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¿Vestidos ceñidos y tacones, o pantalones y zapatos planos?

La moda nos pone en medio de esta disyuntiva, que muchas veces no sabemos cómo resolver.

Por: Vanessa Rosales.

 

El siguiente es un hecho que muchas mujeres pueden reconocer desde las vísceras: la moda puede ser libertad pero también tiranía. Esto sucede en la experiencia individual y cotidiana que tiene una mujer con el vestir, tanto como en la historia de la moda misma. 

 

Como tiranía, la moda puede ser una fuente de desazón. Un espectáculo de mujeres imposibles de emular, espigadas, delgadas, firmes, gloriosamente vestidas, dueñas de vidas fantasiosas y un generoso poder adquisitivo. Puede ser una visión constante de chicas sonrientes en la pantalla digital, siempre felices y cuya apariencia se mantiene en constante transformación. “Comprar es navegar una cadena alimenticia de deseo”, escribió Judith Thurman.

 

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Chanel

 

Participar en la moda puede ser algo similar: transitar un camino en el que la búsqueda de la novedad puede generar apetitos imposibles de saciar. Lo nuevo no busca perfección, no tiene otro objetivo que el de cazar una renovación infinita. 

 

Uno de los resentimientos que expresan ciertos feminismos hacia la moda apunta a este aspecto en particular. Al definir la identidad desde la apariencia –cambiante y volátil– y al paralizar a la mujer a través de ropas y zapatos imposibles –que inhiben, por ejemplo,  la movilidad o la comodidad–, la moda, según esta corriente, limita la feminidad. La premisa es un poco así: la moda funciona para intensificar la absorción en sí mismo y, por ende, reduce los horizontes sociales, culturales e intelectuales de las mujeres”. 

 

Sin duda, la moda puede ser una manera de materializar en las mujeres un rol ornamental. Puede ser un vehículo para complacer la mirada masculina. Puede ser un modo de ahondar en las superficies, la vanidad y la banalidad. 

 

El estilo de Christian Dior, por ejemplo, con su grandiosa opulencia textil, sus cinturas ceñidas, sus zapatos altos y sus carteras mínimas, no era un tipo de vestir que pensara en asuntos como la funcionalidad, la vida activa o la autonomía. Pero las ropas de Coco Chanel, por contraste, sí hablaban de esa necesidad de apartarse de la dependencia económica y afectiva,  y sí reflejaban los sacudones que implicaban la modernidad femenina y la posibilidad de ser algo más que esposa o mamá.  

 

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Christian Dior

 

Muchas saben, además, que a través de aquellas cosas que cubren el cuerpo una mujer también puede saborear la libertad. La moda puede ser un lenguaje para sentirnos más asertivos. Puede ser un método para elevar el ánimo cuando el corazón late por dentro en forma de trizas. Puede ser un idioma para que recuperemos la satisfacción que podemos sentir con nosotras  mismas. Puede ser un bricolaje de símbolos narrativos. Puede ser una armazón, un gesto de amor dirigido al mundo interior. 

 

No podemos olvidar que la lucha de la primera ola feminista, que incluía, por supuesto, el reclamo político de las sufragistas, buscaba también la reforma del vestir; es decir, el derecho femenino fundamental a una vestimenta más confortable. No podemos olvidar que en los instantes históricos de liberación vital femenina, algo sucedía también con el estilo al vestir.

 

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Chanel

 

Pienso con frecuencia que, como escribió la teórica de moda Elizabeth Wilson, la dicotomía siembra una herida imposible de sanar. Pienso, además, que la disyuntiva corresponde a una lógica masculina de asumir el mundo. La contradicción y la contrariedad se me antojan prismas más conectados con cierta naturaleza de lo femenino. 

 

Oscilar entre la libertad y la tiranía, habitar espacios contrarios, sentirse familiarizado con la paradoja. Muchas mujeres también reconocerán estos estados desde las vísceras. La moda, en ese sentido, es espejo de una experiencia que apenas ahora está cobrando voz: las formas de la mirada femenina.

 

Foto: Getty. 

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