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Sola y sin itinerario por Europa, los desafíos de una viajera

Laila Abu Shihab vendió todo lo que tenía, renunció a su trabajo y se despidió de su familia para explorar el mundo y conocerse a sí misma.

Por: Nicolás Fernández  
Fotos: Daniel Álvarez y Cortesía

 

A Laila Abu Shihab la pasión por viajar la ha acompañado toda su vida. Era cuestión de que llegara el momento indicado para que se desatara por completo. Fue en Argentina, mientras buscaba un título de maestría. Impulsada por la intuición y una fuerza indescriptible, encontró un posgrado para el que no dan diploma y terminó ‘inscrita’ en un “doctorado de la vida”. 

 

Tenía 25 años y dos opciones: quedarse en Buenos Aires, la ciudad que la acogió durante sus estudios en Periodismo, o salir a explorar los atractivos de ese país, uno de los más visitados de Suramérica. Era temporada de vacaciones y, en contra de las voces amigas que le decían que era mala idea viajar sola, se armó con una mochila prestada y –mientras sus compañeros iban a visitar a sus familias o aguantaban al calor sofocante del verano en la capital– tomó una decisión que le  cambiaría para siempre: se fue a recorrer Argentina, durante un mes. En esta expedición ratificó que su espíritu es nómada, que lo suyo es deambular por el mundo. Por eso un día soltó anclas y recorrió 119 ciudades en un año.

 

¿Con qué?

 

Argentina marcó un antes y un después. Luego, México le serviría de antesala, de preparación. Finalmente, el 18 de agosto del 2014, sin compromisos ni afanes, arrancó la aventura por Europa, que terminaría doce meses más tarde. Para muchos, viajar sin itinerario era una pésima idea, pero a ella solo una voz le importaba, y su mamá la apoyó sin cuestionamientos ni limitaciones. 

 

Antes de arrancar, decidió venderlo todo, hasta la cafetera. Necesitaría la plata. Conservó sus libros, sus discos y algunas prendas. Además se llevó los ahorros de diez años de trabajo. Esa fue la primera lección: aprender a desprenderse de lo material.  

 

El día del cumpleaños de su mamá, emprendió vuelo, después de un abrazo largo que tenía que alcanzarles para 365 días. 

 

 

Belgrado

 

Los desafíos de una viajera

 

Esa Laila que partió ilusionada en un vuelo Bogotá-Madrid no fue la misma que regresó a Colombia un año más tarde. Cada nueva experiencia pulió su carácter y por eso llegó a conocer una mejor versión de sí misma. Y es que fue una experiencia llena de retos, dudas y obstáculos. “Hay varios desafíos a los que se enfrenta una mujer viajera. Los más comunes son los prejuicios. Te dicen que si viajas sola te puede pasar algo, que necesitas a alguien que te defienda, que debes ir acompañada. Claro que no, eso no es así”, asegura Laila. 

 

Hizo oídos sordos a esos comentarios, así tuvieran la intención de protegerla, y logró llegar ilesa. “Me encanta contar que nunca me paso nada en esos doce meses de viaje. No me robaron nada, no me tocaron un pelo. Yo iba sola y sin miedo”. Esa actitud temeraria y confiada fue, tal vez, su mejor arma. Con ese escudo llegó, por ejemplo, a barrios de Roma que recorrió tranquila durante la madrugada, a pesar de las voces que le advertían de posibles peligros. La soledad, en lugar de abrumarla, le permitió crear una serie de tácticas de supervivencia. “Nunca había hablado de esto –afirma Laila–, pero hay que tener muy claro el lugar al que llegas. Saber dónde te vas a hospedar. Y lo más importante es ser muy segura, no demostrar miedo. Si te ven mujer, con temor, vas a ser mucho más vulnerable y un blanco fácil para que te acosen, se te acerquen o te digan algo”.

 

Todo hace parte de la aventura

 

Más allá de una de la fuerte gripa que le dio en España y de ser presa de unos pequeños insectos que lastimaron sus brazos y su cadera en Francia, Laila considera que no hubo experiencias desagradables. Uno de los momentos más difíciles de su viaje no se lo debe a Europa, sino a Colombia: “Perdí a mi mejor amiga, quien era como mi hermana. Fue una ruptura muy dolorosa, yo estaba sola y ella, tras veinte años de amistad, decidió que no quería saber de mí. Fue casi como una tusa amorosa, aun no me repongo del todo”.

 

El desapego de lo material resultó más sencillo que el emocional. Fue más fácil dejar atrás los objetos que había comprado durante años de trabajo y abandonar un empleo que prometía un futuro exitoso, que alejarse de sus amigos y su familia. Para ella, el mayor reto de la soledad no era recorrer un callejón oscuro, sino la fragilidad afectiva que la golpeaba en ciertas ocasiones. Sin embargo, vivir el sueño superaba ese anhelo de ver a quienes más quería. 

 

La soledad, además, fue su mejor escuela. Le permitió conocerse, entender sus virtudes, sus capacidades y sus debilidades, y ser consciente de hasta dónde puede llegar. Sin nadie que sirva de muleta, en situaciones límite, para las que no hay mucho tiempo para reaccionar, solo contamos con nuestras decisiones, nuestra recursividad, nuestras habilidades. 

 

 

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23 países y 119 ciudades más tarde…

 

Para una nómada, el viaje nunca termina. “Yo paré porque se me acabó la visa, pero mi idea es refinanciarme y, más o menos, en unos dos años, volver a hacer una travesía de 12 meses, esta vez a Asia. Toda la gente de mi generación ya tiene apartamento, o se está endeudando para tenerlo. Yo no. Lo que quiero es gastarme lo que tengo en viajar”.

 

En la actualidad, las redes sociales están plagadas de mensajes motivacionales sobre viajar: “Es mejor tener un pasaporte lleno de sellos que una casa llena de lujos” o “Hay que conocer la diversidad cultural del mundo antes de adquirir un auto de alta gama”. Si Laila tuviera que resumir en una frase el encanto de esos meses lejos de su tierra diría: “Viajar te permite descubrir la mejor versión de ti mismo. Tus defectos se hacen pequeños y tus virtudes se van potenciando. Esto lo descubrí viajando, no en la universidad ni en ninguna otra parte. Haces un doctorado de la vida mientras aprendes de historia, arte y cultura de todos los países”.

 

 

Consejos y tácticas para viajeras:

Crear vínculos con viajeros que se dirijan a la misma ciudad a la que vamos. Pueden convertirse en amistades entrañables. 

 

Los viajeros no se hacen daño entre sí. Pasé noches en hostales de cuartos compartidos, en los que dejaba mi morral al lado de la cama. Salía a recorrer la ciudad y, cuando regresaba, mi maleta aún estaba ahí. 

 

Confiar en la intuición. Hay que tener los sentidos despiertos y oír al corazón cuando dice que esa es la calle que buscamos, que podemos contar con la persona que se sentó a nuestro lado o que es momento de visitar otro país. 

 

Ignorar los comentarios que infundan miedo y pretendan frenar sus planes, ya que pueden llevar a la duda. Ante todo, es clave confiar en nosotros mismos. 

 

No huir de los momentos de melancolía y tristeza. Es bueno recordar que tenemos a personas a quienes extrañar. 

 

Tener la mente abierta para cambiar el itinerario, si lo hay, y para conocer gente nueva. 

 

Lugares que no recomienda:

Bucarest: no es una ciudad muy bonita.

 

Múnich: la vida es costosa. Todo gira alrededor de la cerveza y es caro. 

 

Bratislava: es un lugar que no tiene alma. A muchas de las ciudades que eran comunistas y que luego dejaron de serlo les cuesta encontrar su identidad. Nunca me sentí acogida.

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