Pasar al contenido principal

Se encuentra usted aquí

La pérdida de una mascota puede ser más dura que la de una persona. Cuando muere, afloran un montón de recuerdos que hacen necesario un ritual de despedida. 

Por: Gabriela Castro.

 

 

Meses después del entierro, nacieron flores amarillas, violetas y verdes. No hubo necesidad de comprar ramos, aunque Nancy Moreno siempre procura llevar. Ahí abajo está la tumba de Bongo, un dálmata que tenía cuatro años y medio. La última vez que ella lo vio estaba inerme dentro de una caja. A un costado le dejó tres de sus juguetes preferidos y una carta con mensajes sencillos. 

 

Cada dos meses lo visita en el Cementerio Funeravet, ubicado en La Calera. A su alrededor se encuentran otras personas que también han sufrido una pérdida. A simple vista hay más lápidas de perros que de gatos, pájaros, hámsteres y conejos. Los arreglos florales y las leyendas viscerales están en dos de cada tres tumbas. Aquí los visitantes se sienten libres de expresar lo que empieza con un recuerdo y desemboca en una ausencia muda, casi irrespirable. “En el cementerio coincides con gente que comprende el dolor de la pérdida, porque lo están viviendo, incluso con un sentimiento que no se puede describir”, dice Nancy.

 

En la veterinaria donde murió Bongo, Nancy supo de tres opciones para sepultarlo. La primera y más usual era el carro de la basura. Tratar el cuerpo como un desecho es lo común en el caso de la muerte de un animal. La segunda, mucho más amable, era la cremación. Finalmente, estaba la opción del entierro. Nancy, a quien nunca se le había pasado por la cabeza que su perro tuviera una despedida a la medida de un humano, se decantó por el adiós, a su consideración, más emotivo, equiparable a lo que sentía por él. “Lo hice porque es una manera de rendirle homenaje", comenta Nancy. 

 

Como no existía una empresa respetuosa con la muerte de las mascotas, hace 16 años, el veterinario Henry Cortés creó Funeravet, una compañía de servicios funerarios, que cuenta con carros para transportar las cajas mortuorias. Sus funcionarios recogieron a Bongo en la clínica y lo prepararon para el sepelio, que duró poco, pero que cumplió con el ritual de despedida propio de una persona. 

 

Los duelos no se mastican solos. Funeravet ofrece terapias grupales, a las que asisten, en promedio, 45 afectados cada dos semanas, organizadas por un veterinario y un psicólogo. Durante la charla llegan a escribir una carta para despedir a su amigo peludo, además de compartir sus experiencias, por más lagrimosas que sean. 

 

Leer más

Publicidad
Publicidad