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¿Por qué los gringos aman tanto las armas?

Con cada matanza en Estados Unidos se abre el debate en torno al control de la venta de armas de fuego. Pero no es tan fácil.

 

El pasado primero de octubre pasará a la historia como otro de los días negros en la historia de Estados Unidos. 59 personas murieron y otras 527 resultaron heridas cuando un hombre abrió fuego desde su habitación ubicada en el piso 32 del Hotel Mandalay Bay, contra los asistentes a un concierto de música country en Las Vegas.

 

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El presunto autor de la masacre, Stephen Paddock, un hombre de 64 años, quien después del suceso se quitó la vida. Paddock tenía en tu poder 23 armas de fuego, algunas de ellas automáticas. Las autoridades encontraron, además, otras 19 armas, así como explosivos y otro tipo de dispositivos, en su residencia ubicada en Mesquite, Nevada, a 130 kilómetros del lugar del ataque. Se trata de la mayor masacre en la historia reciente de Estados Unidos.

 

Sin embargo, no es la primera vez que ocurre un asesinato en masa de este tipo. Omar Mateen mató a 49 personas que se encontraban en un club nocturno de Orlando Florida, el 12 de junio del año pasado.

 

El 16 de abril de 2007, un estudiante surcoreano de Literatura Inglesa de la Universidad de Virginia Tech, abrió fuego en la institución matando a 27 estudiantes y cinco profesores. El agresor fue identificado como Seung-Hui Cho, de 23 años.

 

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Seung-Hui Cho.

 

En la mañana del viernes 14 de diciembre del 2011, un hombre de 20 años, Adam Lanza, entró a la Escuela Primaria Sandy Hook en Connecticut vestido de negro, con tapones en los oídos y un chaleco verde con bolsillos llenos de municiones. Lanza disparó 154 veces con un fusil Bushmaster AR-15 y mató a 20 estudiantes y seis mujeres adultas.

 

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Todas las armas que usó fueron adquiridas legalmente por su mamá, Nancy, quien además fue la primera víctima de la carnicería. Aproximadamente a las 9:30 de la mañana, Adam le disparó cuatro veces en la cabeza. La policía la encontró en pijama en su cama rodeada de sangre.

 

En julio del mismo año, James Holmes asaltó una sala de cine, dejando 12 muertos y 58 heridos.

 

Con cada tragedia de este tipo, el debate sobre la necesidad de endurecer el control de posesión de armas en ese país, regresa. La solución al problema parece ser obvia. Los políticos que están de acuerdo proponen leyes que pongan restricciones más exigentes a la compra de armas, específicamente a los fusiles de asalto, la compra de balas y a la venta de cartuchos de alta capacidad. Sin embargo, eso es algo a lo que el presidente Donald Trump y políticos del partido Republicano se oponen, al sugerir que la mejor manera de prevenir el mal uso de armas es permitir que los mismos ciudadanos se defiendan. Es decir, en la batalla entre los buenos y los malos, no hay que quitarles las amas a los buenos.

 

Poseer armas, un derecho

 

Para entender el debate, primero hay que explorar el vínculo cultural entre EE.UU. y las armas. Antes de la independencia, las colonias norteamericanas, controladas por el Reino Unido, no tenían manera de prevenir la opresión de uno de los imperios más poderosos del momento. Crearon milicias y eventualmente lograron sacar a la monarquía inglesa a bala. Los líderes de la Guerra de la Revolución se reunieron para formalizar el esqueleto filosófico y legal de un nuevo país. La primera enmienda de la constitución estableció la libertad de culto, expresión, prensa, petición y reunión. Estos son los principios fundamentales de la filosofía estadounidense. La segunda enmienda protegió el derecho a poseer armas.

 

La idea es que los derechos decretados no se pueden sostener sin las armas y sin la posibilidad de defenderse de cualquier tiranía. Así fue como se logró la independencia y es, de este modo, como se protege la libertad.

 

El país empezó a crecer hasta que su territorio alcanzó la costa pacífica. A la vez llegó la fiebre del oro en la frontera occidental. Era un mundo salvaje donde las armas eran una herramienta de supervivencia más, semejante a la pica y a la pala. Vándalos usaban fusiles y revólveres para robarse el oro que no les pertenecía. El sheriff protegía a los civiles y a los intereses del Estado Federal. El mejor pistolero salía triunfante.

 

A mediados del siglo XIX los estados del sur decidieron independizarse y formaron los Estados Confederados de América. Bajo el mismo principio de libertad, tomaron armas para defenderse de la opresión de la Unión, que, por su parte, acudió a las balas para proteger la libertad de los esclavos y la soberanía de los Estados Unidos. El norte venció al sur y, una vez más, las armas determinaron el poderío y la libertad.

 

En las primeras décadas del siglo XX, el país progresó económicamente gracias a industrias como la del acero y la energía de vapor. EE.UU. empezó a figurar en el ámbito internacional, pero solo era el comienzo. Estalló la Primera Guerra Mundial y pocos años después la Segunda. Esta vez las armas fueron usadas para proteger la libertad de países europeos aliados que estaban amenazados por las ambiciones imperiales de sus vecinos.

 

La libertad se fomentaba en el exterior con el poder de las armas. Estados Unidos era una potencia mundial y lo había logrado a bala. Luego, la guerra fue contra el comunismo, una fuerza internacional que desafiaba la inexorabilidad de la democracia, la expresión política de la libertad. Y más recientemente, contra el tráfico de droga, las dictaduras y el extremismo religioso.

 

Prohibir las armas en EE.UU. es derrumbar la filosofía que sostiene la cultura del país. Cualquier debate sobre el control de las armas, para los que defienden la segunda enmienda de la Constitución con fervor, es un avasallamiento de los derechos del ciudadano. Para el estadounidense la libertad, el poder y las armas son inseparables.

 

Por eso, los ciudadanos comunes y corrientes tienen armas en sus casas. Jóvenes, viejos, hombres y mujeres compran pistolas, escopetas y fusiles porque pueden. Las imágenes de este reportaje, sacadas del libro Armed America, de Kyle Cassidy, ilustran esta realidad. Cada persona tiene sus razones, pero todos ejercen el derecho de portar armas.

 

Desde el punto de vista económico, las razones saltan a la vista. En el 2012, según la Fundación Nacional de Deportes de Tiro (NSSF), la industria de armas generó más de 33.000 millones de dólares, que representaron casi 500 millones de dólares en impuestos. Esa suma es la misma dedicada cada año a mejorar la educación en los colegios de bajo desempeño. Quienes pretendan abolir el derecho a tener armas en Estados Unidos, tendrán que vérselas con una industria próspera difícil de reemplazar.

 

 

Fotos: Getty. 

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