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Las dos cubas, la de los turistas y la de los cubanos

Por: 
Juan Pablo Rueda García
Cuba, un paraíso tropical que lo da todo por hacer feliz a quien lo visita, pero condena a quien lo habita.

Cuando hablamos de viajar a Cuba la inmensa mayoría debe pensar en la belleza colonial de La Habana o el mar aguamarina que baña las playas de los hoteles de Varadero. Tal vez algunos se la imaginan en medio de la pobreza que debió derivarse de la dictadura comunista de Fidel Castro, mientras otros consideran que eso es pura propaganda y que el cubano promedio vive mejor que el colombiano. Yo no tenía forma de apoyar ninguno de los lados de la moneda, pues jamás había visitado la isla. Y a pesar de escuchar hablar de la pobreza extrema, también había visto fotos espectaculares de los conocidos que pisaban esas tierras. ¿Qué criterio podía tener? La primera vez que salí de Colombia, los extranjeros con quien hablé asumían inmediatamente que por ser colombiano era un pobre muerto de hambre luchando por sobrevivir en una jungla. No era descabellado pensar que la vida en Cuba no es como la pintan.

 

Todas estas ideas corrían en mi cabeza mientras esperaba abordar el vuelo a Cayo Santa María, un rincón en el norte de Cuba, que me vendieron como un edén donde la gente se desvive por complacerlo a uno. Tras un vuelo incomodísimo, aterricé en el minúsculo aeropuerto de Santa Clara, que para muchos puede parecer pobre, pero que, a decir verdad, no dista de aeropuertos colombianos como el de Riohacha. Así que seguí indeciso. Subí al bus que me llevaría al hotel y me llevé una grata sorpresa. Todo el mundo me había advertido que sería un bus viejo y destartalado, pero me encontré con un bus exactamente igual a cualquier flota de cualquier país. Para llegar al cayo tenía que atravesar el mar y, para ello, los cubanos han construido una larga y perfecta carretera que rompe el agua. Quien ha viajado por tierra en nuestro país envidiaría manejar por esa ruta. Entonces, ¿qué tan atrasados están realmente?

 

El hotel, aunque acababa de enfrentarse a un huracán que se mantuvo iracundo sobre la isla por 36 horas, ya había abierto sus puertas. Y lo prometido se cumplió. Me topé con un mar impecable y un servicio de otro mundo. El lobby no daba señales de haber sufrido en lo más mínimo. Hombres, a pleno rayo del sol, terminaban de reconstruir los jardines, bares y caminos, pero nos saludaban y sonreían al pasar. Era fácil olvidar que Irma había destrozado estas tierras hacía solo un mes. Construir una ciclorruta en Bogotá se puede demorar un año. ¡Un deprimido tardó diez! Pero los cubanos pueden levantar un hotel y todas las carreteras que lo conectan a la isla en poco tiempo.

 

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Además, era difícil imaginar que estas personas no gozaban al máximo de sus vidas. Una animadora extasiada le enseñaba a bailar a canadienses y europeos, jugaba voleibol, nos sugería qué cocteles probar y estallaba a carcajadas, sentada junto a nosotros en la arena. El barman de la playa nos trataba como si fuéramos amigos de toda la vida, incluso nos contaba sobre su vida con su novio: ¡una Cuba progresista! Estas personas rompían con todo esquema que tuviera armado sobre una dictadura de extrema izquierda. También visitamos un centro comercial a cinco minutos del hotel, igual a un pueblito español, ¡y estaba mejor conservado que la misma Cartagena! Era una maravilla ajena a los estereotipos.

 

Pero esos fueron los primeros días… Poco a poco los empleados empezaron a tener más confianza. Rápidamente entendí que lo que nos presentan es una puesta en escena que dominan a la perfección. Descubrí que esa animadora sonriente soñaba con ser actriz y su sonrisa escondía una tristeza profunda. “Sigo esperando al director que venga y me descubra –me dijo entre suspiros –. Igual aquí actúo todos los días, yo me creo mi papel, esta no es la Yaselis de verdad, Juan. ¿Si sabes?”. Sí que lo supe. El grupo de animadores duerme hacinado en los camerinos del teatro del hotel, pues es más cómodo y práctico que volver al pueblo todos los días. Tienen un sueldo de 17 dólares mensuales, así que lo que no esté en la canasta familiar que les da el gobierno se convierte en un lujo. Para ella, comerse un banano (su antojo, cuando estaba embarazada) era descabellado. ¿Comprar ropa? El sueldo de un año. ¿Pañales, desodorantes, toallas higiénicas? Inconcebible. Solo si se los regala un turista. Y la idea de salir de la isla, ni hablar. Un pasaporte les cuesta más de mil dólares y no hay garantía de recibir un permiso de salida. “Podemos ahorrarlo y perderlo todo”, me dijo un bailarín una noche, mientras compartíamos un ron.

 

Ya con tragos encima, me mostraron las fotos del hotel al pasar el huracán. Era desgarrador. Todos ellos se levantaron, sin paga alguna, a reconstruirlo. Por ley, las puertas tenían que estar abiertas el 15 de noviembre, de no ser así, se perdía el sustento económico principal del pueblo. Cada uno de ellos trabajó sin descanso para construir nuevamente esa fachada espléndida que le venden al turista. Y una vez abierto, su única preocupación es que todos los huéspedes estén felices. Cuidan todo como si se tratara de tesoros, sobre todo su playa, su mar. No hay basura, no hay lanchas, no hay gasolina. Es su producto estrella y lo deben conservar azul. Para ellos, la única manera de sobrevivir es hacer que nos llevemos una buena imagen, que estemos dispuestos a volver. Al final ¿qué puedo decir? Efectivamente me llevé la mejor imagen de un pueblo que viste su miseria de sonrisas para los demás, ya que solo cuando les retribuimos esa alegría encuentran algo de felicidad.

 

Fotos: Getty.

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