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Carolina Ortega y Blanca Chaparro, guardianas de un patrimonio intangible

Tanto la mujer empresaria como la artesana mantienen vivas tradiciones ancestrales del país.

Por: Adriana Abramovits

Fotos: Daniel Álvarez

 

Blanca aprendió a coser en el colegio. Enviudó joven y le tocó ser cabeza de familia. Carolina se va a casar el año que viene, ha viajado por el mundo y eso ha inspirado sus tejidos. Blanca le dobla la edad a Carolina y aunque no se conocen tienen muchas cosas en común. Estas son sus historias, y la de miles de artesanos que rescatan el oficio más pacífico del planeta. 

 

Carolina estudió diseño industrial en la Universidad de los Andes, se especializó en Fashion styling, en España, y complementó sus conocimientos en Inglaterra. Cuando regresó a Colombia, en el 2012, sufrió una enfermedad que cambió por completo la dinámica de su vida. Entró en coma. Estuvo ocho días con visiones, pero fuera de su cabeza, su cuerpo no respondía. Describe ese trance como una especie de sueño, pero uno mucho más lúcido. Conversó con ángeles y dialogó sobre sus conflictos.

 

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Luego de la Semana del Diseño de París, Sus sillas fueron solicitadas en Marruecos, Estados Unidos y Londres.

 

No se puede explicar con palabras lo que es entrar y salir de un estado vegetativo. En efecto, podemos considerarlo un milagro o una segunda oportunidad. Así le sucedió a Carolina. Antes de esto, ya le apasionaba el diseño de muebles, y al sanar decidió emprender un nuevo proyecto de vida: una marca que se inspira en sus raíces colombianas; un negocio ético que emplea mujeres y le da valor a su trabajo.

 

Dentro de la misma ciudad, llegando a Suba, se encuentra el taller de Blanca. Sus clientes la contactan por el voz a voz. Tiene un bordado hermoso: utiliza una técnica de tela sobre tela, con cosido a mano. Sus piezas reflejan los valores y saberes de un legado ancestral. Sus tapices cuentan historias. También elabora ropa, bolsos, cortinas y su favorito: paisajes tejidos en grandes cuadros. Por donde se vea, Blanca es una artista.

 

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La población de artesanos corresponde principalmente a jefes de hogar y está integrada en su mayoría por mujeres. Cerca del 70% de ellas pertenece a poblaciones indígenas, afrocolombianas y campesinas. 

 

Para darse a conocer asiste a ferias, como Expoartesanías, en Bogotá, y Expoartesano, en Medellín. Hoy, cerca del 65% de los ingresos del sector artesanal provienen de estos eventos. Sin embargo, las ventas no siempre son buenas.

 

 

La satisfacción

 

Carolina y Blanca coinciden en que el momento más gratificante de este trabajo es cuando la pieza está lista. Ambas visualizan sus creaciones antes de hacerlas, confían en su intuición, manejan el color como si fuera un sentido más, sueñan con el resultado mucho antes de poner la mano en el alfiler, se atreven a innovar, a probar nuevos materiales, a conservar lo tradicional y a romper lo común con sus diseños.  

 

A estas dos artesanas les gusta personalizar cada producto. Por ejemplo, Carolina le da a su cliente la oportunidad de escoger el tejido, el color y la estructura. Blanca recrea paisajes entrañables y coloridos. Hace poco, un estudiante francés vino de intercambio a Colombia y le pidió que plasmara en un cuadro la iglesia y el mercado de su ciudad natal. Tardó 20 días cosiéndolo a tiempo completo y el parisino salió dichoso con su cuadro de 1,40 por 90 centímetros.

 

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Los muebles de Carolina Ortega son fabricados en PVC, el derivado del plástico más versátil. Tiene una forma circular y hueca por dentro, que lo hace liviano pero muy resistente. 

 

La empresaria que tiene todas las herramientas tecnológicas y académicas para que su negocio artesanal prospere, posee el mismo amor por su trabajo que la artesana que aprendió a tejer como mecanismo para recibir ingresos. Quienes se dedican a esto son guardianas y protectoras de la cultura, mujeres productoras que encontraron su pasión en los tejidos.

 

 

La entrega

 

Existe un lado oculto de la artesanía que, como consumidores, decidimos ignorar. Tanto Blanca como Carolina confiesan que el mejor cliente es el extranjero, porque el colombiano no valora toda la entrega que hay detrás de cada mueble o de cada cuadro: jornadas extensas de trabajo, achaques en la espalda, cansancio visual, el frustrante ensayo y error, el minucioso cuidado de los detalles, la generosa dedicación.

 

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Blanca utiliza una técnica de tela sobre tela, con cosido a mano. Hace tapices, ropa, bolsos, cortinas y su favorito: paisajes tejidos.

 

Prueba de esto es el reconocimiento de Carolina Ortega en la Semana del Diseño en París. Los colores colombianos atrajeron la mirada de los asistentes europeos, ya que del otro lado del mundo la paleta es más sobria. Sus sillas fueron solicitadas en Marruecos, Estados Unidos y Londres. Su pieza más emblemática es una especie de trono que pertenece a la colección ‘Bamba’, que significa árbol majestuoso. El diseño imponente luce antipático a primera vista, pero tiene una importante razón de ser: empoderar al que se sienta, estimular la meditación y ejercitar el pensamiento introspectivo. 

 

La población de artesanos corresponde principalmente a jefes de hogar y está integrada, en su mayoría, por mujeres. Cerca del 70% de ellas pertenece a poblaciones indígenas, afrocolombianas y campesinas. Comunidades que, a su vez, enfrentan condiciones de pobreza crítica y habitan en zonas afectadas por el conflicto armado.

 

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Las sillas de Carolina son ecológicas porque se pueden reciclar y resisten muchos años. Además son amigables con los animales y los niños, ya que no las pueden dañar.

 

Estas comunidades, en su mayoría vulnerables, conservan técnicas ancestrales tradicionales que forman parte del patrimonio intangible de la nación. Salvaguardar estos conocimientos debería ser una prioridad en las políticas públicas encargadas de preservar el patrimonio cultural y la identidad histórica del país. Sin embargo, Blanca, que lleva toda su vida en el oficio, no se ha visto beneficiada.

 

En el 2012 se presentó un proyecto de ley que contemplaba la pensión vitalicia para los creadores y gestores de la cultura, pensada para el artesano mayor de 65 años. Blanca, a sus 73, sigue a la espera de que se atiendan sus derechos.

 

 

A los consumidores

 

En nuestras manos está que la artesanía sobreviva. La reflexión debe empezar desde nosotros. Tenemos que preguntarnos si detrás de esa mochila wayuu, que nos gusta tanto y nos costó tan poco, hay alguien a quien se le está pagando un precio justo. ¿Valoramos el diseño escogido, las horas invertidas, la paciencia de tejer con las manos sin desviar la mirada? ¿Agradecemos el tiempo invertido  (que, a fin de cuentas, es lo más preciado que tenemos)?

 

PD: Si quiere conocer el trabajo de Blanca, Carolina y más de 900 artesanos,  asista a Expoartesanías del 6 al 19 de diciembre, en Corferias.

 

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