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Perder a un bebé, duelo que se vive en silencio

A la mayoría las consuelan con la idea de “ya vendrá otro bebé”, que a la hora de la verdad no abre caminos para empezar a reponerse.

Por: Carlos Torres Tangarife

 

El ombligo es un orificio oscuro en el que cabe la punta de un dedo índice. Podría ser la cuenca del ojo de un niño en gestación, cuyas facciones evolucionan en tiempo récord en una cara sin arrugas. El ombligo es una marca de fácil reconocimiento, de expresividad sigilosa, la huella de un tiempo imposible de recordar. Es el tiempo del cordón umbilical adherido a la placenta, por el que pasó la sangre de una mujer y de un bebé a través de dos arterias y una vena. Achinado o circular, el ombligo es el primer contacto  de una mujer o de un hombre con su madre. Esa marca en la boca del vientre, que estática acompaña hasta el último día, mantiene vivo al feto durante los meses más determinantes de la vida.

 

Bebé sin nombre, un mes de gestación en la barriga de Lina Lucía Viatella

 

“Mi esposo y mi hija querían otro bebé, por eso iniciamos un tratamiento médico. A los 40 años se necesita ayuda para embarazarse.
Pero en el camino, él y yo cambiamos de opinión. A última hora desistimos. Decidimos mejor quedarnos los tres,  con nosotros ya nos tenemos. 
Para nuestra sorpresa, las cosas salieron según el plan inicial. Sí, estoy embarazada. El médico me dice que todo está perfecto, que viene bien.  Tengo en el bolsillo el antecedente de mi primer embarazo, el de mi hija Mariana, que fue soportable, llevadero, por lo que no hay razón para angustiarme. 

 

En total tengo un mes. En mi cabeza el tiempo ha transcurrido distinto, es largo y torrencial, si tuviera forma no me alcanzarían los ojos para verle el final. Y apenas cumplo  un mes. Mi ginecólogo me envió unos exámenes de rutina, por eso voy a la Clínica del Country para hacerme la ecografía. ¿Cómo se ve un embarazo de 31 días? Ni siquiera el reflejo proyectado es similar a la sensación de esperar un bebé. La pantalla es un fondo oscuro en el que se ven líneas verdes y una forma circular, que es mi hijo o hija. El ecografista tiene la mirada distraída, aunque en realidad está atento al reflejo. Corrijo: no es una mirada distraída, en realidad lo que me llama la atención es su silencio. Algo ve y no voy a permitir que se lo guarde. Le pregunto y su silencio, en vez de tranquilizarme, me descoloca. Ahora mi embarazo se parece a lo que está en la pantalla. Debo entregar los resultados de la ecografía en la cita de control, que es el sábado temprano. 

 

 Viernes por la noche. Debería estar durmiendo o por lo menos acostada. Tengo cólicos y estoy manchando. Mi esposo, mi hija y yo nos vamos corriendo para la clínica. Es un cólico insoportable, de los que vienen a poner a prueba la fuerza de las mujeres. Pienso en el bebé, me angustia su dolor. En mi vientre siento a un niño, no a una figura de ecografía. La hemorragia es espesa y, palabras textuales del médico, ‘es incontenible’. El médico me tiene en reposo, como si yo pudiera reposar. 

 

No he dormido, con los ojos entreabiertos pregunto por la hora. Es la madrugada del sábado, la hemorragia ahora abunda. Necesito bañarme, necesito que alguien haga algo. 

 

El sábado en la mañana, bien temprano, el ginecólogo me abraza y, sin que me lo diga, me doy cuenta de que lo he perdido”.  

 

Bebé sin nombre, 6 meses de gestación en la barriga de Mónica Diago

 

“Es bonito sentir la vida dentro de mí. Saber que siempre estoy cargándola, que soy capaz de enfrentar el proceso. Es revelador que el humano sea capaz de hacerse cargo de esta transformación. No lo niego, fue escalofriante al principio, pero el embarazo viene con respuestas.

 

El bebé ya está en mi cabeza y me pregunto cómo será. La verdad todavía no lo concibo, es una imagen con tamaño y estatura. Confieso que no me enternece verlo en las ecografías. Cuando las miro no me parece bonito, es una imagen rara, poco amable.  Yo no me haría una ecografía 4D, porque para mí es una bobada hacerla.  A mi bebé lo defino como un niño genérico, de 5 años, ni blanco ni moreno, muy promedio, de pelo negro, vestido de chaqueta, caminando de mi mano, muy abrigado.

 

Será genérico hasta que nazca, no lo he soñado tampoco, soñé con una niña. A estas alturas es difícil imaginárselo, porque muchos niños solo salen al papá o a la mamá. A veces pienso en los rasgos que a mi novio y a mí nos unen: pienso en un bebé muy grande, tan inmenso que veo la ropa que le han regalado en baby showers, y digo “este chino no va a caber acá”.

 

Antonia, ocho meses y medio de gestación en la barriga de María José Pradilla

 

“El 26 de febrero nacerá Antonia. Mi mamá, que necesita una operación aparentemente sencilla –que consiste en quitarle un quiste alojado cerca al intestino–, la programa para 15 días antes, justamente porque quiere estar entera para nosotras. 

 

Un miércoles la intervienen y al rato la dan de alta. A las 48 horas de recuperación, en su casa algo no anda bien, por lo que vuelve de urgencia a la clínica. Está pálida, mi papá dice que de un color que nunca le había visto. Está padeciendo de unos mareos que la tienen postrada. Urge otra operación, es decir, toca intervenirla de nuevo. Su barriga esconde el diagnóstico. La abren y descubren que su intestino está raspado. Por eso ahora está peor. Septicemia es el diagnóstico. Mi mamá está en peligro y yo embarazada de ocho meses y medio. De todo esto me entero por teléfono, mi papá narra los pormenores y finaliza con "estamos en cuidados intensivos", lo que yo intuía que iba a decir. 

 

Es sábado y me pregunto por mi bebé. La verdad no lo siento. Y con esta situación, yo no sé si prender las alarmas. Me urge verbalizarlo, mi esposo se va a morir de la angustia. ¿Por qué no se mueve Antonia? Más que nunca, más que siempre, tengo que ser fuerte. Ella es de moverse, de avisar que está ahí. Abro una barra de chocolate y la muerdo, a ver si sí. Tomo un vaso de agua fría. Tampoco. ‘Es porque estás nerviosa, tranquila que tu mamá va estar mejor’, me dice un tío que es ginecólogo. Lo mismo me ha dicho mi esposo. Intento tranquilizarme, me froto la barriga. Está decidido: iré a que me hagan una ecografía.

 

En la clínica donde atienden a mi mamá en cuidados intensivos, dos pisos abajo, está el departamento de maternidad. Llamo a mi papá para que baje por las escaleras y se quede conmigo un rato.  Antonia continúa inmóvil. Me ponen el monitor y mi instinto arroja la peor respuesta a mis ocho meses y medio de embarazo”.

 

El principio de todo

 

En promedio,  un embarazo dura 280 o 294 días, que equivalen a cuarenta semanas y a nueve meses. La gestación de un bebé recorre varias fases. Primero está la unión del óvulo y el espermatozoide, llamada fecundación. En la cavidad uterina de la mujer,  que puede ser de Lina Lucía, Mónica o María José, comienza el proceso de implantación embrionaria. “Inicialmente el embrión es rechazado por el útero, porque tiene moléculas paternas que son reconocidas como extrañas –explica el ginecólogo Harold Moreno–.  Si las reconoce como extrañas, ¿por qué el humano se embaraza? Porque existe una respuesta inmunológica que dice “oiga, esto no es nada extraño, esto no es una bacteria, no es un virus, menos un hongo, sino que es básicamente un embrión, permítale la entrada, permítale la implantación”.

 

Después del reconocimiento inmunológico, el embrión se adhiere al útero. En palabras del médico Moreno, “ahí es donde se va a derivar, en resumen, la formación de los órganos, los sistemas esquelético, muscular, cardiaco, intestinal, la piel, el cerebro. En la semana ocho ya comienza el embrión a tener forma y  se puede diferenciar el polo cefálico, el corazón, la parte toráxica y abdominal”. 

 

Bebé sin nombre, 6 meses en la barriga de Mónica Diago

 

“Siempre me levanto sabiendo que tengo una criatura en la panza. La palpo y le hablo mentalmente, porque nuestra conexión es en la cabeza. En la cama, al despertar, me  toco  y siento en dónde está, porque se mueve. La barriga en ocasiones amanece como un huevo hinchado, porque el niño, que sabe todo de mí, está dando sus primeros pasos.

 

Mis decisiones están atravesadas por el bebé.  Y mis miedos, que supongo él debe sentir. Me da temor que no esté bien de salud. No le huyo a parirlo por cesárea ni mucho menos por vía natural. Es curioso, porque hoy no me da miedo nada, excepto que mi hijo esté mal de salud, que yo sufra una enfermedad que lo afecte. 

 

No me preocupa la crianza, tampoco Bogotá. Cada vez que compruebo que mi hijo está bien en las ecografías, me sale otra panza, pero de la felicidad. Es una felicidad que no había sentido antes. 

 

Cuando me levanto y estoy sola, sin mi novio, inevitablemente me agarra la ansiedad y la incertidumbre. Yo le hago el quite. Por supuesto, una cosa es decirlo y otra cosa es hacerlo. Me digo ‘no he estado en peligro, me he cuidado, no como esto’. Si llega a pasar algo malo, confío en la medicina. Si realmente sucediera lo peor, toco madera y digo ‘no es el fin del mundo’. Por supuesto, insisto, una cosa es decirlo. Cuando viene la inseguridad, no le huyo, no me doy látigo por pensar en esas cosas, a mí me resulta humano, está dentro de lo posible”.

 

Antonia, ocho meses y medio

 

“Se murió Antonia, le digo a mi papá. Mi mamá sigue en cuidados intensivos. Las dos estamos en la Clínica del Country. Me remitieron a un área más especializada de ecografías, que en realidad yo creo que es donde le dan a uno la noticia fatal. Por segunda vez me ponen el monitor, el médico le mide la cabeza, y yo le digo ‘estamos acá porque no sabemos si está viva o muerta’. ¿Está muerta? El médico, inmerso en un silencio que se asemeja a cuando se tapan los oídos, dice sí, lo está. 

 

¿En qué momento Antonia se murió? Quiero que me la saquen ya. ¿Y mi esposo? ¿Qué se cree? ¿En dónde está? Que deje a nuestro hijo mayor con las tías y se venga para acá. Urgencia tras urgencia, ahora me programan cesárea para sacarme a Antonia. La cirugía es horrible, tan horrible como la vida mía, porque es en otro silencio absoluto. Nadie habla, se escucha el clic-clic de los instrumentos quirúrgicos y al médico, que llora mientras realiza la cesárea. 

 

A mi marido y a mí nos obligan a verla. Antonia es divina, una niña que ha pasado de la semana 16. Está dormida, la veo completa, sus labios rojos, casi escarlatas, son como los de Blancanieves. Presiento que su cara la voy olvidar. Le pregunto al médico y él me responde que quizás sus labios son rojos porque murió hace poco. Me toca dormir en la clínica, en la que nacen bebés sanos, que lloran a todo pulmón porque la vida duele. Estoy en maternidad y no tengo a mi bebé. Estoy incompleta, amputada, soy una mamá amputada”. 

 

Aprender a vivir con el vacío de lo que pudo ser

 

Isa Fonnegra de Jaramillo, psicóloga especialista en duelos, analiza situaciones que se presentan cuando una familia pierde a su bebé.  

 

¿Por qué es una muerte que se sepulta hasta en la memoria?

 

“Uno habla de la muerte de un bebé, nadie dice perdí un embrión o un feto. A una mujer que vive esta muerte se le suele consolar con palabras como “no seas pesimista, puedes tener otro, se perdió porque venía mal, Dios sabe cómo hace sus cosas”. Por eso yo hablo de un duelo inadvertido si es un bebé cuya existencia era acariciada por una pareja. Por ideas como “la naturaleza es sabia, vendrá otro”, este dolor no tiene cabida en nuestra sociedad.  Nos equivocamos al negarlo”. 

 

De uno, seis o nueve meses, el dolor de madre siempre será agudo

 

“Algunas personas se preguntan ¿cuánto tiempo llevaba el bebé con ella? Resulta que un bebé es parte de la vida de una mujer y de un hombre. Es decir, desde que una chica juega a las muñecas, en el fondo se pone la semillita de ser mamá. De modo que cuando ese bebé se concreta en el vientre, se consolida una ilusión que se remonta a la infancia. A los dos o tres meses de embarazo, la mamá comienza a imaginárselo, va donde el ginecólogo y le es significativa la cita donde oye su corazón”. 

 

La opción de ver el cuerpo

 

“Supongamos que el bebé murió a los ocho meses. Hay dos opciones, la primera: no saber nada. Está la mujer que dice “a mí no me digan por qué murió”, cierra los ojos y hace lo posible por desentenderse. La segunda:  cuando nazca ese bebé permítanle 20 minuticos a la mamá, llorando a solas, para que lo contemple, lo cargue, lo consienta. El bebé no es como lo ponen en la morgue, un bultico verde, no, fue un ser humano, fue parte de la vida de dos personas y se debe respetar con dosis de ternura, amor y aceptación”. 

 

¿Sufren más las mujeres que superan el umbral de los 5 meses?

 

"Sí. El dolor por la pérdida depende del grado de apego. Si usted a los cuatro meses se fue a comprar la cuna, el coche y el osito de felpa, construye un sentimiento mayor. Sobre los siete u ocho meses ya ha pensado en su licencia, quizás en una empleada doméstica o en cambiar de apartamento, por uno más amplio. Entre más cerca esté el proceso del parto, es más difícil asimilar y aceptar el adiós". 

 

La mujer lo vive distinto al hombre

 

“A los hombres, frente a una muerte, se les obliga a comandar la situación. Supongamos que se va un bebecito de cinco meses. A ella le toca el parto, la inducen a un proceso doloroso. En cambio, al señor le corresponde ver si le van a dar los restos, definir si lo pueden cremar o si van a donar el cuerpecito a un laboratorio, para su posterior análisis. A la mujer se le da el permiso de la tristeza, de abrazarse a los suyos, de estar enojada. A un hombre bravo se le respeta más que a uno afligido. Lo ideal es que el hombre busque ayuda en la familia para que se encarguen de decisiones logísticas, de tal manera que él pueda vertir sus fuerzas en su pareja y en vivir su propio dolor”. 

 

Ojo con el entorno familiar sobreprotector

 

“El duelo es un proceso solitario, que demanda un espacio. Es imposible hacerlo con un gentío, aunque no nos enseñaron a hacerlo. Es bueno recostarse, quedarse callado, reflexionar. Es urgente dudar de esa actitud de “¡Haga algo!, manténgase activo porque va a estar mejor”. Yo no aconsejo que uno llore toda la vida, ni que el duelo por un bebé dure años, ya que es tan patológico como no hacerlo”. 

 

Prohibido comparar penas

 

“Si usted lo hace, yo le diría que siempre la suya es la peor. Aconsejo ventilarla, entender que usted no es la culpable, que tendrá otras oportunidades de conseguir otro embarazo, si es que aspira a hacerlo. La tristeza, el dolor, el vacío del cuerpo cambiado, la leche que está ahí para nada, un cuerpo que recupera la figura a los tres meses. Con paciencia, valor y dejándose ayudar se puede aprender a vivir con las huellas que dejó la niña o el niño”.

 

Consejo para una mamá embarazada de 6 meses

 

“Si está desconfiada con su cuerpo, convérselo con alguien que le devuelva la fe. Debe convencerse de que puede sacar adelante lo que se proponga. Quiérase, lea sobre este tema, porque puede haber otras experiencias que le resolverán dudas. Quiérase triste a ratos, quiérase contenta en otros, aprenda a quererse como esté, sea buena con usted misma”. 

 

Mi madre se recuperó. Yo también.

Por: María José Pradilla

 

Siento que por alguna razón me tocó perder a Antonia. Hoy tengo la responsabilidad de contar mi experiencia, de ayudar a la familia que lo necesite. Nunca había hablado del tema, porque no estaba preparada. 

 

Después de la pérdida, nuestro hijo mayor fue el motor, yo me tenía que levantar a darle tetero. A los seis meses quedé embarazada de Belén. Yo no quiero que piense que existe porque Antonia se murió. Belén para nada es un reemplazo. Antonia me marcó, pero veo a Belén y digo "ella está aquí conmigo". Que haya otro bebé ayuda a superar el duelo. 

 

Cuando iba a tener a Belén, me entró un poco la angustia, llegué con taquicardia al médico. Durante nueve meses le dije a Belén "tienes que moverse 24 horas para que tu mamá esté tranquila". Así fue, Belén hoy es una niña activa, que no duerme bien. El otro día leí un artículo que decía que uno en el embarazo les enseña a dormir a los bebés. 

 

A Belén yo no le enseñé, porque necesitaba que se moviera. Yo tomaba agua helada, comía chocolate, hacía de todo para que me enviara señales.  Mi hija es un alma vieja, nació con lecciones aprendidas.

 

Todos tenemos nuestra propia historia y esta es la que me tocó. Antonia siempre estará ahí, ella a los míos los hace mejores. En vez de ocultarlo ahora quiero compartir su legado, porque se puede salir adelante por más que se sienta imposible. 

 

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