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Gerda Westendorp, una señorita en la academia

Gerda Westendorp
Fue la primera colombiana en entrar a una universidad. Era modesta y nunca pensó que ese logro fuera una hazaña. Creía que era lo correcto.

Por Ana María Pradilla

 

Gerda Westendorp

(1916-1996)

 

 

El primer día de clases se sintió como un bicho raro. Cuando llegó a la Universidad Nacional, unos 300 hombres la esperaban. Eran estudiantes de Medicina, como mi abuela. Ella estaba preocupada de que se le fuera a romper un tacón. Y empezaba a ponerse colorada solo por pensar en no ponerse colorada. Después se enteraría de que habían apostado que ella no iba a ser capaz de entrar, pero lo hizo. Formaron una calle de honor y ella, como una princesa, siguió su camino (que le pareció eterno). Contaba que tuvo vergüenza hasta que se le ocurrió pensar que todos esos jóvenes eran iguales a ella. Entonces, levantó la cabeza y se dirigió al salón seria y callada. Había un silencio absoluto. Después del espectáculo, todos salieron corriendo a coger puesto. Ella, como toda una dama, fue pausada y se hizo atrás. Tan pronto llegó el profesor dijo: “Tengo entendido que por primera vez hay entre nosotros una señorita”. Acto seguido hizo levantar a uno de los alumnos de la  primera fila y anunció: “De aquí en adelante este puesto será respetado y de preferencia para ella”. (Si quieres conocer las historias de otras mujeres que dedicaron su vida a transformar a Colombia en un mejor país para las mujeres, entra aquí)

 

 

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De esta historia me enteré leyendo el periódico, en un artículo escrito como homenaje a mi abuela. Ella nunca me contó nada hasta que yo comencé a preguntarle. Siempre fue modesta y, más que contarme sus hazañas, le interesaba consentirme y malcriarme. Por eso, de niña, mi mayor felicidad era estar a su lado. Además, ella era consciente de los logros de otras mujeres que se le adelantaron para estudiar Odontología en Medellín o Medicina en el extranjero. Sin embargo, mi abuela pasó a la historia porque fue la primera colombiana que entró a una universidad nacional y a una carrera que en ese entonces estaba reservada para los hombres.

 

 

Por eso días, había un gran debate político entorno al ingreso de las mujeres a la academia. Unos cuantos lo apoyaban, pero muchos otros lo rechazaban. Como máximo, la discusión avanzaba hasta proponer que entraran a carreras que se consideraban menores, como Enfermería, Odontología y Bellas artes. Tenían la idea de que ellas recibían una educación escolar precaria y que entrarían en condiciones de inferioridad con respecto a ellos. En 1936 finalmente se dio la reforma constitucional que les dio todas las libertades para estudiar, pero antes de eso, en 1935, mi abuela entró becada a la Nacional. Se presentó junto con cientos de hombres y ella tuvo el mejor puntaje, así que no tuvieron otra opción que dejarla entrar.   

 

 

Una familia revolucionaria

 

 

Podría pensarse que fue víctima de machismo. Que los hombres las excluían o la menospreciaban por ser mujer. Pero eran tiempos de caballerosidad, respeto y galantería. Así que esos 300 hombres sobre todo la consintieron. Siempre se sintió admirada y valorada. Tenía muchos enamorados que le mandaban cartas. Y con razón: era lindísima y dulce. Solo en su voz suave se oía bonito el alemán de mi bisabuelo (su padre). Solo un profesor desconfiaba de sus capacidades y se paraba a su lado en los exámenes convencido de que tendría que copiarse de los hombres a su alrededor.

 

 

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Mi abuela nació en Bogotá, de madre colombiana y padre alemán, y parte de su infancia la pasó en Europa. Allá conoció una realidad my diferente a la que se vivía en Colombia. Para ella, después de sus años en el viejo continente, el orden de las cosas era que las mujeres pudieran estudiar y trabajar en las mismas condiciones que los hombres. Ese tiempo que pasaron lejos de Colombia –regresaron luego de la muerte de mi bisabuelo en la guerra– influyeron de manera radical en la forma de pensar de mi abuela y de su mamá, Isabel Restrepo, una mujer de un espíritu tan revolucionario que murió en Cuba, mientras apoyaba el régimen castrista, y que impactó inevitablemente a su hijo, Camilo Torres, el reconocido cura guerrillero que nació de su segundo matrimonio y se convirtió en el medio hermano que Gerda que siempre adoró. La rebeldía la llevaban en la sangre, pero mi abuela era moderada y, al final, no actuaba por contestataria sino porque se dejaba guiar por aquello que en su crianza había aprendido que era correcto y hasta normal.  

 

 

El papá de Camilo, Calixto Torres, siempre fue un padrasto ejemplar. Mi abuela y él fueron amigos y cómplices. Como un prestigioso médico y decano de la Universidad Nacional, motivó a Gerda a que siguiera sus deseos de convertirse en médica. Le dio confianza y ella le siguió el cuento. A tal punto que, ya en la universidad, ella fue la vocera de un grupo de estudiantes que se alzó en contra de él en una protesta para exigir ciertos cambios en el sistema educativo.

 

 

El machismo vino después

 

 

Luego de completar dos años de Medicina, mi abuela conoció a Alfonso Núñez, por quien se retiró de la universidad para casarse, con el compromiso de que volvería a la universidad; sin embargo, ese regreso se pospuso durante años. Antes de volver a la academia, vivió primero en Barranquilla y en Buenos Aires. Su esposo, siempre desubicado en los asuntos laborales, picaba aquí y allá en busca de oportunidades, pero durante gran parte de su vida fue ella quien tuvo que mantener el hogar. Y lo hizo como profesora. Ella leía mucho y lo sabía todo, así que enseñó geografía, historia e idiomas, entre otras materias. Fueron años complejos porque la mentalidad progresista de ella chocaba con el carácter tradicional y machista de él. Eventualmente se separaron, y en eso ella también fue pionera.

 

 

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La docencia, poco a poco, se convirtió en su vida. Así que prefirió regresar a los salones de clase a estudiar Filología e idiomas, en lugar de Medicina. Hizo la carrera mientras enseñaba. Dictó clases en el Andino, La Merced y el Colegio Mayor de Cundinamarca, así como en universidades como la Pedagógica, la Nacional y la Javeriana, donde montó el centro de idiomas de la institución.

 

 

Una sala de la Nacional lleva el nombre de mi abuela. Llegó ahí a punta de empuje y gentileza. Sus estudiantes siempre la quisieron, como yo, que recuerdo los días a su lado con júbilo. Me sentía importantísima cuando la acompañaba a dar clases y todos la saludaban en los pasillos. Fray Gerda, le decían. Para mí era tan trascendental su trabajo, que me parecía una falta de respeto que sus estudiantes se copiaran en los exámenes cuando me llevaba con ella, así que yo me responsabilizaba de sapearlos, aunque nadie me lo hubiera pedido.

 

 

Mi abuela era una alcahueta. Me dejaba hacer presentaciones en su casa y cobrarles a los vecinos que fueran a verlas. Me llevaba a Sears a subir y a bajar las únicas escaleras eléctricas que existían en la ciudad. Me recibía para hacer enormes pijamadas en su casa una vez nacieron mis hijos. Mi amor a la lectura se lo debo a ella, que aparte de estudiar y dar clases, escribía haikús, hacía traducciones y publicaba libros de cocina. Tuvo dificultades económicas, pero eso nunca la frenó, pudo sacar a sus cuatro hijos adelante porque la suavidad de su carácter escondía una fuerza de espíritu inquebrantable. Nunca puso una queja. Alguna vez le pregunté por qué mi abuelo paterno tenía tantos carros y ella no tenía ninguno, a lo cual me respondió: “Yo soy dueña de todos los taxis de la ciudad”. Entonces, levantó la mano, un carro amarillo se detuvo y las dos nos subimos felices e ilusionadas. Mi abuela tenía poderes. En la cabeza le cabía el mundo, su corazón era una máquina imparable capaz de resistirlo todo, y a sus pies les gustaba ir de primeros: eran curiosos, exploradores, vivían ansiosos de abrir caminos.

 

Fotos: cortesía.

 

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