspide del proceso del parto sin la necesidad de inyectarle a la madre los medicamentos que normalmente se aplican en las instituciones de salud: raquídea o epidural, oxitocina.  Tampoco se habla de los partos humanizados, en los que no se trata a la mamá como una enferma, sino como a una mujer que está viviendo un proceso natural de parto, por lo cual hay que hacerla sentir bien, rodeada de las personas queridas, dejar que el niño llegué al mundo en un estado de amor, como antes, como nacían nuestras abuelas, sí, en casa. 

 

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No es que las doulas estén ahí para obligar o incitar a la madre a que opte por alguna de estas dos alternativas (existen muchas otras), el papel de ellas es, según Diana, “enseñarle, compartirle todas las alternativas posibles durante el proceso, darle las herramientas para que ella decida cuál es la forma que más se adapta a sus perspectivas y a sus deseos, apoyarla en su plan de parto, es decirle: ‘esto no es recomendable, esto es lo que tú quieres, debes tener en cuenta tal cosa, estos medicamentos tienen estos efectos’”. Su papel no es el de juez. Tampoco son parteras, obstetras, ginecólogas, enfermeras, médicas, es decir, no hacen diagnósticos ni proponen tratamientos, no hacen tactos ni asisten partos solas. Las doulas solo apoyan y enseñan a sobrellevar las circunstancias para que cada nacimiento suceda de la manera más bella.

 

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En Colombia el tema aún no es tan conocido. Prácticamente no hay organizaciones que las reúnan, por lo que no se tienen datos certeros sobre la cantidad de mujeres que se dedican a este oficio. Tampoco hay entidades que las regulen: las mujeres que quieren acreditarse deben esperar, como Diana, alguna de las dos visitas que hace anualmente Doula Caribe Internacional, una organización asentada en Puerto Rico que se encarga de la difusión y certificación de los cursos de nacimiento y puerperio. También está la opción de hacer voluntariado (en hospitales, como fue su caso), o estudiar por su propia cuenta, alternativa que ha generado muchas discusiones en Colombia y en general en América y Europa: la falta de estudios especializados las reduce a simples mujeres que ayudan a otras a tener una experiencia más espiritual y especial durante uno de los momentos más bonitos de su vida. 
Ante la ausencia de regulación, dentro de la comunidad médica no son consideradas importantes y, por lo tanto, no tienen el aval para estar dentro de las salas de parto. No hay ninguna ley que respalde a las madres colombianas, ninguna que diga: “Mira, como mamá, tienes derecho de elegir en qué escenario, en qué ambiente, traes a tus hijos al mundo”. Y muy pocas instituciones toman en serio los estudios que se han hecho, como el de la red internacional The Cochrane Collaboration, titulado 'Apoyo continuo para las mujeres durante el parto', que reveló que las pacientes que contaron con este tipo de ayuda (acompañamiento de doulas) tuvieron una labor de parto más corta, fue más común que tuvieran un alumbramiento vaginal (que es lo ideal), requirieron menos analgésicos y, en general, se sintieron más satisfechas con su experiencia.

 

Fotos: iStock. 

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